Viernes, 14 de Agosto de 2020

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Los bandoleros de Cuenca en el siglo XVII

También la provincia de Cuenca sufrió las fechorías de los bandoleros en tiempos pasados como atestiguan los documentos sobre la detención de un grupo de bandidos en Villanueva de la Jara en 1614

Los bandoleros acostumbraban a asaltar a sus víctimas en campo abierto.

Los bandoleros acostumbraban a asaltar a sus víctimas en campo abierto. / Ruta del Tempranillo

En el espacio ‘Así dicen los documentos’ de la directora del Archivo Histórico Provincial, Almudena Serrano, del programa Hoy por Hoy Cuenca, hablamos esta semana de bandoleros y su presencia en los pueblos de la provincia.

'Así dicen los documentos' en Hoy por Hoy Cuenca. / Paco Auñón

El bandolerismo está asociado, inevitablemente, a dos palabras: bandolero y bandido. Un bandido es un fugitivo de la justicia llamado por bando, según el Diccionario de la Real Academia. Otras definiciones incluyen a los bandidos como delincuentes fugitivos de la justicia, mientras que el bandolero es un malhechor que se dedica, fundamentalmente, a robar en despoblados y nunca solo, sino constituido en una banda.

¿Qué podemos saber de los bandoleros en la Historia? Empezaremos por conocer desde cuándo aparece la palabra bandolero. En Cataluña, según Corominas, aparece documentada en el año 1455, con el significado de salteador y como consecuencia del gran desarrollo de las banderías y luchas civiles en la Cataluña de los siglos XV al XVII’. Para este mismo autor, la palabra bandido procede del italiano bandito que significa proscrito, forajido, y que se documenta desde el año 1516.

Bandolero representado en una litografía de 1836. / Wikipedia

Según Tomás y Valiente, en la Historia de España hubo dos momentos importantes para el delito del bandolerismo, que fueron desde el fin del reinado de Carlos I hasta el año 1640, con desmanes muy acusados en Cataluña, y otro periodo intenso en el siglo XIX, con la etapa del célebre bandolerismo andaluz, que parece que surgió en pleno reinado de Carlos III, y que se agravó a partir de 1780, al extenderse al centro de España, a Castilla.

Desde el siglo XIX, numerosas leyes prohibieron las banderías, además, también se penaba a quien diera cobijo a los que robaban, mataban y raptaban mujeres. El 15 de junio de 1643 el rey Felipe IV emitió una pragmática contra los bandoleros que decía: ‘Aviendo sido informado de las inquietudes y escándalos que causan en algunos lugares de estos reynos y señoríos diferentes tropas de gente perdida que roban y saltean, executan venganças, odios y enemistades particulares en los caminos, y se hacen sufrir en los pueblos de poca vecindad, y aun les obligan a que les contribuyan y socorran, cometiendo graves delitos y ofensas a Dios Nuestro Señor con que perturban la quietud y reposo de nuestros vasallos y impiden el comercio público. Y que cada día se va aumentando el número de dichos salteadores, sin que ayan sido bastantes a remediar y castigar semejantes exçessos las diligençias que han hecho las nuestras justiçias…’.

En esta pragmática se dispuso que los bandoleros se entregasen a la justicia ordinaria y que no haciéndolo cualquier persona que los encontrase podía libremente ofenderlos, matarlos y prenderlos’, sin sufrir pena por ello.

Y si los capturaban vivos, el rey mandó que fueran ‘arrastrados, ahorcados y hechos quartos’, es decir, descuartizados.

Además de esto, se condenaba a muerte a quienes les encubrieran o dieran ayuda. Los corregidores los podían capturar en terreno que no fuera de su jurisdicción. Finalmente, se perdonaría a los bandoleros que entregasen a otros y a cualquiera que los pusiera a disposición de la justicia.

Algunas noticias que se publicaron en los Avisos de Barrionuevo, que comprenden sucesos ocurridos en los años finales del reinado de Felipe IV, el rey Planeta, son muy interesantes porque son como la prensa de la época.

Algunos ejemplos que se citan son uno del año 1655, en que ‘En Castilla La Vieja andan bandadas de ladrones’, y otros que asaltaron el correo del rey, cerca de Torija.

El 22 de noviembre de 1655 Barrionuevo escribe: Todos los caminos están llenos de ladrones en Andalucía y desde Tembleque, Camuñas y Ocaña corriéndolo todo. Si esto sucede a 12 ó 14 leguas de Madrid ¿qué será en lo más apartado?’.

Desde 1780, el bandolerismo en Andalucía y Extremadura constituyó un grave problema que preocupó seriamente al rey Carlos III, que procuró combatirlo con toda la firmeza. Sin embargo, ya sabemos que no se pudo dar fin a aquellas tropelías porque a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX fueron varias las bandas célebres que anduvieron con aquellos desafueros y abusos.

Así, dijo Carlos III: ‘A pesar de las activas y paternales providencias que he tomado para preservar a mis amados e inocentes vasallos de los insultos que experimentan en los caminos y aun en los pueblos, no se ha logrado todo el fruto que debía esperarse…’.

Y el rey ordenó penas de muerte contra los bandoleros en los pueblos donde hubieran delinquido:‘Para que acosados por todas partes los malhechores se vean precisados a dexar sus vicios y buscar otro modo honesto de vivir’.

Así, el bandolerismo enlazó con la Guerra de Independencia y de ahí alcanzó a los años del Romanticismo.

Carlos IV, en 28 de abril de 1802, tomó nuevas medidas: ‘Con el fin de contener y castigar los escandalosos delitos que están cometiendo por todas partes la multitud de malhechores que las infestan con sus latrocinios y atrocidades’.

Los bandoleros en Cuenca

Los hechos que vamos a relatar sucedieron durante el reinado de Felipe III, en el año 1614, año en el que el Corregidor de Cuenca inició un proceso contra dos personas: Andrés de Alarcón, alcalde ordinario de Villanueva de la Jara, y Alonso de la Casa, escribano de este lugar, según dijo el corregidor por no haber castigado a los bandoleros Domingo Manzano, Bartolomé de Rodrina, Gil Navarro y otros.

Todo empezó en Campillo de Altobuey, el 16 de junio de 1614, cuando Jerónimo de Aguayo y Manrique, que era el Corregidor y Justicia mayor de Cuenca y Huete, y juez de comisión para averiguar y castigar los delitos cometidos por esos bandoleros, y ‘sus cómplices, allegados y faboreçedores de sus cosas y contra las justicias que losan disimulado y dexado de castigar sus exçesos y delitos’, estaba acusando al alcalde ordinario de Villanueva de la Jara y al escribano.

Y así se enteró de esa complicidad con los bandoleros:

‘Aviendo su merçed llegado a la villa de Fuentes, se le dio notiçia que en la villa de Villanueva de la Xara estaban presos los dichos Gil Navarro, Estevan Pérez, i un soldado que se prendió con ellos, con lo qual, su merçed proveyó cierto auto para que Pedro Rodríguez Catalán, alguacil mayor de Cuenca, fuese a la dicha villa de Villanueva de la Xara con mandamiento de su merçed, y traslado de su comisión para que la justicia de la dicha villa remitiese a su merçed los dichos presos, con los proçessos contra ellos causados, como a juez competente de las dichas causas’.

Y aviendo ido a la dicha villa de Villanueva el dicho Pedro Rodríguez Catalán, alguacil mayor suso dicho, dio avisso a su merçed de que la justicia de la dicha de Villanueva de la Xara no quería cumplir los mandamientos ni aun hallava escribano que los quisiese notificar, y que la dicha justicia iva proçediendo contra los dichos Gil Nabarro i consorte con mucha açeleraçión’.

Es decir, que la justicia lo quería resolver todo deprisa y corriendo… Y sigue:

‘Lo qual, por su merçed visto fue nesçesario yr por su persona a la dicha villa de Villanueva de la Xara, donde aviendo su merçed con mucha cortesía hablado con Andrés de Alarcón, alcalde ordinario de ella, y hécholes notoria su comunicación y pedídoles le remitiesen y entregasen los dichos presos, no lo quisieron haçer, ni hiçieron’.

Y ahí empezaron los alborotos, como dice el documento:

‘Y sin enbargo de todo lo ello y de no entregarle los dichos presos, andubieron los dichos alcaldes y el alguacil mayor de la dicha villa, y muchos regidores de ella, con muy poco respeto, diciendo algunas palabras agenas de raçón, procurando irritar a su merçed y sus ministros, a que se encoleriçasen y subçediesen algunas quistiones.

Y su merçed, siempre con mucha tenplança, procuró escusarlas, y el dicho Andrés de Alarcón anduvo descortés con su merçed, diçiéndole que él también era hijodalgo y caballero, como el dicho señor corregidor, a que su merçed le satisfiço con deçirle que no se venía a tratar de linages sino a administrar justicia, sobre lo qual ubo en la dicha villa mucho alboroto y escándalo, que de no portarse su merçed como se portó en ella estuvo muy zerca de subçeder mui grande desgracia y pesadumbre, causada por los susodichos.

Y lo que peor es, que hiçieron tañer la canpana, llamando a conçejo como en forma de asonada, y pusieron mucha gente de guarda con escopetas en la cárçel y a la puerta y redonda de ella, para que merçed que si era intentar a sacar los dichos presos o al dicho alcalde y Alonso de la Casa, escribano, a quien puso en ella por no aver cumplido cierto auto y dado çierta respuesta descortés, y que se lo defendieran y no dexaran sacar los dichos presos’.

Y aquellos altercados acabaron teniendo que marcharse al día siguiente el Corregidor de Villanueva de la Jara.

‘Que todo, visto por su merçed, le obligó para que lo susodicho zesase a recogerse como se recogió a su posada y madrugar de mañana noche avajo y venirse a esta villa, como lo hiço, y porque semejantes atrevimientos y delitos no queden sin el castigo, mandaba y mandó que se haga la cabeça de proçesso contra todos los susodichos’.

Pero todo aquello no sirvió de nada porque Andrés de Alarcón, el 29 de junio, declaró todo lo contrario:

‘Digo que los días pasados yo prendí en ella, con mucho riesgo, a Gil Navarro y otros consortes por tener noticia pasavan por ella, y por particular comisión que pretendía tener Pedro López de Frías, alcalde del Canpillo, me pidió los dichos presos por la misma razón me los pidió vuestra merçed, y porque ser las dichas comisiones no eran privativas para conocer de los dichos delitos y ser entre sí contrarias y pretender yo que se me avían de cometer los dichos negocios, no los remití’.

Es decir, que Andrés de Alarcón interpretó que el Corregidor de Cuenca no era competente en juzgar a los bandoleros y por eso no hizo caso de sus requerimientos.

Y sigue diciendo en su defensa:

‘Sobre que se hiçieron algunos autos que se an llevado al Consejo Real, y aviendo yo ydo a la corte por evitar escándalo y estando ahora por auto de vista cometida la dicha causa a vuestra merçed, y a mi mandado me entregue los dichos presos y proçesos, aviéndolo hecho sin perjuicio de la suplicación que tengo interpuesta en el real consejo, donde está pendiente la causa, vuestra merçed a mandado prenderme y ponerme en la sala del ayuntamiento con un alguacil de guarda, y se me a notificado me apreste para llevarme preso a la ciudad de Cuenca’.

En este punto de la declaración, Andrés de Alarcón expresa su sorpresa y se hace merecedor de agasajos que sólo le llegaron en forma de prisión:

‘En todo lo qual, hablando como devo, vuestra merçed se exçede de su comisión y contra mí no ay causa para la dicha prisión, antes por averlas yo hecho de los dichos bandoleros merezco premio principalmente, que no se me puede ynputar omisión ni delito’. Él se creía merecedor de premio y acabó en la cárcel.

Pero nos falta el otro encarcelado, el escribano, Alonso de la Calle, que también declaró en el proceso, dijo a su favor:

‘Ante vuestra merçed parezco y digo que yo estoy preso por mandado de vuestra merçed en la cárçel pública desta villa dos días a sin saber la causa ni razón dello porque luego que vuestra merçed me mandó, en virtud de la comisión últimamente dada a vuestra merçed de los señores del Consejo para que Andrés de Alarcón, alcalde hordinario desta villa se iniviese del conocimiento de la causa en que como juez hordinario iba proçediendo contra Gil Navarro y Estevan Pérez, bandoleros, entregase el proceso original de la dicha causa , lo entregué sin aver sido en ello remiso, como a vuestra merçed le es notorio. Y porque pido y suplico a vuestra merçed me mande soltar dela dicha prisión libremente, mandando en caso que aya parte que contra mí pida me pida luego o si es de oficio se me haga cargo de la culpa por qué estoy preso. Y en todo pido justicia’-

El proceso acabó con una buena reprimenda que envió el rey Felipe III, el 5 de julio de 1614, instando al Corregidor de Cuenca a que soltase de la cárcel a Andrés de Alarcón, alcalde ordinario, y a Alonso de la Casa, escribano, habiendo surtido efecto la visita que hizo el alcalde ordinario a la Corte. Y así dijo el rey:

‘Sepades que Manuel Martínez, en nombre de Andrés de Alarcón, alcalde ordinario del estado de los hijosdalgo de la villa de Villanueva de la Jara, y Alonso de la Cassa, escribano del número de ella, nos yzo relación prozediádes contra sus partes y los teníades presos yndevidamente por la conpetençia que con sus partes avíades tenido ante nos, sobre la remisión de dos bandoleros que, con mucho peligro y rriesgo de su vida, su parte había prendido, y aunque en cumplimiento de los autos de los del nuestro Consejo os los había entregado y papeles echos en la dicha razón, como constava por el testimonio de que yço presentación y donde su parte merezía premio, prozedíades contra él y le havíades presso y llevado a la cárzel desa dicha ciudad, con mucha vejación y molestia, que sus partes no habían cometido delicto por que se pudiere proceder contra ellos, antes por aver echo la dicha prisión mereçía muy gran premio. Y nos suplicó mandásemos soltar a sus partes de la dicha prisión y no proçediésedes contra ellos sin darnos quenta de sus culpas.

El rey sometió el asunto al Consejo Real y de común acuerdo se acordó lo siguiente: ‘Os mando que siendo con ella requerido, teniendo presos a los dichos Andrés de Alarcón como alcalde ordinario de la dicha villa de Villanueva de la Jara y Alonso de la Casa, escribano del número della, por la causa y razón que de suso va fecha mención, los soltéis y agáis soltar de la cárzel y prisión en que los tuviéredes, y si por otra alguna los tuviéredes presos, dentro de seis días primeros siguientes de la dicha notificación’.

El Corregidor, evidentemente, se vio desautorizado por el rey y esto, ante un pueblo entero y lo que se conocería en todos los lugares cercanos y no tanto, fue lo peor que podía suceder a la hora de seguir impartiendo justicia.

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