Miércoles, 27 de Enero de 2021

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Gloria Sánchez-Grande

'The pain and the bull. El dolor y el toro'

Su último trabajo había consistido en un libro de fotos sobre el ballet Bolshoi, pero que ahora andaba trabajando en uno de toros, porque era algo 'fascinating'

Firma Gloria Sánchez-Grande, 'The pain and the bull. El dolor y el toro'

"The pain and the bull" ("El dolor y el toro") me decía, excitado, el pasado fin de semana en Zaragoza, un fotógrafo inglés mientras señalaba con el dedo índice en la pantalla de su cámara de fotos una instantánea de Curro Díaz, destrozado y herido, sentado en el estribo de la plaza, con sus banderilleros, perfectamente formados, las manos muertas y los capotes anclados en la arena, aguardando a una distancia prudencial, mientras que un toro negro de Luis Algarra, con una estocada en todo lo alto, andaba, sin dar la batalla por perdida, hacia el centro del ruedo.

El extranjero agarró las gafas que llevaba sobre la cabeza y se las colocó para enfocar mejor la imagen, que ya imaginaba virada al blanco y negro. Emitió un sonido parecido a un "Woah!". Me contó, en inglés, porque de español no sabía ni palabra, que era londinense y que su último trabajo había consistido en un libro de fotos sobre el ballet Bolshoi, pero que ahora andaba trabajando en uno de toros, porque era algo "fascinating". Llevaba dos cámaras Nikon colgadas del cuello y varias tarjetas de memoria guardadas en el bolsillo que iba atiborrando toro a toro. "The pain and the bull". El dolor del hombre y la bravura del animal. Del Bolshoi ruso a la corrida de toros.

Lástima que el término "torería" no tenga traducción al inglés, porque la faena de Curro Díaz en Zaragoza fue un tributo a la clase y la improvisación. Ante un cuarto noble de Algarra, que en otras telas habría resultado soso, inventó un bello y ajustado trasteo por ambas manos. Y a esa estética puso el colofón de una estocada de matar o morir, yendo el cuerpo tras la espada, en perfecta línea recta, hasta ser prendido por el pitón, que destrozó la parte posterior de la casaquilla azul y le infligió al torero una cornada de 15 centímetros en el muslo derecho. En el Bolshoi no suceden estas cosas.

Con razón el humanista fotógrafo inglés -conmocionando por el dolor del hombre y no por el "sufrimiento" del toro-, acostumbrado al sosiego del ballet, no daba crédito al ver un espectáculo tan descarnado y doloroso, tan emocionante y tan épico y, a la vez, tan majestuoso como el protagonizado por el torero de Linares quien, arrastrando la pierna, con la mandíbula contraída, dio la vuelta al ruedo enseñando a los tendidos aquellas dos orejas que le habían concedido como merecido premio la festividad de San Jorge en Zaragoza.

Ya escribió Camus que España, sin tradiciones, no sería más que un bello desierto; tradiciones como la tauromaquia, que fascina a muchos de fuera, y que algunos de dentro, miserablemente, pretenden prohibir.

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