Sábado, 08 de Agosto de 2020

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LA FIRMA CON MAR CASAS 25/06/2020

El efecto pintalabios

En estos tiempos de incertidumbre, elijo el vaso medio lleno. No es por supervivencia ni por falso positivismo, renuncio a ciertas imposiciones

Mar Casas.

Mar Casas. / Mar Casas

Julián Marías decía que en la vida precisamos una parte de entusiasmo y otra de exigencia. Sin la primera nos empobrecemos, sin la segunda no somos críticos y nos tragamos cualquier cosa.

Con el entusiasmo y la exigencia, he descubierto la frivolidad como solución, entendida como un gesto de despreocupación. En la Alemania arrasada después de la Segunda Guerra Mundial, el regreso de la frivolidad fue vital para restablecer la economía. Un filósofo alemán consideró el consumo, la serenidad y el entusiasmo, como estrategias que inyectaban vida y renacimiento.

China y Estados Unidos regalan cheques para activar el consumo. Estados Unidos, bajará los impuestos con el fin de ayudar a las empresas.

Ayer en Cartagena observé el regreso a la vida en nuestras calles, los comercios estaban abiertos, la presencia de los viandantes era evidente, y el consumo ha empezado.

Es posible que la economía post pandemia cause una crisis asimétrica, no todos sufriremos los efectos de igual modo. La producción desenfrenada de guantes, desinfectantes o mascarillas, se suma a los cosméticos, y verán por qué.

Les quiero contar el “efecto pintalabios” que surgió durante la Segunda Guerra Mundial.

El primer ministro Winston Churchill no racionó los labiales, y pidió a las mujeres que los usaran para levantar el ánimo de los soldados que luchaban por volver a casa. El odio manifiesto de Adolf Hitler por cualquier tipo de cosmético fue otro motivo para reclamar el uso de maquillaje con firmeza. El pintalabios levantaba la moral a la población, y aportaba a las mujeres un sentido de normalidad.

Su efecto psicológico ha sido analizado al detalle, y desde entonces, este indicador económico revela que la industria cosmética incrementa sus ventas en tiempos convulsos.

Recuerdo el relato que un teniente coronel británico escribió en su diario, tras liberar un campo de concentración. Contaba su sorpresa cuando la Cruz Roja descargó un cargamento de barras de labios, un pedido no prioritario. Y esto fue lo que escribió:

No sé quién pidió los pintalabios, y me encantaría saberlo. Fue obra de un genio, inteligencia en estado puro. Creo que nada hizo más por esas internas confinadas, que los labiales. Las mujeres se tumbaban en la cama sin sábanas ni camisones, o deambulaban con una manta sobre los hombros, pero llevaban los labios pintados de rojo. Eso las convirtió en individuos. Eran alguien, no solo un nombre tatuado en el brazo.

Evocando su relato, esa tarde decidí entrar en un comercio, comprar un labial y algún capricho más. Con ese gesto de vanidad, quise volver a lo cotidiano, a lo que siempre fue y yo he decidido que no debe cambiar.

Mar Casas.

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