Domingo, 12 de Julio de 2020

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Gordofobia

El alcalde de Cádiz condena "la gordofobia"

José María González pide a los ciudadanos que no alienten esta forma de marginación social

José María González, en el despacho de la alcaldía

José María González, en el despacho de la alcaldía / Ayuntamiento de Cádiz

El alcalde de Cádiz, José María González, ha escrito en sus redes sociales un texto de condena hacia la gordofobia, instando a los gaditanos a combatir este tipo de odio hacia quienes "no se ajustan a los cánones impuestos por el sistema".

El regidor gaditano inicia su publicación relatando algunos de los ejemplos que él mismo ha vivido "al comprar el pan, camino del Ayuntamiento, en el mercado" o cuando comparte alguna fotografía en sus propias redes y la gente alude a su aspecto físico con sorna.

González pide a los ciudadanos que no alienten comentarios tan daniños para quienes lo reciben. Personas que son señaladas, marginadas o son objeto de bromas a cuenta de su forma física, y subraya que es un problema que tiene consecuencias especialmente agravadas en las mujeres, para quienes "la validez de su persona aún sigue tristemente sujeta al físico" o para los niños en los patios de nuestros colegios, "donde el bulling se ceba con el “gordito”".

El alcalde de Adelante Cádiz ha defendido la diversidad, mostrando su rechazo de plano a la actitud de una sociedad que clasifica señala a sus iguales como gordos, de forma peyorativa, por pesar más o menos kilos.

"Sobre la gordofobia"

"Escribo un texto en Facebook para fomentar el consumo local y se repiten los siguientes comentarios: “Te has hartado de phoskitos en el confinamiento”; “Te has puesto gordo”, “Qué gordo estás, por Dios”.

Comparto otra noticia en mis redes sociales sobre la necesidad de una reforma fiscal para no castigar a los trabajadores y me escriben: “Tienes unos kilitos de más”, “Estás redondo”.

Abro la prensa, Diario de Cádiz, y un titular que relaciona las iniciativas adoptadas por el Covid-19 con mi aumento de peso: “Kichi engorda sus medidas”, curioso que también un periódico a la que se le exige un mínimo de responsabilidad social se sume a esto.

Al comprar el pan, camino del Ayuntamiento, en el mercado... No falta nunca quien te diga, incluso antes de decirte hola, que hay que ver “lo gordo que te has puesto”. Las bromas siempre son sobre el mismo tema: la obesidad. Llevo unos días dándole vueltas a esta realidad y me siento obligado a posicionarme, porque haciéndolo quizás pueda ayudar a muchísima gente que seguro se siente reflejado ante esta situación, pero no dice nada. Sólo se aísla. Se calla. Mientras su inseguridad aumenta.

Hace unos años, un sociólogo de la Universidad de la Sorbona (París) desveló al periódico The New York Times los resultados de un estudio, según el cual, en Francia, un hombre gordo tiene tres veces menos de probabilidades de encontrar empleo que otro con su mismo currículo que esté en su peso. ¿Saben por qué? Porque vivimos en una sociedad que margina, excluye, ridiculiza y maltrata a las personas con una característica física que difiera de lo impuesto, en este caso: la gordura. No es la única.

Porque la gordofobia, que si no lo saben es la repulsa hacia quienes sufren exceso de peso y se apartan de los patrones estéticos, tiene consecuencias y tiene componentes de odio, como lo tienen la misoginia, el machismo, la homofobia, la lesbofobia, la transfobia, el racismo, la xenofobia o el clasismo, por poner algunos ejemplos.

Ante las enfermedades de transmisión social, como las antes citadas, sólo queda un camino: combatirlas y nunca normalizarlas o invisibilizarlas.

Ya está bien de ocultar, como si fuera menor, esa irracionalidad hacia quienes no se ajustan a los cánones impuestos por el sistema, un sistema que no sólo oprime a los pobres, también a quienes no cumplen con sus normas estéticas y sociales. Ya está bien de disfrazar esa exclusión como una cuestión sanitaria. Es mentira. Nadie se ha preocupado ni me ha criticado porque fumo más o menos tabaco, por ejemplo, y esa también es una cuestión de salud. Vaya si lo es.

Y es que lo verdaderamente importante no es cómo me siento yo, o si me afecta más o menos, no. Afortunadamente no lo llevo nada mal y es muy rara la ocasión que respondo con la misma dosis de maldad (depende de la malaje de quien me lo dice). La cuestión es que además de conmigo, este mismo patrón se repite con todo el mundo, con todo aquel o aquella que ose no cumplir con los estándares de belleza prefijados por la sociedad de consumo.

Me pregunto cómo lo sufrirán las mujeres, por ejemplo. Para ellas la validez de su persona aún sigue tristemente sujeta al físico, tienen que cargar con una violencia simbólica contra sus cuerpos, unos cuerpos que se han convertido en campos de batalla sobre los que se opina y se juzga bajo un punto de vista absolutamente patriarcal.

Si la sufro yo, cómo lo soportarán los niños y las niñas en los patios de nuestros colegios, donde el bulling se ceba con el “gordito”, donde la ropa ancha intenta disimular los complejos, donde el insulto despiadado va acompañado de las carcajadas a coros y de una gran carga emocional que los aísla, avergüenza y entristece. Y esto lo digo con conocimiento de causa, porque en algún momento de mi vida también me tocó ser ese “gordito” de patio de colegio.

Y si es por el hecho de haber engordado en mi etapa como político, si las críticas van por esa correlación entre buena vida y obesidad, aclaro: Eso también es gordofobia. Porque es gordofobia relacionar el aumento de peso con la pereza, la flojera o la poca actividad.

Somos diversos. En todos los aspectos. Y en esa diversidad debemos reconocernos las unas y los otros. La diversidad para ser y para sentir. La diversidad física, sentimental o espiritual.

Porque en un mundo en el que la gente vive presa del miedo, la inseguridad, el odio y la exclusión, el amor y la inclusión, aceptar a cada cual como es, intentar mirar más allá, más adentro, se convierten en formas de resistencia frente a la barbarie.

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