Viernes, 14 de Agosto de 2020

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la columna de Rafa Gallego

Todo a 30

Nos metemos en julio en este final de temporada extraordinario, como todo desde marzo, como todo, en realidad, desde siempre, porque todo lo ordinario es extraordinario si se quiere mirar con los ojos adecuados y todo lo extraordinario puede ser tan ordinario como se desee, como dicte el corazón, como resuene el tambor de lo aceptable, la piel del tiempo.

Lo ordinario era conducirse por las calles al ritmo de la carreta; como mucho un landó ligero, una calesa voladora. Después aparecieron los automóviles y los coches dejaron de ser coches para ser estos nuevos coches extraordinarios que se movían sin caballos. Siempre me ha gustado el Paseo de Coches del Retiro madrileño porque allí no circulan coches desde que no los hay tirados por caballos. Y el ritmo era ese del trote. El mundo petardeaba en motores de manivela hasta que nos entraron las prisas del Seiscientos y todos los que vinieron detrás con sus humos, su comodidad, su calefacción y su aire acondicionado. La velocidad se multiplicó y llegó a permitirse circular a sesenta kilómetros por hora y luego a cincuenta y se descubrieron zonas en las que circular más lento era un incordio. Pero hemos estado quietos más de tres meses. Hemos visto las calles vacías y nos ha gustado. Y ahora nos dice el alcalde de León que vamos a recuperar una ciudad a treinta por hora, tal vez la velocidad de una tartana. Una ciudad en bici. Una ciudad que ya es un campo de paseo en el centro los fines de semana

Hemos estado parados tanto tiempo que el movimiento nos ha urgido, pero tenemos que mirar el modo de movernos lento. Movernos en dirección a lo nuevo, a una realidad transformada en la que hayamos aprendido algo más que a hacer pan de espelta, comer bizcochos y devorar series en la televisión. Recuerdo un capítulo de House en el que se hablaba de las cinco fases del duelo: negación, ira, negociación, depresión y finalmente aceptación. Hemos pasado por todas ellas lo queramos o no, lo aceptemos o no. Hemos hecho todo eso con el virus y de lo que más hablamos ahora, con la mascarilla puesta en los labios para besar el miedo, es de aceptación. Hay quienes se han quedado en la negación y siguen hablando de un virus falso; los hay que permanecen en la ira y culpan a los chinos o a la CIA; muchos han negociado con su osadía, especialmente los jóvenes que se han sentido intocables; los más han sentido la depresión de la ausencia, del dolor, de la frágil hebra que nos ata a la vida; y ya digo que todos estamos finalmente en la aceptación porque no nos queda otra salida. Un mundo a treinta por hora.

Imagina un lugar nuevo. Imagina Güilobi City, no como un nombre inventado para un pueblo, sino como el nombre de una ciudad nueva, una ciudad real. ¿A que te gusta como suena? Güilobi City, una ciudad lenta, pero que tiene recorrido. Una creación de la vida confinada. Una transformación para volver a ser niños.

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