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Sábado, 04 de Abril de 2020

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Etapa 25: Zadar (Croacia)

Decisión desconfiada, la vida en la frontera, un fiordo en Montenegro

Las "bocas de Kotor", en Montenegro, un fiordo en toda regla en el Adriático.

Las "bocas de Kotor", en Montenegro, un fiordo en toda regla en el Adriático. / Ramón Huarte

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LA OPCIÓN LARGA, SIN DUDA

Una duda se me presentaba a la hora de trazar la ruta de hoy. Saliendo de Durres, en Albania, quería llegar al norte de Croacia, a Zadar.

Casi ya Italia, casi ya en el barrio cerca de casa. / Ramón Huarte

Había de escoger entre dos rutas. La más larga en tiempo (Ambas eran parecidas en kilómetros) es la que pasando de Albania a Montenegro desciende por las montañas montenegrinas hasta el mar para de ahí, a través de los pueblos de la costa, ir remontando el Adriático hasta Croacia y allí ya, a falta de 250 kilómetros para Zadar, coger la autopista.

La otra opción, la que el navegador da como más corta en tiempo, evita todos los pueblos, las caravanas y congestiones de la costa, y me lleva por carreteras secundarias de Montenegro y Bosnia, a través de montañas y en zonas despobladas, hasta bajar a Croacia y coger la citada autopista.

Magnífica la autopista croata... por la que no suelen circular los croatas. Y como hoy no había mucho turista, pues toda para mi. / Ramón Huarte

Dada mi experiencia con el navegador en Rusia, cuando me eligió para llegar a Perm una carretera que no existía, y me dejó tirado en medio de la nada, he elegido la opción primera. Por lo menos sé que esas carreteras existen. Que no voy a verme aislado en medio de un monte, o en un bancal de tierra, o perplejo delante de una carretera que acaba en un barranco. Además, me digo, por lo menos iré viendo el mar. Y los bulliciosos pueblos llenos de veraneantes serán una continua caravana, pero me tendrán entretenido.

Los primeros kilómetros por Montenegro, tras salir de Albania, la carretera interior por la que empiezo a bajar hacia la costa, me ratifican en mi decisión. Dudo mucho que, tarde lo que tarde, fuera a ir más rápido por estos caminos.

VIDEO: POR ESTOS CAMINILLOS QUERÍA LLEVARME EL NAVEGADOR 400 KILÓMETROS… Y CON SUSTO AL ENTRAR EN LA CURVA.

Carreteras de Montenegro

LA VIDA EN LA FRONTERA

Recuerdo que de pequeño ya el mero hecho de pasar la frontera con Francia producía la emoción de la aventura. Pasar los puestos fronterizos siempre produce alguna incertidumbre. Ahora ya para circular por la Unión no hace falta que te “den permiso” en la frontera para entrar, así que hemos ido perdiendo ese placer-miedo.

En este viaje sin embargo son innumerables las fronteras que he tenido que ir pasando. Las hay impresionantes, como grandes complejos de vigilancia, las hay humildes, apenas una caseta. Hay guardas que producen respeto, los hay que se esfuerzan en hablar tu idioma y los que no (Y los rusos, que se esfuerzan, hablando alto, en que les entiendas el suyo). Los hay quisquillosos (El guarda letón que me dijo que la fotocopia de la carta verde vale en España pero que Letonia no es España), los hay de todo tipo.

Hoy he pasado unas cuantas fronteras. La de Albania con Montenegro, la de Montenegro con Croacia, la de Croacia con Bosnia (Para pasar por el minúsculo trozo de mar al que tiene acceso Bosnia) e inmediatamente otra vez la de Bosnia con Croacia. Y he vuelto a encontrarme cosas curiosas.

Frontera entre Montenegro y Croacia. Una de tantas de hoy. / Ramón Huarte

Por ejemplo, me ha encantado la frontera de Albania con Montenegro. Al llegar, había una larga cola de coches esperando, asediados por mujeres mendigando. Me han indicado por señas algunos de los conductores que esperaban que siguiera. Pensaba que me decían que me colara, pero no. Al llegar a la humildísima caseta de frontera he visto que a un lado del carril de los coches había una rampilla de cemento que pasaba al lado de una ventanilla. ¡Un carril moto! De manera que, siendo el único de dos ruedas, no he tenido que hacer cola. Y ya allí, en la caseta, la cooperación pura entre países. En lugar de haber un puesto albanés para controlar la salida del país y unos metros más allá un puesto montenegrino, para controlar la entrada, como suele ser lo habitual… estaban los dos en la misma caseta, sentados frente a frente en una misma mesa de oficina. El albanés me ha ojeado la documentación, ha estampado el sello, y cual si fuera un freesbee se la ha lanzado a su colega montenegrino, que ha hecho lo propio, me la ha devuelto y me ha dicho que hala, puerta. Los imagino yendo luego juntos a la taberna a echar un licor.

También es curioso el paso fronterizo en la estrecha franja de unos pocos kilómetros que tiene Bosnia como acceso al mar. Salida al mar que (Cosas de los acuerdos de paz tras la guerra de los Balcanes) corta en dos a Croacia. De manera que en plena carretera de la costa que recorre todos los centros turísticos de la Riviera dálmata, con Dubrovnik al sur y Split al norte, se alzan dos pasos fronterizos en muy poco espacio. Di que conscientes del caos que se puede montar si son muy pelmas, los guardias aligeran, y apenas te miran los papeles antes de decirte que sigas. De hecho, la guapa y simpática guardia croata que me mira el pasaporte me dice que ni me quite el casco para comprobar que soy el de la foto y que siga. Maldición.

Me ha despachado en un visto y no visto. Una auténtica ofensa. pero con esa sonrisa, quién le dice nada... / Ramón Huarte

MONTENEGRO DESCONOCIDO

La costa croata, y también Bosnia, me los tenía vistos -siquiera superficialmente- del verano pasado. Dubrovnik, Split, Mostar… Lugares que me dejaron ganas de repetir (En otra ocasión futura lo haré en velero, es una idea que tengo yo en la cabeza).

Sin embargo, no conocía Montenegro. Y me ha sorprendido su costa. Sin los niveles de lujo en yates y coches de la costa croata frecuentada por millonarios y famosos, menos quebrada en islas, más humilde a su manera, pero también bulliciosa, reúne en muchos lugares mar y montaña, formando paisajes muy bellos. Y los pueblos tienen sabor. En ocasiones a turisteo algo rancio, con la sobreexplotación del que ha descubierto hace poco el filón y pretende sacarle beneficio. Pero… tiene algo. Me ha parecido que merece la pena fijarse en Montenegro más detenidamente para otra ocasión.

En concreto, me apetece “meter mano” algún día a las “Bocas de Kotor”, una profundísima e irregular bahía que entra profunda en la costa hasta formar casi tres pequeños mares interiores, bañando a un buen número de poblaciones y dejando islas interiores con bellos y pintorescos edificios.

Las "Bocas de Kotor", el Adriático entrando profundamente en tierra. / Ramón Huarte

Kotor es el centro turístico de la zona, y se nota al pasar, por la cantidad de restaurantes y hoteles, por los olores a comida y el ruido, pero otros muchos lugares diseminados plagan las “bocas” de sitios apetecibles, con pequeños muelles, minúsculas playas.

Kotor, floreciente centro turñistico montenegrino. / Ramón Huarte

Todo en una carretera, la que se pega al milímetro al contorno de esta profunda bahía, de este fiordo en realidad, ideal para andar en moto. Por cierto, si desde Noruega fui un bicho raro, con moto de matrícula extranjera, y he continuado siéndolo hasta en Creta, donde había turistas pero no motorizados… ahora ya soy uno más. Son miles los motoristas de todos los países con los que me curzo. Pero, ah amigos, sigo siendo distinto, porque yo, al menos… ¡No llevo una BMW!

Ya no soy el único motorista extranjero por donde paso... pero al parecer, sí casi el único... ¡Que no lleva BMW! / Ramón Huarte

Un país, Montenegro, al que he visto dividido en dos: El interior pedregoso y de maltrechas montañas partidas en millones de piedras, y vegetación de secano, y gente morena y curtida. Y pocos kilómetros más allá, más abajo… el incipiente turismo, el mar, el bullicio. Otro país.

P.D.

Este viaje no tiene patrocinadores, ni los he buscado. Sí que estoy muy orgulloso de llevar en mi moto los nombres de tres empresas que de una u otra manera, más allá de lo económico, tienen que ver con que yo esté haciendo esto. Se trata de España Rumbo al Sur, veterano y exitoso proyecto del aventurero navarro Telmo Aldaz. Se trata de Torosup, la escuela de Paddle Surf que mi amigo Carlos Toro tiene en Rincón De La Victoria, en Málaga. Y se trata de Zunzarren, la autoescuela/gestoría decana en Navarra, a la que debo algunos de los trámites necesarios en este viaje, y que también ha ejercido su función inspiradora. Y estoy muy agradecido a mi amigo diseñador Nacho (NAC) por alguna aportación gráfica, entre ellas el logotipo “Europa 4 esquinas” que identifica esta pajarada mía.

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