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Lunes, 16 de Septiembre de 2019

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Cuando en Cartagena se hablaba catalán

Es el titulo de la firma de nuestro columnista de los lunes, el historiador José Ibarra quien recuerda que en Cartagena se habló catalán durante trescientos años

Lo descubrió hace unos años el historiador cartagenero Alfonso Grandal. Fue él quien puso de manifiesto un hecho lingüístico sorprendente: y no fue otro que en Cartagena se habló catalán durante 300 años, desde el año 1300 hasta 1600.

Y así, el cartagenero no come guisantes ni judías verdes ni alcaparras: come pésoles, bajocas y tápenas, que proceden del valenciano o del catalán. El viento del suroeste es el lebeche, y si es del sudeste es el jaloque, y el trueno es un llampo, y las palabras catalanas originales de las que derivan son llebeig, xaloc y llamp.

Aquí puedes leer el articulo completo de José Ibarra

Lo descubrió hace unos años el historiador cartagenero Alfonso Grandal. Fue él quien puso de manifiesto un hecho lingüístico sorprendente: y no fue otro que en Cartagena se habló catalán durante 300 años, desde el año 1300 hasta 1600. Viene a cuento recordarlo ahora que tan enconadas están las relaciones con nuestros compatriotas catalanes y, lo digo con dolor, ahora que encuentro mucho odio a Cataluña y lo catalán en muchas conversaciones que oigo en Cartagena.

Ese cartagenero que despotrica contra los catalanes en general, debe saber que aunque la reconquista de nuestras tierras se la apuntó el rey castellano Alfonso X el Sabio allá a finales del siglo XIII, en realidad toda la región se repobló con gentes procedentes de la corona de Aragón, es decir: catalanes, aragoneses, mallorquines y valencianos que nos dejaron aquí su lengua y con ella palabras hermosas que los cartageneros heredamos todavía cuatrocientos años después sin saber que, en realidad, son palabras catalanas.

Y así, el cartagenero no come guisantes ni judías verdes ni alcaparras: come pésoles, bajocas y tápenas, que proceden del valenciano o del catalán. El viento del suroeste es el lebeche, y si es del sudeste es el jaloque, y el trueno es un llampo, y las palabras catalanas originales de las que derivan son llebeig, xaloc y llamp.

Ese cartagenero seguro que se ha bañado alguna vez en Cala Reona y en Calblanque, ha visto la isla Grosa o la Perdiguera y se ha sentado a la sombra de un garrofero y si no fuera por el catalán en realidad todo eso habría sido Cala Redonda, Cala Blanca, Isla Gorda, Isla Perdicera y algarrobo. Los montes cartageneros no tienen niebla; tienen una boria que es más catalana que toda la familia Pujol junta, aunque si la nube es de polvo o tierra entonces será una polsaguera. En algunas familias de Cartagena la abuela es la yaya y qué decir de los tiernos diminutivos catalanizantes acabados en -eta tan cartageneros como serreta, replaceta, pareta…

El cartagenero no se sienta en un sofá: se esclafa en él, como en Tarragona. Y en Cartagena se veneró a la Virgen del Rosell y por aquí cerca andan lugares como El Carmolí, los Esculls, el Farallón, las salinas del Rasall y Calnegre, todos ellos lugares llenos de hermosas eles catalanas. Y el barro cartagenero es el fangue catalán, y si en Cartagena uno se pone a arreglar una cosa que no conoce bien es un manifasero, quien si se lisia, no le saldrá una ampolla, sino una bambolla o una bufeta, y todos sabemos que si decimos leja fuera de Cartagena para referirnos a una estantería, no nos entienden, porque no saben en Castilla que eso procede de la lleixa catalana, y así sale por todos sitios el antiguo idioma catalán en el habla actual de nuestra comarca cartagenera. Por no mencionar los numerosos apellidos catalanes que pueblan la nomenclatura cartagenera: los Ros, Puche, Sabater, Ferrer, Conesa, Ballester, Ardil…

José Ibarra: No valdrá de nada esta curiosidad histórica y lingüística, pero si conseguimos con ello bajar algo la tensión de estos días, habrá merecido la pena. Y no porque nadie quiera que nuestra tierra cartagenera forme parte de esos presuntos paísos catalans, a los que evidentemente no pertenecemos, sino porque siempre conviene recordar nuestros orígenes, siquiera sea por acercarnos y dejar de odiarnos los unos a los otros, ¿no lo creen ustedes?


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