Viernes, 22 de Enero de 2021

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Gloria Sánchez-Grande

‘El exilio taurino hasta la capital de la cereza’

Céret es un pueblo de siete mil habitantes a los pies de los Pirineos Orientales, en la región del Rosellón, en la Cataluña francesa

Firma Gloria Sánchez-Grande, 'El exilio taurino hasta la capital de la cereza'

Céret es un pueblo de siete mil habitantes a los pies de los Pirineos Orientales, en la región del Rosellón, en la Cataluña francesa. La población es famosa por ser la capital de la cereza y lugar de reunión de muchos artistas célebres de comienzos del siglo XX, como Manolo Hugué, Pablo Picasso o Georges Braque. Pero Céret, además de ser conocida por su fruta y los pintores cubistas que se inspiraron en sus calles en sombra, se ha convertido en un refugio para toda la afición taurina catalana que, cada mes de julio, viaja hasta allí para disfrutar de sus corridas de toros igual que, hace no tanto tiempo, los españoles cruzaban la frontera para ver el cine que censuraba la dictadura franquista.

Hace apenas dos semanas, el 14, 15 y 16 de julio, fechas de la fiesta nacional francesa, Céret celebraba su feria, que este año cumplía su edición número 30, con tres corridas de toros y una novillada. La plaza de toros, construida en 1922, tiene capacidad para 3.700 espectadores, y uno de los ruedos más pequeños de Europa. Su diámetro diminuto se encuentra siempre coronado por la señera, la bandera que tradicionalmente utilizaban los reyes de la Corona de Aragón y, con el tiempo, la del Principado de Cataluña. Aún en pleno siglo XXI, Céret exhibe con orgullo su cultura francesa y catalana, así como su pasión por los toros, por eso, cada tarde, las corridas comienzan al son de sardanas, como “Los segadores”, el himno oficial de Cataluña. Antes de los festejos, los aficionados se refrescan bebiendo pastis, un anís típico de Marsella; y se pertrechan de fruta y diferentes embutidos, como un fiambre al que añaden cerezas.

A pesar de su ruedo minúsculo, en Céret se sueltan unos toros enormes, procedentes de las ganaderías más respetadas y temidas, como Miura, Saltillo o José Escolar. Los toreros contratados cada año son hombres que se visten por los pies, habituados a bregar en corridas duras, conscientes de que, un triunfo en Céret, les asegura regresar la temporada próxima y que se les abran otras puertas en Francia. Sin ir más lejos, el pasado 16 de julio, el madrileño Alberto Aguilar salió a hombros tras jugarse la vida primero, y torear con maestría y belleza después, a un lote tremendamente exigente de José Escolar, encaste Santa Coloma. La afición reunida en la plaza, proveniente de múltiples rincones de Francia y España, se puso en pie con las faenas de Aguilar, en honor del cual sonaron varios pasodobles en versión cobla, una agrupación musical folklórica oriunda de Cataluña.

Porque ya dijo Albert Camus que España, sin tradiciones, no sería más que un bello desierto. Lo mismo le sucede a Cataluña y a Baleares, donde ahora la clase política reniega de su cultura y de sus raíces taurinas y mediterráneas, mientras que, pocos kilómetros más al norte, en la francesa Céret, los hombres siguen emocionándose, como antaño, en los tendidos de una pequeña plaza de toros.

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