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Juan Luis Arsuaga: "Como especie somos eternos, depende de nosotros"

Entrevistamos al paleontólogo y codirector de Atapuerca, Premio Príncipe de Asturias.

Juan Luis Arsuaga /

Juan Luis Arsuaga (Madrid, 1954. Codirector de las Excavaciones en la Sierra de Atapuerca) no quita ojo de la cabeza de un efebo, figura en bronce de la segunda mitad del siglo I que se encuentra en una de las salas del Museo Arqueológico de Córdoba. “Pareciera que la hubieran hecho ayer”, dice. Y en cierta medida "ayer" puede significar eso, especialmente para alguien que trabaja con restos de hace 450.000 años. Que 2.000 años no son nada, o poco, al menos para la evolución del ser humano.

Arsuaga viste chaqueta blanca con listas marino y pañuelo azulón para proteger una garganta por la que hace cinco días que no pasa una pizca de nicotina. Como buen reciente exfumador es algo que tiene presente y verbaliza. “El museo es una maravilla”, añade. Hasta el punto de que trabaja directamente con su directora, María Dolores Baena, en futuros proyectos de colaboración entre el espacio cordobés y el Museo de la Evolución Humana. Pero eso es otra historia.

Estamos en un museo pero también en un sitio arqueológico. Los restos que vemos aquí son recientes comparados a los de Atapuerca. ¿Qué siente?

A mí me gustan todas las épocas de la Historia, ésta es una Historia que no es la Prehistoria muy antigua en la que suelo trabajar, pero es Historia. Yo lo veo como “historias”, ésa es la diferencia entre la Prehistoria y la Historia a partir de la escritura, que ya aparecen individuos. En la Historia ves una lápida, conoces sus nombres y ves la vida.

Viene de participar como jurado en el certamen de relatos del Museo Arqueológico. ¿Imagina también en Atapuerca el relato de esos individuos?

Sí claro, eso es lo que hacemos. La Paleontología aspira a construir la máquina del tiempo, a viajar al pasado, pero lo que más trabajo es la imaginación. Nosotros también nos creamos películas, grandes películas, porque había leones y mamuts y las historias son fantásticas y rugían los osos de las cavernas. Son historias un poco de Jack London, y otras, más recientes, son más de novela histórica.

¿En aquel tiempo habría literatura o narración oral?

Hay una época, la de los cromañones en el Paleolítico Superior, que yo la describo como la Edad de Oro de la especie humana. Es cuando el ser humano, como especie, ha vivido en su plenitud. Es cuando hemos estado mejor biológicamente. Con la llegada de la ganadería y la agricultura se observa en los esqueletos una peor calidad de vida. La época de Altamira es la edad de oro, incluso de belleza, de guapura; eran altos, lo sabemos porque tenemos sus restos óseos, eran atletas porque hacían deporte, eran coquetos ya que se adornaban muchísimo, y eran muy creativos. Lo vemos en el arte pictórico o el arte del grabado, o arte mueble y hay que imaginar una fantástica literatura oral sin duda. Eran observadores, muy atentos de la naturaleza. Esos sí que vivían en un realismo mágico permanente, en una completa fusión entre su realidad y un realidad mágica donde se mezclaba lo soñado con lo vivido, los animales con las personas, los muertos con los vivientes. Era un estado de ánimo y en contacto con la naturaleza, a la que respetaban pero ya no temían, a diferencia de épocas anteriores, con mucho tiempo para hablar y contarse historias. Biológicamente fue nuestra época más feliz. La Prehistoria es la época en la que fuimos príncipes. Es un tiempo perdido que se puede añorar.

¿Cuáles son sus vínculos emocionales con Córdoba?

Mi primera relación con muchas ciudades de Andalucia ha sido a través de los libros, a Granada la conocí antes por Washington Irving antes que en persona. De Córdoba había leído muchos libros, uno que quizá no sea muy conocido que se llama “De los jueces de Córdoba”, de Aljoxani; un sirio que viene por Cordoba en época islámica y habla de los jueces que imparten justicia en la Mezquita. A Córdoba llegué después de haber leído mucho sobre Córdoba. Es una forma curiosa de llegar a los sitios, habiéndola idealizado, imaginado o soñado antes a través de los libros y no me decepcionó cuando la conocí.

Maria Dolores Baena y Juan Luis Arsuaga / CADENA SER

En Atapuerca encontraron una moneda califal

Es cierto, de oro además. Hemos encontrado de todo. Un brazalete de oro de la Edad de Bronce, una ofrenda dejada en la cueva en algún tipo de rito. Y lo que sorprende del oro es que no cambia con el paso del tiempo. El oro es inmortal, el tiempo no lo daña. Recuerdo cuando apareció esta pulsera, que estaba en una repisa de la cueva y perfecta. Me produjo esa sensación de eternidad, el metal de los dioses.

¿Qué buscan cuando excavan?

Es una buena pregunta pero quizá no haya necesidad de contestarla. Si uno tiene una vocación no hay alternativa, es una pulsión que te mueve a hacer eso. Pero buscamos iluminar una oscuridad inmensa con una pequeña lucerna, internarnos en una oscuridad infinita, en esas tinieblas que es el pasado y poder iluminar un poco.

Juan Luis Arsuaga, Juanjo Fernández Palomo y Maria Dolores Baena han formado parte del jurado del Certamen de Relatos del Museo Arqueológico junto a las periodistas Rosa Luque y Elena Lázaro / CADENA SER

Le he escuchado decir que somos producto de nuestra historia, que sabemos quiénes somos en la medida que conocemos nuestra historia, por eso la importancia de la memoria. ¿Sería una tragedia que los restos humanos que todavía siguen en España, de los represaliados, tardaran mucho en salir y se convirtieran en arqueología para que alguien dentro de cientos de años los encontrara?

Sí, se deben recuperar, lógicamente, porque donde están no están en su sitio. Debe darse un tratamiento digno, el que se merecen las personas.

Usted que conoce el pasado y la evolución seguro que tiene muchas más claves para saber cómo será el futuro.

Suelo decir que tengo una magnífica noticia que dar: el futuro no está escrito. Depende de nosotros. Hemos llegado a la edad adulta como especie y es el momento de que seamos responsables. La propia pregunta indica una actitud en cierto modo infantil, es como si el futuro estuviera escrito en algún sitio y nos lo impusieran. Cuando uno pregunta cómo voy a ser es porque no se siente responsable o protagonista de sus actos. El futuro debería ser lo que nosotros queramos que sea. No sería deseable que lo escribieran en algún sitio, sin contar con nosotros y que algunos poderes diseñaran el futuro y nos lo impusieran. Eso vale para cualquier cosa de la vida, la economía, el planeta, el medio ambiente, la biología humana, porque tenemos la capacidad de modificar nuestro propio genoma... El futuro debería ser lo que nosotros decidamos.

Hay una creencia generalizada en que los últimos 40 años hemos evolucionado mucho.

Tecnológicamente. El ser humano no cambia nada. Vivimos en un mundo globalizado, donde las familias no viven juntas, pero yo me comunico con Skype con mis hijos. La tecnología, por una parte de aleja, pero es una herramienta, que si se pone al servicio de la humanidad es un buen instrumento. Uno puede estar más conectado con alguien viviendo en otro continente que si vive en la misma ciudad. La misma tecnología que dispersa a las familias también las reúne. Con un móvil, simplemente. La tecnología no tiene la culpa.

Ocurre que la especie no evoluciona.

La evolución se produce a una escala mayor. La tecnología la fabrican los humanos para sus fines. Las máquinas hacen algo por nosotros, no deciden lo que quieren ser. Básicamente queremos que nos liberen de los trabajos más pesados y penosos y que nos entretengan. Antes tenían animales domésticos o esclavos para esos trabajos, se desplazaban a caballo y también tenían sus entretenimientos que eran el teatro o el circo. No hemos cambiado tanto, no hay mucha diferencia entre nuestro estadio de futbol y su circo. Ahora hay medios de comunicación que envían el espectáculo más lejos. No hemos cambiado y se aplica a lo bueno y a lo malo, hubo guerras en el pasado y el tema es ahora que no tengan lugar.

Cuando usted dice que somos una especie joven respiramos aliviados porque parece que al menos esto no se va a acabar pronto.

Ah no, pero depende de nosotros. No tenemos un destino escrito, ahora ya no. Estamos por encima de las leyes de la evolución.

Pero las especies tienen un límite de vida, una media de vida.

Hasta ahora sí, pero ahora estamos nosotros. Como especies somos eternos, por eterno me refiero a todo lo que dure la Tierra. Es una forma de inmortalidad en la que no se suele pensar. Los individuos no, tenemos fecha de caducidad, pero la especie no tiene porqué desaparecer, podría seguir cientos de miles de años.

Como especie somos eternos, pero el medio en el que estamos no tiene porqué.

Depende de nosotros. El futuro lo escribimos nosotros y sobre todo ahora que sabemos cómo funciona la evolución y la tecnología. Podemos decidir lo que queremos que ocurra en términos generales.

¿Hay rastro de Dios en Atapuerca?

Dios existe para los que creen en él. Luego hay otras definiciones de dios que son generalizables. Algunos científicos dicen que a las leyes de la naturaleza, las que explican el funcionamiento del mundo, se les puede llamar Dios. El gran descubrimiento de la evolución es el descubrimiento de la muerte, es el regalo envenenado de la consciencia. Somos la única especie que planifica el futuro y al poco de tomar consciencia, casi lo primero que descubrimos es que nos vamos a morir. Y eso es un regalo envenenado porque te sitúa ante un horizonte de acabamiento y desde ese momento ha angustiado a los seres humanos. Los seres humanos no podemos asumir nuestra caducidad, sobre todo cuando uno está sano y joven. Es probable que una persona mayor lo vea como un tránsito natural. Cuando se descubre que hay un final, eso da origen a la búsqueda de explicaciones, como podríamos definir el fenómeno religioso. En Atapuerca hay una acumulación de cadáveres, es un comportamiento no utilitario sino simbólico, que quizá puede tener relación con la piedad o la compasión. Lo que nos preguntamos es ¿estos humanos que acumularon los cadáveres de sus amigos y familiares ya habían hecho el descubrimiento con mayúsculas? Somos la única especie que sabe que se van a morir inevitablemente y que tenemos un problema existencial y  la búsqueda de un sentido a nuestra existencia. ¿Cuándo ocurrió eso? Ése es el debate, que es lo mismo que preguntarse ¿Cuando apareció la consciencia? Algunos dicen que con el Homo Sapiens, con el arte, y otros dicen que los neandertales también tenían eso.

Para alguien que trabaja con una perspectiva del tiempo tan amplia, de medio millón de años, cuando observa la peleas las luchas por las fronteras, por las banderas, ¿cómo lo vive?

Es que nosotros estamos muy bien como especie según con qué se compare. Si nos comparamos con los ángeles somos muy imperfectos, pero con los chimpancés somos un prodigio. En nuestra especie se da un grado de tolerancia entre individuos que no existe en ninguna especie social conocida. Uno se relaciona con personas que no conoce y hay un trato razonable y tolerante. Somos muy tolerantes. Somos la única especie que es capaz de tener un grado de sociabilidad enorme, pero tenemos un comportamiento tribal muy acusado. Ésa es nuestra gran debilidad, es un componente muy importante en nuestra naturaleza, y probablemente con una red biológica. Es esta capacidad de formar tribus, de asociarnos, la que nos ha permitido sobrevivir y llegar hasta aquí. Forma parte de nuestra naturaleza, sentimos la necesidad de pertenecer a algo. Muy poca gente es capaz de vivir felizmente en soledad, el grupo nos da seguridad. Tenemos tendencia al tribalismo, ahora nuestras tribus son muy grandes, pueden ser de millones de personas. Y entre tribus se da la intolerancia. Somos una especie paradójica, somos muy solidarios dentro de la tribu y muy intolerantes con respecto a las otras tribus. Esa es la explicación a nuestra Historia: cohesión y solidaridad dentro de la tribu y una gran exclusión e intolerancia con las de otras tribus. Hay un fuerte instinto tribal.

Pero usted es optimista.

Era pesimista, pero me ha reciclado. Especialmente en relación a los recursos naturales, porque vamos hacia el abismo y no se ve cómo se va a parar esta aceleración. Cuando yo estudiaba la carrera se nos decía que el mar iba a ser la despensa de la humanidad, que había recursos ilimitados, hace cuarenta años se decía esto. Que viviríamos sobradamente de los recursos marinos y ahora no quedan ni sardinas. Hay más botellas que peces en el mar, dicen algunos. Lo que antes era una despensa ilimitada, de pronto se considera que están los recursos esquilmados. Leí que en 25 años nadie comerá un pez salvaje, sólo los que se cultiven y se acabará la pesca. En ese sentido lo estamos haciendo muy mal. Y yo tendía al pesimismo porque como dicen en Blade Runner, “yo he visto cosas que vosotros humanos no creeríais”, he visto playas salvajes que ahora están macizas de cemento, he visto en España cosas que mis nietos no creerán. He visto tanta destrucción como para sentirse pesimista. Pero leí un libro de Karl Popper, filósofo de Viena que tuvo que salir por la persecución nazi. Se fue a Londres y allí lo bombardearon los nazis, tenía motivos para el pesimismo. Él decía que tenemos la obligación de ser optimistas, obligación moral. El pesimista no hace nada, es una excusa para no hacer nada, como no tiene arreglo no hago nada, es una especie de nihilismo. Popper terminaba diciendo: no podemos decir a nuestros hijos que han nacido en un mundo horrible y que tienen una vida que no merece la pena ser vivida cuando hay tanta gente que merece ser ayudada y puede ser ayudada. El optimismo es una obligación moral, ya veremos luego si podemos evitar la catástrofe hay que pensar que se puede cambiar. Me apunto a ese servicio comunitario del optimismo, debería haber un servicio como el servicio militar: Servicio de Optimismo, porque el pesimismo es una actitud muy cómoda.

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