Jueves, 23 de Septiembre de 2021

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Etapa 13: Alrededores de Perm (Rusia)

El toque de aventura, o pensando en demandar a Google maps

Si la tocas, se cae. Papelón en medio de la nada

Si la tocas, se cae. Papelón en medio de la nada / Ramón Huarte

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LA TRAMPA DE GOOGLE MAPS

La entrada de hoy del cuaderno de viaje debiera haber sido para contar cosas del Tartaristán, del Volga, de los minaretes, del colorido de los poblados de campesinos. Y sin embargo lo esencial de la etapa ha quedado reducido a 100 kilómetros. Los que he tardado seis horas en recorrer (Y gracias, porque podía seguir aún ahí), gracias al hasta hoy perfecto compañero de viaje: El navegador.

A punto de no llegar hasta aquí / Ramón Huarte

La víspera, y deseando sufrir lo menos posible en las carreteras rusas, repaso la etapa que me llevará de Cheboksary a Perm. Yo tenía previsto seguir la carretera del Volga, pasandpo por una ciudad grande, Izhevsk, y siguiendo hasta Perm. Pero Google Maps me dice que ese recorrido pasa por carreteras secundarias y que el bueno es otro, que lleva, a través de bosques eternos en medio de la nada, a través de poblados sin casi nombre. Pero cómo voy a desconfiar, es Google. Así que decido hacerle caso, a pesar de que en mi otro navegador (Here Wego) la ruta no es que aparezca como secundaria, es que ni aparece.

Atención niños: Si ponéis en Google Maps la ruta de Kazán a Perm y os sale esto... ¡No es cierto! / Ramón Huarte

MORDIENDO EL ANZUELO

Hasta Kazán todo va bien, se sigue la M7. Y es ahí donde Maps me lleva por su particular preferencia, desviándose hacia el noreste, hacia los bosques. Al principio todo va bien. La carretera es pequeña y pasa por diversas poblaciones, pero no hay apenas tráfico (Ahora ya sé por qué) y todo es muy pintoresco, en el interior del Tartaristán.

Con el paso de los kilómetros, los pueblos se van espaciando y el firme se hace algo más irregular, pero aún es transitable. Empiezo a preocuparme cuando el asfalto comienza a dejar paso a la tierra prensada, en la que el agua caída ha formado una capa de barrillo resbaladizo poco tranquilizadora. Me mantengo así un buen número de kilómetros, confiando en que Google Maps no me va a llevar por un sitio donde no hay carretera, y que ésta tendría que aparecer de inmediato.

VIDEO: EN EL PASO DEL RÍO VYATKA ME ENCUENTRO EL PAPELÓN

Cruce del Vyatka

En esa situación llego a un paso sobre un río, el Vyatka. Visto a posteriori, tendría que haberme dado la vuelta ahí, dado lo que me encontré en la otra orilla. Pero yo seguía pensando que la carretera tenía que aparecer, y no me apetecía darme la vuelta para volver a hacer los kilómetros que había hecho con un barro que me parecía muy peligroso y me había puesto al limite un par de veces (Una auténtica autopista, en comparación con lo que venía, pero yo no lo sabía).

LOS JUDÍOS RUSOS

De repente me encontraba sin posibilidad (Física incluso) de volverme atrás, haciendo el taca taca con los pies en el suelo y la moto resbalando, quemando el embrague y sobrecalentando el motor. Hago lo que dicen los cánones, quitar el abs y poner el control de tracción en posición 2. También hubiera debido quitar presión a las ruedas pero bajarse de la moto suponía correr el riesgo de resbalar y caerse, así que me dejo de presiones. Además, a esas alturas lo difícil hubiera sido encontrar la válvula entre el barro que recubría la rueda. En todo caso, soy consciente de que haga lo que haga, ni yo soy experto, ni los neumáticos son para ir por el barro, ni nada hay que hacer contra la temible “Rasputitsa”, el barro resbaladizo del deshielo, que impedía pasar hasta a los Tiger del ejército alemán.

Más barro que rueda. Pastoso y resbaladizo / Ramón Huarte

Pasa lo inevitable y no puedo evitar que la moto caiga. Imposible levantarla. Sí, ya me sé la teoría de cómo hacerlo, pero no vale para una situación en la que me resulta difícil hasta tenerme yo de pie.

Y aparece, de en medio de la nada, Rafael. Es un hombre de estos que se ven muchos por aquí, que puede tener 30 años o 70. Curtido, moreno, de cara arrugada, casi sin dientes, chaparro, apenas llegaría al metro sesenta. Entre los dos levantamos con apuros la moto. Le pongo la pata y la dejo ahí, imposible moverla, caería de nuevo. Y ahí la moto (Total, tampoco va a pasar nadie por ese lodazal entre bosques), me hace señas para que le siga hasta su casa, una especie de chabola sin casi nada de lo que consideramos básico, con un corral con algunos gansos, apartada de cualquier ámbito de civilización. Parecía puesta ahí solo para recogerme cuando yo me cayera delante.

La casa de Rafael. Cómo alguien con tan poco puede ser tan generoso / Ramón Huarte

Rafael me indica que me descalce antes de entrar, y una vez dentro que me lave las manos (Yo estoy de barro hasta arriba) en el culo cortado de un bidón de plástico. Vive con su mujer, cuatro hijos y un nieto, me parece deducir por las edades. Él se llama Rafael, el gato Simón y el nieto Daniel. Los nombres, unidos a lo de descalzarse y lavarse las manos, me indica que son judíos rusos. Me sacan café, me ponen la mesa, me dan de comer sopa y pollo frío. Ellos comen solo sopa, el único pollo que tenían me lo dan. Luego Rafael me saca al “patio” a fumar tabaco “Majorka” liado con pape de periódico. Le cuesta dejarme ir, cuando lo hace me dice que a 15 kilómetros está el poblado de Konstantinovka y que a partir de ahí es transitable el camino.

DESESPERADO, EL PLAN B

Todavía sudado y nervioso, pongo en marcha la moto y empiezo a avanzar centímetro a centímetro, parando cada pocos metros para descansar la muñeca que juega con el embrague y respirar. Consigo hacer dos, tres, kilómetros. No sé. Me parece que he tardado horas. Y la moto se vuelve a ir al suelo tras culear por el barro deslizante. Al cabo del rato aparece un decrépito Lada 4x4 con lugareños de las casuchas de la zona y me ayudan a levantarla.

Bañado en barro, sigo, consciente de que caerse otra vez es solo cuestión de tiempo, de que jamás llegaré a Konstantinovka y de que amenaza tormenta. Y se cae la moto una tercera vez.

Un rato después pasa otro decrépito Lada, este no siquiera 4x4. El piloto me ayuda a levantar la moto, pero yo no pienso seguir intentándolo, y paso al plan B: Tengo que hacer entender a alguien que pase que necesito que venga alguien a llevar la moto hasta el trozo de asfalto más cercano.

Dos horas y dos coches después, para a mi lado Rinat, otro ejemplar de hombre de edad indeterminada, sin apenas dientes. Otro ángel. Logro hacerle entender que quiero una grúa. Empieza a hacer llamadas y a hablarme en ruso, independientemente de que sabe que no le entiendo. Muchos “Niet”, la cosa pinta mal. Cualga y me dice que no hay nada que hacer. Le debo poner tal cara que hace otra llamada. Vocifera, se enfada, resopla. Tarda diez minutos de reloj, pero me dice que espere, que vendrán a buscarme. Le digo si le pago algo, se ríe y me dice que no, pero me pide un Lucky de la cajetilla que me había visto abrir para pasar los nervios. Le doy la cajetilla entera y me quedo los tres cigarros que le quedaban a él en un arrugado y roto paquete de tabaco ruso.

El tabaco de Rinat. Me lo quedo de recuerdo. / Ramón Huarte

AÚN HAY MÁS

Rinat se va y me quedo ahí, solo, en medio de un inmenso campo en medio de Rusia, siendo comido por los mosquitos y por la intranquilidad. Pasa una hora y no aparece nadie. Empiezo a pensar que el de la grúa, que no tenía ninguna gana de venir de no sé dónde a ponerse hasta arriba de barro, se lo ha pensado mejor. ¿Puede salir mal algo más? Relámpagos a lo lejos.

VIDEO: APRÉCIESE LA CANTIDAD DE MOSQUITOS VORACES. JAMÁS HABÍA VISTO ALGO IGUAL

Los mosquitos de Rusia

Y cuando ya estoy pensando en irme andando los kilómetros que hagan falta hasta un pueblo, pagar a alguien para que me lleve en coche a Perm y volverme a casa en avión, dejando la moto para siempre enterrada en barro, aparece, maravillosa, una horrible grúa Kamaz (Infecta marca rusa de furgonetas y camiones destartalados pero que pasan por lo que les pongas, de duros que son).

Malencarado, el gruista (Con ropas de camuflaje, la moda absoluta en Rusia) me dice por señas que no tiene cinchas y que la moto tiene que ir tirada en la plataforma. Entre los dos y con ayuda del conductor de un vehículo al que impedimos pasar, la subimos, no sin caernos al barro antes.

Así fue botando 60 kilómetros. Da lo mismo. Pensé que se quedaba allí. / Ramón Huarte

Los siguientes 60 kilómetros son los más felices de mi vida. Con un tipo vestido de paramilitar y enfadado, conduciendo un vehículo inseguro y sin cinturones de seguridad a toda leche por el barro (Mucho más de los 15 kilómetros que me había dicho Rafael), haciendo botar la moto en la parte de atrás como si estuviera metida en una maraca, a punto de salirse cada cien metros, mascullando en ruso y mirando cómo le he llenado la cabina de kilos (literal) de barro que iban pegados a mis botas… no puedo estar más contento.

Al final llegamos al pueblucho de Kilmez, donde tiene la “base”. Logramos poner en pie la moto y bajarla, no sin antes dejarme claro cuánto quiere cobrar. Sesenta y pico euros al cambio. Poco se me hace. Tan poco, que meto la mano en una de mis bolsas y saco mi preciosa Leatherman Scheletool y se la regalo. Es la única vez que le vi sonreir. Pero lo hizo muy ampliamente.

Ya de nuevo en ruta sobre asfalto.El cachondo del arco iris, a saludarnos, con el día que hemos tenido.. / Ramón Huarte

EPÍLOGO

Con las canillas temblándome, soltando barro por todas partes, ya casi oscureciendo, sigo hacia Perm. Tras el episodio, los daños no son muchos: Se han partido las bolas de la punta de las manetas de freno y embrague, pero sin afectar a la funcionalidad. Se ha roto la sujeción del intermitente delantero izquierdo, que ya llevaba arreglado con pegamento desde navarra. Le aplico cinta americana y se sujeta bien. Y lo más incómodo, se han roto las sujeciones de la bolsa sobredepósito. Con bridas la he sujetado en el asiento del copiloto. Cuando llegue a Varsovia y deje sitio libre en las maletas mandando cosas de invierno a casa, meteré ahí lo que llevo en la sobredepósito, y la tiraré.

Cinta americana al intermitente. A tirar millas. / Ramón Huarte

Cansado, de bajón tras el estrés, anocheciendo y con la lluvia cayendo, con infinitos camiones pasándome por todas partes, acabo decidiendo que no llego a Perm ni de coña. Y paro en una área repleta de camiones. Si no hay habitación en el motel les pido que me dejen poner el saco de dormir en el porche, pero yo de allí no me muevo.

Hay habitación. La ocupo, me meto de trago una cerveza rusa de medio litro en el bar de abajo, y me dejo caer en la cama, a que las pulgas acaben el trabajo de los mosquitos.

P.D.

Este viaje no tiene patrocinadores, ni los he buscado. Sí que estoy muy orgulloso de llevar en mi moto los nombres de tres empresas que de una u otra manera, más allá de lo económico, tienen que ver con que yo esté haciendo esto. Se trata de España Rumbo al Sur, veterano y exitoso proyecto del aventurero navarro Telmo Aldaz. Se trata de Torosup, la escuela de Paddle Surf que mi amigo Carlos Toro tiene en Rincón De La Victoria, en Málaga. Y se trata de Zunzarren, la autoescuela/gestoría decana en Navarra, a la que debo algunos de los trámites necesarios en este viaje, y que también ha ejercido su función inspiradora. Y estoy muy agradecido a mi amigo diseñador Nacho (NAC) por alguna aportación gráfica, entre ellas el logotipo “Europa 4 esquinas” que identifica esta pajarada mía.

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