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Jueves, 17 de Octubre de 2019

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Los Alcázares: zona "menos uno"

Un paseo triste por el centro de la localidad murciana tras el devastador paso de la gota fría

Un paseo triste por el centro de Los Alcázares, el lugar que muchos recordamos como el de los veranos de polo de limón y bicicleta. Hablando con un vecino que ya sufrió las riadas del 2016 me dice: "esto ya no se puede llamar la zona cero" y añade "esto está peor... ¡es la zona menos uno!".

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Aunque la expresión "Zona cero" significa tradicionalmente "zona de mayor alcance o máxima devastación en tragedias", entiendo la lógica de este hombre, que se llama Miguel Ángel y que lo ha perdido todo por segunda vez en tres años: son matemática puras.  Para él, "menos uno" es "menos que cero". Y así están.

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Las calles están cubiertas de una fina capa de barro marrón, líquido y denso. Huele a tierra, a ocres, a basura. Si cierras los ojos, todo se mueve a tu alrededor: camiones, excavadores, gente, escobas, pero -sobre todo- el agua, que no para de fluir por todos los rincones en dirección hacia el Mar menor.

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En la puerta de una vivienda, un hombre se sienta y mira el movil. Está agotado. LLeva dos días limpiando. A la altura de su cabeza -sentado en una silla de anea- se ve la cruel marca del agua en la pared de su casa. "Hasta ahí llego, hasta ahí llegó", dice mientras mueve la cabeza mientras echo la foto.

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Una chica tira un termómetro infantil a la basura. Está roto y lleno de barro. Me mira y dice "llevaba un poquito de mercurio y todo ese mercurio ha caído al mar ahora". Es muy poca cantidad pero ella es -me dice- ambientóloga y sabe de lo que habla.

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Miles de objetos de todo tipo (coches, tuberías, muebles, electrodomésticos, ropa) han sido arrastrados al agua y ahora estan en el mar y ahí seguirán... deshaciéndose, contaminando las ya tristes aguas grises y marrones de la laguna que ya estaba herida de muerte y que ahora... "no quiero ni pensarlo", me dice la chica.

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Sigo mi marcha y veo a los militares, a los bomberos, a los trabajadores de defensa forestal, a los policías... uno de ellos se seca el sudor de la frente y se mancha la cara con las manos: "¡Manuel! Ayúdame con el pañuelo, por favor", dice. Su compañero se acerca y le frota en la cara con la delicadeza. Se han metido donde no llega nadie: garajes inundados, segundos pisos inundados, sotanos derrumbados. Son tipos fuertes y su trabajo es durísimo pero el gesto -esa mano limpia y ese pañuelo seco- tienen el mimo de un hermano. Recuerdo una escena de la mítica Band of brothers y me sale el verso casi sólo de la boca: "we few, we happy few, we band of brothers". 

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Al pasar los chicos de la UME unas vecinas les aplauden y gritan "viva la UME". Los soldados se paran y un fotógrafo les echa una foto mientras las mujeres les gritan "¡guapos, gracias por todo!". Ellos sonríen. Miro a sus ojos y pienso en las cosas que habrán visto en los primeros momentos de la inundación. Las ojeras les llegan hasta el fondo del uniforme. Pero ahí siguen. 

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Al avanzar por las calles cuesta abajo -igual que corrió el agua- llego al Mar menor. Si habíamos maltratado nuestra joya de la corona turística en los últimos 50 años, estas lluvias y las de 2016 le han dado la estocada final. Veo dos coches estampados dentro del agua, llenos de abolladuras y raspones, como si vinieran de muy lejos. A uno de ellos le han pegado el triángulo de peligro en el capó. Imagino que es para señalizarlo dentro del agua. Espero que no sea una casualidad y que el triángulo haya quedado ahí incrustado al azar. Si es así, vaya azar más cruel y sarcástico: indicar "cuidado no choques" con este coche que está dentro del agua.

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La orilla de la playa está desierta. No hay sombrillas ni toallas como habitualmente. El agua ha arrancado de cuajo postes, árboles y hasta una caseta de helados. "Ya estará hundida o flotando en algún sitio", me cuenta una vecina.

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En una vivienda muy cercana a la playa de tradicionalmente se ha llamado "de los militares" -porque estaba cerca de la base del ejército-  me encuentro a una vecina muy triste. Está asomada  a la terraza de un segundo piso, en la casa de una de sus hermanas. "¿cómo está tu casa?", le pregunto. "Destrozada", me responde mientras baja los ojos. La recuerdo de la anterior inundación. Como si fuera ayer. Me fijo en su mirada. Tiene los ojos de vidrio. De 2016 hasta aquí, le han caído 20 años encima en el esfuerzo de recuperar su casa. Ahora no sabe que hacer. Me cuentan sus familiares que "ahora mismo está pensando en marcharse del pueblo para siempre".

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Es insoportable ver las pilas de armarios, colchas, cuadros, libros y todo tipo de objetos en las puertas de las casas. Las casas con las ventanas abiertas están ventilando la humedad. Las que están cerradas y sucias son las de los vecinos que todavía no se han atrevido a llegar hasta aquí. Cada casa cerrada, oscura, inundada y destruida por dentro es un misterio hasta que alguien abra sus puertas y -horrorizado- vea como el agua ha jugado con los recuerdos de su vida: "La noche es oscura y alberga horrores" decía la bruja roja de Juego de tronos.

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Luce el sol pero no hay luz en este pueblo arrasado por la lluvia. Bueno sí: los voluntarios. Entran en las casas ajenas. Ponen la mejor cara posible, incluso sonríen, mientras le ahorran a las familias que están limpiando solas cientos de horas de trabajo. Lo que hacen dos en tres días, lo hacen 10 voluntarios en una tarde. Entre ellos se dan ordenes muy concretas: "tú por aquí y yo por allí, venga a trabajar!", dice una.

Una vecina les pregunta cómo están "las otras casas" y una voluntaria responde "no te lo puedes ni imaginar, tú has tenido suerte". Miro la casa y la veo llena de barro. No me quiero imaginar cómo estarán los otros para que esta vecina pueda decir que ha tenido suerte.

Me dejo aquí cientos de historias sin contar. Me dejo, como se ha dejado mucha gente, mis recuerdos de verano. Un verano luminoso y en el que el agua estaba en su sitio: sólo en el mar haciendo de espejo a los rayos de sol.

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