Miércoles, 12 de Agosto de 2020

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Mario Ocaña

‘El barrio del olvido’

Me deprime que lo llamen ahora “ la zona baja”. A lo peor es porque entre todos la hemos dejado de caer hasta lo más profundo y hemos olvidado que en otro tiempo era la única ciudad que teníamos para nacer, vivir, amarnos y morir.

Firma Mario Ocaña, "El barrio del olvido"

No me gusta como suena. Digamos que me deprime que lo llamen ahora “la zona baja”. A lo peor es porque entre todos la hemos dejado de caer hasta lo más profundo y hemos olvidado que en otro tiempo era la única ciudad que teníamos para nacer, vivir, amarnos y morir.

El abandono, la dejadez y la desidia producen esos efectos. La corrupción y la especulación urbanística también.

Ahora se quejan los comerciantes, los vecinos y los gatos de la calle. Pero mi barrio - yo viví toda mi infancia allí – es todavía algo más que solares abandonados, casas en ruina, esquinas decoradas con grafitis de poco gusto y menos estilo, recovecos que huelen a orines viejos, fachadas centenarias donde crece el musgo y calles recorridas por tacones gastados cuando el sol se pone.

El barrio de la Caridad de Algeciras no ha recibido nunca el tratamiento que se merece como centro histórico y originario de la ciudad. No ha tenido la suerte de otros barrios históricos de otras ciudades en los que las autoridades conservaron la armonía de la arquitectura de los siglos anteriores, las casas burguesas y los patios de vecinos, las rejerías de forja o el río que bajaba desde las montañas hasta morir en la mar. Todo ha pasado a mejor vida como si el cólera morbo hubiese arrasado de nuevo la ciudad.

Quizás deberíamos recordar que allí, en el barrio de La Caridad, se levantaron las primeras chozas que cobijaron a los exiliados gibraltareños a principios del XVIII, los fundadores de Algeciras; que la plaza de la Palma fue mercado de esclavos y que en ella se vendieron botines de barcos apresados por corsarios algecireños, patriotas hasta dejarse la vida en la mar cercana contra los enemigos de España ilustrada. Los mismos que financiaron la capilla del Cristo de la Alameda, que antiguamente decoraba sus muros con exvotos marineros de naufragios, salvamentos y milagros; que en ese barrio existieron farmacias tan viejas que vendían tríacas, piedras bezoares y carne de momia para curar a los enfermos; que las casas viejas, las de tejados a dos aguas asomaban a huertas donde crecían los naranjos, los merlos y las parras, y guardaban en su interior patios recoletos donde, en las sombras, crecían los mirtos, la hierbabuena y las aspidistras.

Pero resulta difícil conservar la memoria de una ciudad cuando su rostro se ha borrado a golpes de piqueta y se ha llevado por delante los recuerdos de generaciones enteras.

Ahora tenemos que asistir a cursos o navegar por la red a la búsqueda de las fachadas de la Cervecería Universal, de la zapatería de Maruenda, decorada por un zapato enorme que, según mi abuelo, perdió un gigante que cansado de andar se refrescó los pies en el río de la Miel y se dejó olvidado el zapato. Ahora hemos perdido una ciudad de recuerdos y de fantasmas sobre la que resulta muy difícil soñar e inventar historias y con ella se han ido un cúmulo de personajes entrañables, populares, inmortales y cada vez más olvidados con los que uno solo puede tropezarse los días umbríos, las mañanas de niebla, esas en las que el taró se mete por las callejuelas de la antigua pescadería, se arrastra sobre las paredes desconchadas y se para delante de donde estuvo el Patio del Cristo. Solo esas mañanas tristes, cuando se escuchan los cantos de las sirenas de los barcos y la ciudad se llena de olor a salitre y olvido, vuelven los viejos fantasmas a disfrutar del barrio de La Caridad como fue antes.

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