Sábado, 08 de Mayo de 2021

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¿Qué fue de Emily J Parker?

La última novela de Susana Fortes, Septiembre puede esperar, desarrolla una trama de misterio e intriga psicológica sobre la desaparición de una escritora

Susana Fortes

Susana Fortes / LI

     La escritora Susana Fortes (Pontevedra, 1959) presenta estos días su novela “Septiembre puede esperar” (Planeta) en la que entremezcla el misterio y la intriga psicológica con las reflexiones íntimas de sus protagonistas.

     La desaparición de la escritora Emily J. Parker en Londres mientras celebran el décimo aniversario de la II Guerra Mundial despierta la curiosidad, casi obsesión, de una estudiante de filología, Rebeca, que dejará las tierras gallegas para trasladarse a la capital británica en busca de respuestas.

      Biografía facilitada por la editorial: Susana Fortes es licenciada en Geografía e Historia por la Universidad de Santiago de Compostela y en Historia de América por la Universidad de Barcelona. Recientemente ha estado en Estados Unidos compaginando la docencia de español en el Estado de Luisiana con conferencias universitarias en la Universidad Interestatal de San Francisco. En la actualidad reside en Valencia donde imparte clases en un instituto. Con su primera novela, Querido Corto Maltés, ganó en 1994 el Premio Nuevos Narradores. En 2001 fue finalista del Premio Primavera, convocado por la editorial Espasa, con la novela Fronteras de arena. Además, ha publicado Las cenizas de la Bounty (Espasa 1998); Tiernos y traidores (Seix Barral 1999), y el cuaderno de cine Adiós, muñeca (Espasa, 2002, El azar de Laura Ulloa (Planeta, 2006), que recibió el Premio de la Crítica en la categoría de narrativa otorgado por la Asociación de escritores y críticos de la Comunidad Valenciana, y Quatttrocento, que se ha convertido en un fenómeno de ventas internacional. Su última novela, Esperando a Robert Capa, ha recibido el Premio de la Crítica Literaria Valenciana 2010. Susana Fortes colabora habitualmente en el diario El País, así como en revistas de cine y literatura.

Así empieza Septiembre puede esperar:

CAPÍTULO I

Hay dos lugares en el mundo en los que una persona pue-

de desaparecer por completo: Londres y los mares del Sur.

La frase es de Herman Melville, un tipo de fiar teniendo

en cuenta lo que hay por ahí. Entre los dos destinos no hay

la menor duda. La capital del Támesis es una ciudad con-

taminada, indiferente, narcisista y con un clima de mil de-

monios. Los mares del Sur, por el contrario, son un autén-

tico paraíso. Yo elegí Londres, naturalmente.

Atrás dejaba las clases particulares de inglés a treinta

euros la hora y los intricados misterios del genitivo sajón,

un apartamento de estudiante en un cuarto piso sin ascen-

sor en el ensanche de Santiago de Compostela, un futuro

prometedor como funcionaria si algún día volvían a con-

vocar oposiciones a la enseñanza pública, y un novio, Álex,

al que le encantaban los pájaros. Las aves son gente de paso, decía con una sonrisita misteriosa, igual que vienen, se

van. Probablemente no lo decía con segundas. Era sólo su

manera de reflexionar sobre el curso de la vida.

Cuando yo era niña, el curso de la vida seguía una se-

cuencia lógica, más o menos. Aparecía por el extremo de

la calle un hombre en bicicleta que arreglaba las varillas

rotas de los paraguas y, acto seguido, llegaba el invierno,

como si hubiera venido pedaleando por la carretera vieja;

veías asomar por encima de los tejados una nube peque-

ña de color verde azufre con pinta de no haber roto un

plato en su vida, contabas hasta veinte, y empezaba el di-

luvio. Mi hermana Bea salía corriendo del colegio como

la atleta de un reino olímpico perdido y le daba el tiempo

justo para llegar a casa y recoger las sábanas tendidas en

la terraza, de una manera perfectamente cronometrada.

Cuando se vive en el país de las tormentas, hay que apren-

der a mirar el cielo. Había otra época del año en que nos

metían en el coche en pijama, todavía de noche, con el

maletero cargado de bultos, y si al amanecer estábamos

rodeados de caballos salvajes, quería decir que habían

empezado las vacaciones de verano.

En la escuela también regían los mismos principios

universales: si doña Laura, la maestra de primaria, en lu-

gar de dirigirse a ti por tu nombre, lo hacía llamándote

señorita y con los brazos en jarras, como si te fuera a can-

tar una ranchera, mal asunto. Oías a los mayores hablar

entre ellos en voz baja y soltar la famosa sentencia «ley de

vida» y sabías que alguien acababa de morir irremisible-

mente. Y así todo. Los acontecimientos seguían un or-

den, por así decirlo. Una pauta. Luego todo se fue ha-

ciendo más complicado, pero de alguna manera yo seguí

pensando que en la vida debe haber siempre una secuen-

cia que responde a alguna clase de lógica, aunque no

siempre sea fácil descifrar el código de señales.

Nada sucede así porque así. No me refiero a los gran-

des enigmas de la naturaleza que nadie ha conseguido des-

entrañar hasta el día de hoy, sino a los asuntos de andar

por casa, como enamorarse, tener miedo a la oscuridad o

escribir una novela. Esas cosas responden a algo, tienen un

porqué. Lo mismo puede decirse de otros hechos aparen-

temente inexplicables. Nadie puede desaparecer de la faz

de la tierra en pleno día sin dejar rastro, por ejemplo.

Ese era el misterio que yo tenía en la cabeza. Un mis-

terio con nombre y apellidos. Se llamaba Emily J. Parker.

Una escritora inglesa de posguerra, desconocida para el

gran público pero considerada como una de las novelis-

tas más enigmáticas y prometedoras de su época, que se

perdió en la primavera de 1955 en pleno centro de Lon-

dres, en la esquina de Charing Cross con Trafalgar Squa-

re, sin que nadie volviera a saber nada de ella. Eso no po-

día ser ley de vida. Tenía que tratarse de otra cosa más

complicada si cabe.

Una mujer no se evapora así como así, en medio de

una fiesta nacional, sin que nadie a su alrededor se dé

cuenta. Ni sus parientes, ni su marido, ni su mejor amiga,

ni una ancianita de abrigo negro que pasaba por allí, ni

la chica de uniforme blanco que vendía caramelos en la

puerta de St. Martin-in-the-Fields, ni un soldado con las

manos embadurnadas que intentaba poner en marcha

una vieja moto Triumph, ni el panadero asomado a la

puerta de su establecimiento, ni la adolescente rubia que

agitaba alegremente una bengala en las escalinatas de la

National Gallery. Ni siquiera los bobbies con silbato y cape-

lina que patrullaban las calles por parejas. Era imposible.

Nadie podía hacer mutis por el foro a las doce y media de

la mañana en un día tan señalado.

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