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Lunes, 06 de Abril de 2020

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La columna

Un cierto nivel de letalidad

Sé que piensas mucho estos días en la enfermedad. Es inevitable. Si nos dicen que se ha contagiado un periodista que viene de Milán de retransmitir un partido o que ya tenemos en Valladolid el virus traído de Irán; si nos hablan de que todo está controlado pero que, aunque no sea deseable, es de esperar que haya personas que fallezcan por esta gripe; si es verdad que unas alumnas que tenían que realizar sus prácticas la semana que viene en colegios de León van a tener que esperar unos días, porque han comunicado a la Facultad que pasaron el fin de semana en Italia, es normal que pienses en la enfermedad, en el contagio, en la posibilidad remota de la muerte. Lo he oído en la radio, tenemos que contar con un cierto nivel de letalidad.

Me gustan mucho los eufemismos y a la vez me disgustan profundamente. Me encantan por lo que tienen de ingenioso y me escama la mentira que esconden: “un cierto nivel de letalidad” es una manera ingeniosa de alertar sin provocar el miedo que esconde una mentira, porque no nos habla sino de una posibilidad incierta. La muerte es esa posibilidad incierta, pero solo en este momento, porque más allá del hecho indudable de que estamos vivos ahora, sabemos que es una puerta que está abierta con toda seguridad, así es que podemos mirar al virus con toda la calma del mundo y aparcar el miedo. El miedo solo puede provocar escalofríos, negación de la belleza del ahora. Es adelantar un oscuro porvenir cuando todavía no existe: el temor a lo que me pueda pasar solo evita que comprenda y disfrute lo que me pasa.

No obstante, las mascarillas se agotarán y evitarás dar la mano a quien no conozcas. Se perderán abrazos, se iniciarán aislamientos y cuarentenas, puede que se llegue a cerrar colegios, a impedir que la gente salga de sus casas, no sé si aquí en León o en la ciudad de al lado. Se esconderán deseos y se reprimirán caricias. Se inhabilitarán sueños. Los hombres somos los únicos seres vivos capaces de sufrir con la imaginación, como somos los únicos que saben usarla para el gozo. Adelantaremos el día del contagio con el miedo y viviremos en esa nube de incertidumbre que nos crea la sobreinformación. Si no nos hubiéramos enterados del dichoso bicho, no nos acostaría la desconfianza y estaríamos en el día atentos al suelo y a las nubes, sin más ocupación que nuestra vida.

Pero nos han llegado noticias de la muerte. Nos tenemos que enfrentar con el hecho incierto de la enfermedad en el momento seguro de sentirnos sanos. En cualquier caso, yo, como el profesor Cordero, digo que no quiero flores y que no me importaría dar clases en holograma, como Whitney Houston da conciertos.

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