Jueves, 02 de Julio de 2020

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"Hay que sonreír tras la mascarilla porque la sonrisa se ve en los ojos"

Inmaculadada Quiles, liberada sindical de CSIF, ejerce de enfermera en Puerto Real para luchar contra el coronavirus

"Agustín, aquí tienes tu medicina". "María, ¿cómo está hoy?". "Buenos días, Juan". Inmaculada Quiles siempre llama por sus nombres a sus pacientes. "No somos números, somos seres humanos. Y en estos momentos es aún más importante recordarlo". Tiene 51 años. Lleva 30 como enfermera, aunque en los últimos estaba apartada de la primera línea en la atención a los pacientes como liberada sindical de CSIF. Pero la pandemia le ha hecho regresar al día a día con su turno, con sus compañeras, y con sus pacientes a los que llama por su nombre. "Yo les digo mi nombre también. Y les sonrío. Aunque tenga mascarilla. Hay que sonreír porque la sonrisa se ve en los ojos".

Inmaculada Quiles es una de las andaluzas esenciales que cada día que acude al hospital contribuye en la intensa batalla contra la pandemia. "El día empieza enfundándome el traje de la ilusión", explica tirando de metáfora. Pero es cierto que se tiene que poner un traje. Las mascarilla, el gorro, los guantes... "Al principio, hubo un poco más de caos, y no había tanto material. Ahora ya no falta", describe.

Recibe el turno de la compañera que le ha precedido y se dedica a ir habitación por habitación repasando el estado y necesidades de cada paciente. Juan, María, Agustín... Todos por su nombre. Para que se sientan escuchados y atendidos. "Hay que gestionar el miedo y ahora también la soledad, porque no está su familia con ellos y todo es más difícil", detalla.

Lo peor para ella es cuando llegan malas noticias. "Tienes que ser fuerte, salir de esa habitación y entrar en la siguiente como si no hubiese pasado nada. Pero tienes el nudo en la garganta y, a veces, se escapa una lágrima". Compensan los buenos momentos. Cuando llega un negativo. Cuando se da un alta. Pacientes que salen del hospital en medio del aplauso de los profesionales sanitarios.

Inmaculada Quiles tiene dos hijas, de 16 y 18 años. La mayor está en Alemania. Se fue poco antes de iniciarse la pandemia para forjarse un futuro trabajando en el extranjero. Cuando llega a casa, la enfermera se convierte en madre, en estudiante (es antropóloga, sexóloga y estudia Historia del arte), en guitarrista, en lectora... "Hay que desconectar, es necesario".

Y a las ocho de la tarde sale a la ventana. Ella aplaude y le aplauden a ella. "Creo que nunca había sentido tanto el cariño de la gente. Me gustaría que estos aplausos no pararan. ¿Sabes por qué? Porque ahora que no nos podemos tocar estos aplausos son como si me acariciaran. Como si me abrazara toda la humanidad".

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