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Miércoles, 08 de Abril de 2020

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"La casa de Julián Ayala"

Jesús del Río aprovecha la época de carnaval para recordar la figura del arandino Julián Ayala, miembro de 'El Chilindrón' y otro arandino de pro

Buen día. En vísperas de los carnavales, la mayoría de la gente anda ultimando detalles o aclarando dudas sobre el disfraz con el que participar en la fiesta. Y se me viene a la memoria el nombre de un paisano nuestro que no tendría ningún problema -llegadas estas fechas-, porque de disfraces disponía ‘al por mayor’ para elegir. Me refiero a Julián Ayala Cuevas, el rey de las caracterizaciones; para unos un personaje extravagante; para otros, singular; para muchos de sus conciudadanos y amigos, carismático, artista, comediante… y muchas cosas más, hasta culminar en ‘arandino por los cuatro costados’ -que lo era- a título principal. Además de -según rezaba en su tarjeta de visita, encabezada por el escudo heráldico ‘de los Ayala’-: Canciller de Castilla, Gran Señor de S. Juan, Marqués de Ayala y Duque de Cuevas, Vizconde de Caleruega y Barón de La Colonia, Virrey del Perú…

Unos muy breves apuntes de su vida: nacido en 1935, por el casco histórico y la ribera del Bañuelos transcurrió su niñez y adolescencia, con amigos y familiares (veneraba a su abuela Librada, con la que tuvo especial conexión hasta su muerte en 1998). En Madrid, después, hizo estudios y sus primeros trabajos; más tarde volvió a su villa natal y trabajó en una conocida constructora (fue jefe de personal); cuando esa empresa desapareció, se dedicó a los seguros y -más tarde- a otra empresa de obras, hasta su jubilación. Desde ésta y hasta su fallecimiento, el 27 de junio de 2017 (82 años cumplidos), pudo dedicarse más a su Peña ‘El Chilindrón’, a leer (especialmente sus libros de cabecera, El Quijote y El Empecinado, que dominaba); a pasear por el barrio y la orilla del río vecino; a su finca en el término de Santiago (con sus dependencias en plataformas en alto sobre árboles), a la que se desplazaba en su popular Simca 1000; y -sobretodo- a vivir y disfrutar plenamente de su casa querida; con la popular,muy visitada y admirada fachada (por los turistas que se acercan por el Museo Sacro, Casa de las Bolas y balconada sobre el puente medieval de Las Tenerías) de la calle Barcelona nº 1 (antes Centeno), en la que -en ese su último periodo- estuvo muy arropado por su sobrina Montse -que era su ojito derecho-, que le mimó y cuidó hasta el fin de sus días, aunque era muy independiente y necesitaba de un espacio acorde con sus rarezas.

Pues esa casa ‘del Ayala’, como su vida, fue un desorden ejecutado por el protagonista; que se proyecta –primero- en la fachada, repleta de mosaicos/placas (una treintena) con letreros como: ‘aquí vivió y murió un arandino de pura cepa’; ‘la vida es lucha…’; ‘el dinero no da la felicidad, pero calma los nervios’…; un largo rosario de frases que pueden dar pistas sobre el ideario y filosofía del propietario, a los que se añade –en un vistazo somero- un poyo de piedra en la puerta, balcón y ventanas enrejadas y emplomadas, escudos, hornacinas, herraduras, faroles, aleros del tejado de madera con gárgolas y canecillos. Hay de todo (y mucho), porque -como reza en una de sus inscripciones- ‘mi casa es mi mundo’.

Pues si esto es llamativo, de lo del interior ni les cuento…; está llena cada estancia, pasillos y escaleras de libros (además de los de la biblioteca), revistas, sombreros, bastones, fotografías (por miles, en blanco y negro y color), cuadros pintados, litografías,e incontables y variopintos cachivaches, lámparas artesanales y luces de colores, amén de los disfraces (no sé cuántos cientos) guardados en armarios, arcones, baúles y otros muebles castellanos. Dos dormitorios en el primer piso, que usaba alternativamente, bautizados –me cuentan- como ‘el del fraile y el del cura’. El salón de la 2ª planta es un ‘museo de todo’, pues es casi imposible resumir su contenido. En una de las perchas –entre sombreros acumulados-, está el tocado de plumas de jefe indio, que Ayala llevó –con el resto de adecuada vestimenta- en su postrero ‘acto oficial’: primeros de mayo 2017, Bajada de la Cruz. Tras ésta –y acompañado de su sobrina- estuvo presente, formal y responsable, muy en su papel; y le saludé e hice unas fotos con mi cámara, sin saber que –menos de dos meses después- llegaba a su final. Una imagen que recuerdo con una sonrisa…

Imagen facilitada / Jesús del Río

Pues, volviendo al interior de esta vivienda tan singular, luego se continúa subiendo por escalera estrecha, después de caracol, que desemboca en unas terrazas en las que ‘el Ayala’ ascendía a una zona preferida para el descanso y ocio, las terrazas, donde –en buen tiempo- se pasaba largos ratos. También lo fueron en su faceta de peñista, para convivir con sus colegas de ‘El Chili’, en ese escenario.

Julián Ayala fue uno de los cofundadores de la súper conocida y antigua Peña ‘Sol y Sombra’, en la que coincidió con muchos conocidos, luego amigos. Acabada ésta, y como era de cantares y ambiente arandino en las bodegas, se afilió –en la década de los 80 del siglo pasado- al ‘Chilindrón’, porque ‘tenía los mismos colores, negro y blanco’. Así surgió una relación peñista entrañable, pues Julián fue uno de los agentes festivos-culturales más involucrados; ‘siempre estaba dispuesto y de los primeros en ofrecerse’; y, en ‘la Cantada’, era indispensable –me dicen-, aludiendo a las canciones tradicionales y a la de las ‘33 moritas tiene el moro Juan….’, un clásico. En una ocasión invito a sus compañeros de peña, a disfrazarse con sus sombreros –todos distintos- y así dieron un pasacalle con la Charanga (al día siguiente los volvía a tener –todos- en su casa). En sus terrazas, dieron varios conciertos (incluso en horario de siesta de los vecinos….). Y, cuando se aproximaba su fin, dejó escrito y dicho las piezas que tenían que tocarse en su funeral. Sus colegas, respetaron el duelo familiar ese día, pero en la siguiente fiesta de la Peña, celebraron ‘la despedida’ en su casa, interpretando y cantando las piezas musicales encargadas, siendo obsequiados por Montse con pastas y vino, tal cual lo había dejado atado en sus últimas voluntades. Genial hasta el fin. Y, sobre todo, buena gente. En la casa se nota su falta; mucho…

El caso es que, Julián Ayala, también ejerció de poeta. Una muestra es el poema que destaca en la portada de su casa, y que dice así:

‘Del corazón en las honduras guardo/ mi alma robusta; cuando yo me muera/ guarda –querida Aranda mía-/ tú mi recuerdo./ Y cuando el sol al atardecer cubra/ esta casa que tanto he querido/ en el recuerdo de lo eterno heraldo/ di tú, cabaña mía/ qué he sido…/

Julián Ayala Cuevas: te tenemos en la memoria con muy diversas imágenes y disfraces. Y más aún en el recuerdo de los carnavales arandinos. Hasta siempre.

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