Martes, 19 de Enero de 2021

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LA COLUMNA DE RAFA GALLEGO

ZAF

Me enteré ayer por la tarde de que tenemos en el ojo una zona que se llama ZAF. Y se llama así porque es lo que se conoce como Zona AvascularFoveal, un área de la fóvea que se caracteriza por su ausencia de vascularización. Ya te digo: ese punto en el que se enciende la visión esun área sin vasos sanguíneos.

Me encanta esta idea de estampar la luz de las imágenes en uno de los puntos de nuestro cuerpo que no estáregado por la sangre; un espacio interior tan íntimo y tan limpio, tan pequeño, que podría encerrarse en una de esas cajas nacaradas que guardan las joyas. Por lo que he leído, ya te puedes imaginar que no en un tratado de anatomía, parece que esta ZAF es solo una parte de la mácula y que la mácula es algo así como una mancha en la retina de unos cinco milímetros de diámetro.Y resulta que esta mácula es la que nos permite la visión de detalle, distinguir el movimiento y apreciar los colores. Ya me parece a mí que esto solo debe ser una parte de un todo. Quiero decir que estoy casi seguro de que ni la zaf, ni la mácula, ni la retina entera, son capaces por sí solas de ver nada, que todo forma parte de un sistema, un modo en el que milagros mínimos se encadenan para hacer posible la magia de la visión. Milagros mínimos, pequeñas obras de arte naturales que componen la belleza natural total. Los detalles son la diferencia, pero el conjunto, el todo, es la realidad. ¿Qué hay?, difícil pregunta que se hace solo con dos palabras y cuya respuesta es tan sencilla que se contesta con una: todo. La ocurrencia no es mía, es de Quine, un filósofo y lógico americanoque resume de este modo tan brillante la cuestión ontológica. Y todo es la zaf, la mácula, la fóvea, la retina, el ojo, el sistema ocular, el cuerpo humano, el reino animal, el conjunto de los seres vivos, la naturaleza. Elmismo todo es la zaf y las cataratas de Iguazú, lo grande y lo pequeño, tú que me escuchas y yo que te adivino.

El mismo todo empapado de allegados y extendido en extraños no convivientes, que se preguntan inquietos por la razón de su viaje: un punto exangüe, distraído del pulso de las arterias, un punto de fuga, un lugar en el interior del ojo para escaparse; el mundo del revés iluminando la oscuridad más profunda. Y en tu idea, esa forma ciega que te dice el momento en el que la responsabilidad ya no es tuya, todo se sitúa en burbujas decenales, la seguridad de estar donde debes. Y en esas estaba, conduciendo en la lluvia del jueves, cruzando Mariano Andrés en la luz escasa de las seis y poco de la tarde, cuando en el paso de peatones apareció detrás de su mascarilla con un abrigo de lana rosa. Estuve a punto de atropellarla. Cuando le pedía perdón a través de la ventanilla, me miró muerta de risa con la condescendencia de alguien que sabe que el instante entre la desgracia y la anécdota es tan diminuto como la mácula de la fóvea.

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