Viernes, 27 de Mayo de 2022

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No son gigantes, mi señor, son solo molinos

El humilde Celta se mide al club más rico del mundo con jugadores de 80 y 120 millones de euros

Eduardo Berizzo durante la rueda de prensa en Old Trafford

Eduardo Berizzo durante la rueda de prensa en Old Trafford / NIGEL RODDIS (EFE)

Los títulos se guardan en una vitrina; las grandes gestas quedan en la cabeza y perduran en el corazón. Una frase que resumen muy a las claras lo que se puede llegar a vivir y sentir en partidos así. La remontada del Barcelona al PSG, por ejemplo, será recordada para siempre por el barcelonismo. Aquellas remontadas vintage, ochenteras, del Real Madrid marcándole incluso 6 al Anderlecht de Enzo Scifo, también. O el Iniestazo de Sudáfrica que, siendo el gol más importante en la historia del fútbol español, no le resta un ápice de épica al gol de Juan Señor para poner el 12-1 a Malta en Sevilla. Ese gol cuando España no ganaba nada, cuando fracasaba y no era capaz de superar ese techo más de hormigón que de cristal, que eran los cuartos de final.

Y es que las gestas de los humildes todavía tienen un componente mayor de emotividad. Los aspirantes a ganar algo, a sorprender, a pensar que un día será posible también habilitar una vitrina. Pero también están esos momentos tan imborrables como impagables de sus gestas europeas que emocionan a todo el mundo. El imberbe, novato e inexperto EuroCelta comenzaba a dar sus primeros pasos por Europa sin hacer mucho ruido y siempre con el cartel de club modesto. Iba siempre como la revelación o la sorpresa de la Liga. Era un outsider en toda regla que incluso se celebraba por el rival que le tocase en gracia. Pero se convencieron ellos mismos de que podían ganar a grandes equipos. En una versión cervantina que no quijotesca, llevaron al extremo la capacidad de enfrentarse a cualquier gigante, dragón, regimiento de soldados que Don Quijote llevaba a la práctica, no sin sobresaltos y o disgustos. Nos convencieron a los demás de que era posible vencer a grandes equipos y de poder hacerlo incluso en sus propias casas. Ya no eran partidos a descontar o partidos para "disfrutar". No; esta gente disfrutaba ganando y eso es lo que han aplicado durante muchos años, gracias al instinto ganador, competitivo y, algo quijotesco, de los Mostovoi, Karpin, Gustavito y compañía. Y así llegaron las victorias contra el Benfica, Estrella Roja, Spartak, Ajax, Brujas...Y así aquel equipo empezó a escribir páginas importantes de su historia. Pero faltaban las grandes citas; esas remontadas que quedasen grabadas para siempre. Esos partidos límite en los que cualquier detalle te dejan fuera y cualquier intangible te puede también cambiar el guión de tu destino deportivo.

Y llegaron esos partidos que siguen grabados en nuestras retinas. Esa remontada contra el Aston Villa en el Villa Park. Ese 1-3 con aquel once que era un escándalo con Dutruel, Míchel, Cáceres, Djorovic y Berges; Mazinho y Makelel, Karpin, Mostovoi, Sánchez y Penev. Aquella forma de jugar al fútbol, de romper a los villanos que nada supieron o pudieron hacer para frenar ese tsunami de fútbol que los celestes estaban desplegando. Esa velocidad de ejecución de movimientos, ese fútbol al primer toque y esos rivales persiguiendo sombras. Son de esos partidos que no envejecen con el paso del tiempo; mejoran, como el vino. Son de esos partidos que, cuando acaban, es que te da casi igual que es lo que va a pasar en la siguiente ronda; lo más seguro es que ni te acuerdes después.

Y que decir de aquella cara de Van der Saar, cual protagonista de El Resplandor, cuando a los 24 segundos de partido Makelele le marcaba a la Juventus y neutralizaba el 1-0 de la ida. Y la cara de Zidane cuando el Celta remontaba poco después y ya volteaba la eliminatoria contra aquella Vecchia Signora que coleccionaba estrellas. Ese 4-0 al que apelaron tanto en Barcelona para pensar en que era posible la remontada. Pero ese ejercicio de fe y de no poner el freno de mano aunque vayas 2-0 o 3-0, son momentos únicos. No siempre se le marcan 4 goles al equipo que, seguramente, mejor defienda del mundo.

Y también está la remontada de San Siro. No tiene el mismo guión que contra la Juve o el Aston Villa (haber perdido 1-0 en la ida), pero también es uno de esos momentos inolvidables. Ganar a Ancelotti en Milan tiene un mérito enorme. Si lo contextualizamos con Lotina al borde de la destitución, el equipo hundido en Liga y los jaleos internos, está claro que la épica y lo quijotesco estaban en estado puro presentes en aquella fría noche de Milán. El Celta retó a los gigantes que querían acabar con él y se fueron a la conquista de un estadio jerarquizado. Aquel gol de Pepe Nacho sigue en el recuerdo de muchos. No fue un gol bonito, ni bien ejecutado, ni sutil, ni estético, ni bien trenzado o elaborado. Fue uno de los goles seguramente menos vistosos de la historia. Pero la "pepenaccia" todavía se recuerda en Vigo; todavía sigue en nuestra memoria selectiva. Control de cadera y tiro con la tibia. Eso sigue vigente. No tiene fecha de caducidad. Esa épica es perenne. Y José Ignacio lo sabe.

 Y ,este año, Berizzo aplicó el manual bielsista de no hay que temer a nadie y hay que jugar contra todos los rivales igual. Lo hizo en desigualdad de condiciones; con su lanza en astillero. El Toto aplicó la teoría de Don Quijote de "al bien hacer jamás le falta premio" o les explicaría a su cuerpo técnico y a sus jugadores que "cada uno es artífice de su propia ventura". Y en ese sueño se y nos embarcaron. Eliminar al Standard de Lieja, Panathinaikos y entrar a la par en eliminatorias con el Ajax. Después llegaron los primeros gigantes a los que vencer. El Shakthar ganaba 0-1 en Balaídos y había que apelar a la épica de este nuevo EuroCelta. Y conquistaron Ucrania con una quijotesca valentía como decía el hidalgo caballero "la temeridad es valentía". Y se fueron apor todas y lo consiguieron. Superaron ese escollo y llegaba el Krasnodar; de nuevo la vuelta fuera de casa. Y volvieron a hacerlo. Otro triunfo fuera de casa y otro rival que caía vencido por la lanza en astillero celeste. El Toto se veía a las puertas del éxito, de las semifinales. Tocaba volver a tirar de épica.

 El Celta se fue a la guerra con el valiente Genk a pecho descubierto porque se aplicó la cervantina teoría de "la guerra, así como es madrastra de los cobardes, es la madre de los valientes". Y los valientes se metieron en semifinales. Ahora toca volver a soñar con la remontada. Dibujar una gesta que recuerden los 2.600 celtistas que estarán en Old Trafford y todos los que estén en Galicia y por el mundo. También aquellas remontadas eran difíciles. Muchos aficionados pensaban que, a esos gigantes, era imposible vencerles en un duelo desigual. Pero siempre hay que confiar en que el Toto pueda aplicar una voz tan sabia como cervantina que, apelando al espíritu de Sancho Panza, exclame en alto aquello de: "no son gigantes, mi señor Don Quijote, solo son molinos de viento y, los grandes brazos, son sus aspas". Pues hoy en Old Trafford hay que combatir a los molinos de viento; son altos, fuertes y parecen gigantes. Berizzo se encargará de recordárselo a los jugadores para que vayan a la guerra convencidos de que no son gigantes aunque lo parezcan. Lo gigante es lo que pueden llegar a vivir si consiguen una de esas gestas que seguiremos guardando en el corazón. Y a eso van, convencidos que es posible y con sus humildes armas preparadas. Somos más un Juan Señor que un Iniesta. Pero todavía me pone los pelos de punta el gallito de José Ángel de la Casa cuando el centrocampista marcaba el gol número 12 a Malta.

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