Miércoles, 01 de Diciembre de 2021

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Gloria Sánchez-Grande

‘El sol que apenas nos dejó llorarte’

Fuiste a morir en uno de los días más largos del año, cuando el sol inmisericorde de mediados de junio no daba tregua ni a los ojos ni a la piel ni a la esperanza

Firma Gloria Sánchez-Grande, 'El sol que apenas nos dejó llorarte'

Fuiste a morir en uno de los días más largos del año, cuando el sol inmisericorde de mediados de junio no daba tregua ni a los ojos ni a la piel ni a la esperanza. La tristeza y el calor se nos pegaron al cuerpo como una losa. Estando lejos, supimos, Iván, que un toro te había matado a orillas del Adour; ese río que nace en los Pirineos franceses y va a desembocar en el golfo de Vizcaya, casi el mismo recorrido que siguió tu sangre libre, Iván, la que derramaste sobre la arena caliente de Las Landas, a 30 kilómetros de Mont de Marsan, y que, con demora, acabó en el dique de tu tierra, en Orduña, mezclada ya con lágrimas.

Un sol sacrílego y voraz que nunca se escondía tras el horizonte apenas nos dejó llorarte. Apenas una tregua de oscuridad; la de una madrugada fugaz, coronada por una luna que ya iba menguando. Horas antes, en esa maldita enfermería, tú mismo dijiste que las fuerzas se te escapaban por el costado a causa de una cornada negra que te rompió por dentro. Eras consciente de todo. Pusiste tus manos sobre el fajín y el vientre para evitar que la vida se te escapara tan deprisa, para evitar que fuera tan corta como las letras de tu propio nombre, Iván. Pero el destino no pudo salvarte y ahora nosotros, aquí todavía y tan lejos, no terminamos de creerlo.

Te mató un toro que ni siquiera te correspondía; en un país que no era el tuyo. ¿Pero cuál era tu verdadera patria, Iván? ¿Acaso la tuviste? Siempre solo, solo contra el mundo, con una voluntad férrea, por la vereda de un camino que te marcaste a golpe de fragua hasta sus últimas consecuencias. Te recuerdo en el ruedo estoico, marcial y vibrante; sin embargo, no te concedieron la clemencia que merecen los valientes. Fuiste un hombre sin tierra, pero sí con bandera, la tuya, la del individuo que no se doblega ante reyes ni dioses. ¿Cómo un sol envidioso y henchido por San Juan iba a dejarnos llorar a un hombre como tú, tan insurrecto y tan soberano de sus principios y acciones?

Moriste, Iván, con el mismo vestido de la Puerta Grande de Madrid. Con el mismo vestido que un pueblo te arrancaba a borbotones como a un semidiós, como a un Sísifo que, al menos una vez, alcanzó la cima con su enorme piedra a cuestas. Con tu muerte, tan inevitable, tan trágica, tan inútil, tú también te has convertido en un héroe absurdo.

Cuando el sol de la mañana siguiente a tu muerte despuntó sobre las dunas, el mar y el mundo, todos nos secamos las lágrimas; pero aún se nos humedecen los ojos al pensar en tus padres, en tu hija, en tus amigos, en tu cuadrilla, en los que siguen vivos y se vuelven a vestir de luces; en los que pasaron la noche contemplando sus vestidos de torear asomando por un extremo de la bolsa del sastre; en los que también pensaron en sus hijos y en lo que podía pasar, o no, porque en esta profesión, la suerte y la muerte se suceden con la rapidez de una marea; y en los que se levantaron de la cama, y volvieron a salir hacia un nuevo desembarque, un nuevo sorteo, un nuevo paseíllo, un nuevo minuto de silencio.

Descansa en paz, Iván.

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