Domingo, 06 de Diciembre de 2020

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Opinión

Vivir junto a San Rafael

A los españoles nunca se nos han dado bien las batallas largas. Del todo va a salir bien y los arcoíris que sonaban a aplauso agradecido de atardecer, podemos pasar sin solución de continuidad al insulto fácil de una Cámara baja, más baja que nunca. Y en el horizonte, como espada de Damocles, la amenaza diaria de un nuevo confinamiento extremo como el ya vivido en la pasada primavera que haga frenar al virus con medidas extremas.

Si volvemos a ello, al confinamiento, muchos retornaremos resignados a protegernos en la intimidad de nuestro hogar, fortaleza segura en la que pasar el chaparrón. Pero otros, no lo olvidemos, no tendrán dónde resguardarse. Son los rostros con los que nos cruzamos a diario, sin mirarlos siquiera, porque nos parecen invisibles.

Un chico joven, que pasó el primer estado de alarma en la calle en Córdoba, sin poder alojarse en los recursos existentes porque estaban llenos, nos explicó en una carta que hay algo peor que ser invisible: ser sospechoso, alguien de quién se huye, a quién se evita, porque me puede contagiar. De nuevo, si nos confinan, habrá personas a las que la policía, quizá avisadas por un vecino, les indique que deben ir a su casa. Y ellos, de nuevo, responderán que su casa es la calle. Que viven junto a ese San Rafael que vigilia y cuida de esta Ciudad en cada plaza y al que pedimos que no nos deje de cubrir con sus alas de piedra.

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