Martes, 11 de Agosto de 2020

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Qué nos cuentan los documentos sobre los niños expósitos de Cuenca

‘La infancia abandonada entre los siglos XVI al XVIII’ es el título del primer programa de ‘Así dicen los documentos’, la nueva sección en Hoy por Hoy Cuenca con Almudena Serrano, la directora del Archivo Histórico Provincial

Nota de abandono.

Nota de abandono. / Archivo Histórico Provincial de Cuenca.

Almudena Serrano, la directora del Archivo Histórico Provincial de Cuenca, se incorpora como colaboradora semanal de ‘Hoy por Hoy Cuenca’ para compartir con los oyentes los secretos, historias y curiosidades que guardan los documentos. Un ejercicio de divulgación que pretende también dar a conocer la labor de los archivos y explicar a la ciudadanía que sus documentos se pueden consultar de una forma sencilla. Este es el programa de este jueves 7 de septiembre.

'Así dicen los documentos' en Hoy por Hoy Cuenca. / Paco Auñón

La infancia abandonada

El abandono de niños durante los siglos XVI al XVIII, que tenemos documentado en el territorio que comprende la actual provincia de Cuenca, fue frecuente, si nos atenemos a los datos de la documentación que se conserva y los estudios realizados en España y Europa.

Este abandono entra dentro de la categoría de violencia contra la infancia y es el asunto más arduo de cuantos tenían que ver con el ejercicio de la crueldad sobre y contra el ser humano, puesto que desde que nacían eran expuestos, de ahí su calificativo genérico de expósitos, a las peores condiciones imaginables de marginación, a pesar de que muchos de ellos eran dejados sin amparo posible. Completamente abandonados a su indefensión. Los niños expósitos también se conocieron como echadillos, enechados e incluseros.

Además, estos lamentables hechos afectaban directamente a la evolución de la demografía de cada lugar en una época de extremas dificultades económicas puesto que se acababa con gran parte del relevo generacional.

Documentación sobre niños expósitos

Las fuentes documentales disponibles para el estudio de niños expósitos se localizan en el Archivo de la Diputación de Cuenca, donde se conserva todo el fondo documental de la antigua Beneficencia, que fue heredera de las funciones y documentación del Colegio de Niños Expósitos de San Julián, de Cuenca.

Además, contamos con expedientes judiciales y otra documentación relativa a dotaciones económicas para subvenir los gastos generados por el mantenimiento del Colegio de Expósitos de Cuenca.

¿Por qué se abandonaban niños?

Hay muchos casos documentados de abandono de recién nacidos y de bebés de pocos meses. En los motivos de estas circunstancias prevalecen, sin duda, los fundamentos económicos, aunque no debemos dejar de lado que, por supuesto, se abandonaban niños fruto de relaciones ilícitas con el fin de salvar el buen nombre y la honra, en una sociedad tan encorsetada por las convenciones sociales.

¿Dónde se abandonaban niños?

Los niños no eran dejados indefensos siempre, muchas veces en lugares seguros para su encuentro y puesta a salvo, pero en otras ocasiones se abandonaban a todos los peligros. Algunos parajes que se citan en los documentos son los siguientes: en un corral, en un despoblado, colgado de un arado, en el cercado de unas casas, colgado de una cruz, en el campo, colgados de un llamador de hierro, pendiente de la cerradura de una ermita, etc.

Cuando se pensaba en el futuro del niño, se procuraban sitios de segura recogida de los bebés y de sostenimiento garantizado: en la cocina de una casa, en el pórtico de un hospital, colgado de un cuadro de la virgen, en las puertas de la iglesia, en el torno del colegio de expósitos, en el altar de san José de la Catedral de Cuenca o en la plaza del pueblo.

Una vez abandonados ¿qué sucedía?

Una vez que los niños eran abandonados y localizados, se comunicaba a la justicia de cada lugar que iniciaba un expediente para enviarlos al Colegio de San Julián de Cuenca, donde había feligresas en diferentes parroquias que se encargaban de cuidar de ellos, y, en algunos casos, los prohijaban.

Las primeras noticias que aparecen sobre la fundación del Colegio de Expósitos son del año 1664, con la creación de la Memoria de Niños Expósitos de San Julián de la Catedral de Cuenca. Esta pía memoria estuvo dotada con fincas y rentas en pueblos como Moncalvillo, en el que se educaban los huérfanos de edades comprendidas entre los 8 y 13 años. Cada año, un canónigo de la Catedral era el encargado de sostener económicamente el Colegio.

Tras la expulsión de los jesuitas, Carlos III cedió el colegio a los expósitos, y desde aquella época se criaron y educaron en este colegio hasta, aproximadamente, 1836, en que por orden del Gobierno Político de esta provincia se trasladaron al edificio de la Casa de la Misericordia, perdiendo el carácter eclesiástico al quedar bajo la supervisión y control de la Junta Municipal de Beneficencia de Cuenca.

En el Colegio se contemplaba la posibilidad de que apareciesen los padres y reclamasen al niño o niña abandonados. En este caso debían costear el mantenimiento dado a su hijo o hija por las nodrizas:

‘Si parecieren padres y la pidieren, le deban pagar los gastos que con ella hubieren hecho’.

Dentro del tristísimo y lamentable abandono de bebés la cosa podía ser aún más cruel, como el caso de aquel niño abandonado en sucesivas ocasiones:

Lo volvieron a donde había nacido y al tercer día le volvieron a echar en la iglesia, y aviéndole conocido le volvía a enviar, enterado después que su madre está de doncella para casarse y que quién es su padre no hay certidumbre’.

Este es un claro ejemplo de un hecho no infrecuente cuando el honor de una familia podía verse alterado por un embarazo previo al matrimonio convenido. Ese embarazo podría provenir de una relación sexual consentida o no.

¿Cuándo se les abandonaba?

Se registró muchísima información sobre cuántos niños y niñas se abandonaron, las nodrizas que les alimentaban, dónde fueron encontrados, qué ropitas llevaban en el momento de ser abandonados, hora del día, cuánto vivían, quién los prohijaba o cómo se llamaban.

Las horas en las que se les abandonaba eran las de la noche o madrugada, según consta en los expedientes y libros de registro:

‘Siendo las cinco de la mañana’

‘Cayó entre las seis y siete de la noche’

¿Qué nombre se les ponía?

Algunos, como veremos, entraban con un nombre ya, indicado en las notas de abandono pero, lo normal, era ponerles el nombre del santo del día o de quien se hacía cargo de ellos, también, o el nombre del colegio, Julián.

A los niños: Manuel, José, Francisco, Bartolomé, Julián, Antonio, Simón, Juan Cayetano, Diego, Antonio Ignacio, Sebastián, Juan Alberto de la Cruz, Leonardo, Andrés, Mateo…

A las niñas: María, Ana, Catalina, Ángela María, Isabel, Rafaela, Juana de la Cruz, Micaela, Inés de la Cruz, Teresa de Jesús…

¿Qué llevaban los bebés cuando se les abandonaba?

Lo normal y frecuente era abandonarlos dentro de una cestilla o esportillo, como también se llamaba, con algunas ropitas que se describen perfectamente en estos expedientes y libros y que denotan la procedencia social, llegando algunos muy pobres, como aquel niño echado en 1774:

‘En un esportillo de esparto y encima de un pellejito de cordero blanco, envuelto en un pedazo de costal’.

Más pobreza y miseria que dejarlos desnudos no podía caber, como aquella niña a la que cuando la recogieron en el colegio:

‘Se le dio camisa, capotillo y mantilla por estar desnuda’ o a otra a la que ‘diósele una camisilla y unas sabanillas por venir sin ellas’.

La niña Isabel, que en pleno mes de enero fue echada con ‘una camisilla vieja, dos mantillas pardas, unas manguillas de abuja de estambre blanco, un fajero de una telilla azul y parda, un trapo viejo por trapo de cuello, una cofia con sus punticas, un pedazico de mantilla colorada muy vieja, y otro trapo blanco por sabanilla’.

A otra niña la dejaron con doble mudita: ‘dos mantillas, dos capuces y hasta un pucherillo con miel’.

Cuando las ropitas eran viejas también se indicaba, como aquella niña de 3 ó 4 meses de edad a la que dejaron con todo viejo: ‘un pañal y mecedor viejos, camisa de cáñamo vieja, 4 mantillas blancas viejas, un fajero colorado viejo, una ungarina de estameña blanca vieja’.

Las notas de abandono

Lo frecuente era acompañar a los bebés de una nota de abandono en la que se decía si estaba o no bautizado, su nombre y poco más, aunque alguna más curiosa por el contenido de lo escrito he querido traer hoy aquí:

‘María Librada me llamo, estoy bautizada y tengo una peca en la rodilla derecha. Ponerme todas las señas por si mi padre me reconoce’. Según consta en el libro de registro, esta niña fue entregada a los dos años a sus padres.

En otra nota se ‘suplica que se le ponga Baldomero, que nació en dicho día para que su padre lo busque, que no tardará’.

A otro le escribieron: ‘Este niño se ha bautizado como se debe y se le ha puesto el nombre de Cucufate’.

Nota de abandono de un niño. / Archivo Histórico Provincial de Cuenca.

A una niña le escribieron en tono poético: ‘Servanda me he de llamar, para ello tengo razón, pues fue para San Antón, cuando me empecé a formar’.

Y como el bautismo era tan importante, a otro niño abandonado el 25 de febrero le escribieron sólo: ‘Agua me han echado’.

Este niño se llama Juan. Está bautiçado i no crismado. Áganlo bien con el que es hijo de buenos padres. Y la mucha necesidad y riesgo en que se allan les obliga a açer este arrojo. Que Dios les pagará’.

La importancia del bautismo

Hemos mencionado que en todas las notas de abandono se consignaba siempre si los bebés estaban bautizados. ¿Por qué se le daba tanta importancia al bautismo? La iglesia recomendaba que al niño se le bautizase cuanto antes. Desde finales del siglo XVI, la celebración del bautizo se hacía cercana a la fecha del nacimiento, sin duda por los temores a morir en los primeros días.

Mano de obra

Algunos niños eran prohijados y otros empleados como mano de obra muy barata. Las circunstancias del trabajo infantil han sido transmitidas por la literatura clásica, por ejemplo, en Oliver Twist, en que vemos el uso del niño para cometer delitos y la dureza del trabajo infantil.

En España, tanto era el maltrato recibido por aquellos niños que tuvieron que tomarse medidas legales en 1788. Se envió una carta a todos los Colegios de Expósitos por los sucesos acaecidos en San Lúcar de Barrameda, a donde llegaron dos chicos sacados de la Casa de Expósitos de Valencia, a los que ‘se les daba trato cruel, educados sin ninguna religión y la desnudez con que los traían’.

Esa carta con determinadas advertencias fueron enviadas por Pedro Escolano de Arrieta, secretario del rey, en los siguientes términos:

‘Sobre que se ponga cuidado en saber quién saca las criaturas de las referidas casas, cuidando con particular atención que a los niños se les dé la debida educación y enseñanza para que sean vasallos útiles y que no se entreguen, si no es con las seguridades y formalidades necesarias a personas, que los mantengan y enseñen oficios y destinos convenientes a ellos mismos y al público’.

Consecuencias

Sin duda, la terrible consecuencia de lo que estamos analizando relativo al abandono de bebés y trato dado a la infancia fue la elevadísima mortalidad infantil y sus tremendas consecuencias en las estructuras demográficas de la Edad Moderna.

Por dar algunas cifras sobre la esperanza de vida, en Europa, antes de que se produjese la Revolución Industrial, de 1.000 nacidos morían entre 150 y 300 antes del primer año, y otros 100-200 antes de cumplir los 10. De este modo, la estadística resultante es alarmante: antes del año morían uno de cada cuatro niños o más.

En la provincia de Cuenca, estos datos son fácilmente comprobables en los libros de registro que ya hemos mencionado: muchísimos morían antes de cumplir los 6 meses y pocos superaban el primer año de vida.

A finales del siglo XVIII se fue levantando una notable infraestructura destinada, de forma especial, al amparo de la infancia abandonada. Surgirá una nueva legislación sobre expósitos que promueve el abandono anónimo e indiscriminado de niños, sin pena ni castigo, con lo que ante esta oferta las cifras de niños abandonados crecieron dramáticamente.

Hervás y Panduro, jesuita, de Horcajo de Santiago, prestó atención a los problemas del niño expósito y a otras cuestiones relacionadas con el cuidado de la infancia, exiliado como estuvo de España desde 1767, abogó por las escuelas de Obstetricia, por la lactancia materna y expresó sus deseos de que lo que había visto en las inclusas italianas se extendiera a las casas de expósitos de España.

Es un referente en temas de infancia en general y fue el primero en formular la conveniencia de que en España se hiciese de la Pediatría una especialidad médica. También prestó mucha atención al cuidado físico de los niños.

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