Sábado, 27 de Febrero de 2021

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Lo que no sabías de San Julián de Cuenca: era mozárabe, de Toledo y no hacía cestas

¿Era de Burgos o de Toledo? ¿Era de origen mozárabe? ¿Cómo fue su gobierno en un obispado de frontera? ¿Era cierto que hacía cestas de mimbre?

San Julián de Cuenca, obispo entre 1198 y 1208.

San Julián de Cuenca, obispo entre 1198 y 1208. / catedraldecuenca.es

¿Era de Burgos o de Toledo? ¿Era de origen mozárabe? ¿Cómo fue su gobierno en un obispado de frontera? ¿Qué se sabe de su familia? ¿Cómo pudo ser su formación? ¿Cómo era la diócesis de Cuenca en aquellos años a caballo entre el siglo XII y XIII? ¿Era cierto que hacía cestas de mimbre? Se llamaba Julián ben Tauro y fue el segundo obispo de Cuenca entre 1198 y 1208 y actual patrón de la diócesis. En el espacio El archivo de la historia que coordina Miguel Jiménez Monteserín, y que emitimos en Hoy por Hoy Cuenca los jueves cada quince días, respondemos a esas y a otras preguntas sobre este personaje santificado que se festeja el 28 de enero.

'El archivo de la historia' en Hoy por Hoy Cuenca. / Paco Auñón

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MIGUEL JIMÉNEZ MONTESERÍN. Si no queremos ofrecer conclusiones frágiles por infundadas, los historiadores nos hemos de limitar a extraer el máximo de referencias posible de los documentos que manejamos a la hora de sentar aquellas. Dicho esto, conviene separar en la reconstrucción de la imagen de San Julián lo que son datos documentalmente probados de lo que, por tradición, intuición o préstamo hagiográfico, se ha venido trazando secularmente en esta diócesis con ánimo de fomentar la piedad de los fieles. Para empezar, resulta muy difícil aproximarse a la realidad mental o intelectual de un eclesiástico del siglo XII que no ha dejado testimonio doctrinal alguno. Es verdad que, indirectamente, atendiendo a sus orígenes sociales probados y a lo que sabemos de su intervención gubernativa en la diócesis durante los diez años que la rigió, podría decirse que debió de ser alguien dotado de cierta ductilidad y espíritu constructivo. En lo que toca a la leyenda del santo limosnero, si bien, como la mayoría de ellas, podría rastreársele un fundamento histórico real, no tenemos, hoy por hoy, constancia alguna explícita -salvo la reiterada mención al testimonio de la tradición- de la práctica de tal virtud.

Obispo de buena y sólida memoria frente a otros, ausentes del recuerdo habitual de la comunidad capitular, fue reconocido por tal confesor atribuyéndosele una ejecutoria de santidad que no requería entonces demasiada explicitud en cuanto a los datos biográficos. Para el hagiógrafo medieval, mucho más preocupado por hacer reparar en la analogía de la santidad del personaje elegido con el triple modelo de referencia establecido, crístico, apostólico y martirial que la tradición transmitía, lo que importaba era precisamente subrayar lo paradigmático de su comportamiento, la similitud reconocible entre su vida y las del puñado de santos ya señalados como inequívocos modelos de perfección a imitar, por haber ellos ahormado primero sus vidas con arreglo al ejemplar primordial prestado por el propio Cristo y sus más egregios seguidores. Se explica así que, partiendo de una noción amplia y difusa de vida santa, reconocible en los pilares básicos prestados por la tradición, se reconstruya después la biografía con arreglo al modelo correcto de santidad ideal al que, sin ningún género de duda, debió ajustarse la vida del proclamado perfecto. En consecuencia, los esquemas de comportamiento reseñados se muestran "intercambiables" y el elogio de un santo de indiscutible fama y prestigio puede dirigirse como "en préstamo" a otro necesitado de promoción.

La hagiografía como contrapunto de la biografía es, pues, ejemplar en un doble sentido: en aquel que persigue proponer modelos de comportamiento y también en el de ofrecer la mayor identidad posible entre el historiado y el prototipo que es siempre Cristo.

Imagen del obispo San Julián. / catedraldecuenca.es

Partiendo de algunos supuestos tradicionales, me propongo señalar primero qué datos inequívocos han llegado a nosotros acerca de la figura meramente histórica del obispo Don Julián ben Tauro. Luego, instalado siempre en la prudencia metodológica del historiador, intentaré rastrear la evolución de la traza del singular perfil hagiográfico que la Iglesia de Cuenca reconoció en su segundo obispo cuando, en el último cuarto del siglo XV, se procedió en la catedral a rendirle culto solemne. Consideraremos así la identidad de San Julián.

No se trata de demoler devociones desmitificando al Santo patrono de Cuenca, tan sólo deseo con toda modestia que la historia arroje luz sobre una persona y su personaje trasmutado en signo ideal por y para una comunidad de creyentes que reflexiona y cree.

¿Quién fue Don Julián ben Tauro?

Atentos a los documentos y en cuatro palabras: un cristiano mozárabe, un hombre del rey de Castilla Alfonso VIII, un gobernante conciliador y prudente, un cristiano elevado en tanto que obispo a la cúspide del sacerdocio.

La biografía sagrada rinde sobre todo cuenta del poder trascendente de que gozan los santos tutelares que cada colectividad ha elegido para su amparo y por ello quedan con harta frecuencia desdibujados en la misma los rasgos o datos históri­co­s que resultan, a juicio del hagiógrafo, demasiado prosaicos en la vida temporal del bienaventurado. Se prima, en cambio, en el relato de tales vidas santas cuanto subraya su especial ligazón con el mundo divino trascendente, causa y origen del poder de hacer milagros que exhiben tales protectores, capaces de ofrecer alivio a quien, atemorizado por algún agobio de alma o cuerpo, se les dirija en demanda de intercesión o auxilio directo. Resulta de ordinario difícil separar biografía y leyenda en estos relatos establecidos al uso tradicional y casi siempre insertos en un cierto género más o menos estereotipado. Los biógrafos de San Julián, como tendremos ocasión de considerar más tarde, no han sido en ello excepción.

San Julián. / diocesisdecuenca.es

Tardíamente fijados en la mayoría de ellas los elementos de una biografía acorde con el modelo de celoso prelado postridentino a que debían acomodarse los comportamientos de todos los obispos santos en aras de la obligada ejemplaridad que los relatos perseguían, son muy pocos, sin embargo, los datos auténticamente documentados de que disponemos para establecer la trama básica de la vida mortal de Don/San Julián, en contraste con lo elaborado y creciente riqueza de detalles gratuitos ofrecida por las sucesivas biografías más o menos oficiales. [1]

En 1930 aparecía la monumental obra de Ángel González Palencia dedicada a los mozárabes toledanos y partiendo de uno de los documentos recogidos en ella pudo comenzar a dibujarse algo más nítida la auténtica imagen histórica del segundo obispo de Cuenca. Conserva el archivo de la catedral primada una escritura de compraventa celebrada durante la última decena del mes de julio de 1197 entre el ilustre arcediano de Calatrava Don Julián, hijo de Tauro, como comprador, y don Gonzalbo, abad del monasterio palentino de Santa María de Husillos, quien le vendía una finca sita en el pueblo toledano de Azaña –hoy Numancia de la Sagra- llegada a sus manos por herencia materna. En 1201 el obispo de Cuenca don Julián donaba la misma finca a los capitulares toledanos con la carga de un aniversario perpetuo y acompañaba al documento de donación el que le acreditaba como legítimo propietario en virtud de la compra realizada cuatro años antes.

No obstante conocerse la existencia de ambos documentos desde el siglo XVII, es claro que nadie había sacado de ellos las conclusiones históricas pertinentes hasta la aparición de la citada obra de González Palencia. De su examen y comentario parten la mayoría de los datos y conjeturas de carácter histórico que con alguna solidez cabe establecer acerca de la vida de nuestro personaje con anterioridad a su llegada a Cuenca como obispo.

El primer aspecto claro es el de la filiación de Julián. Teniendo en cuenta que ni el vendedor de la finca, el abad Don Gonzalbo, ni tampoco ninguno de los miembros de su familia, los Garcés de Lerma, eran mozárabes, el hecho de emplear la lengua árabe para redactar el documento de compra, por más que le sirviesen de confirmantes -entre otros- los más encopetados miembros del clero y jerarquía eclesiástica toledanos, permite suponer, sin lugar a excesivas dudas, que Don Julián, hijo de Tauro, sí lo era. Se desvanece así la tradición gratuita, repetida sin contraste hasta hoy por todos los hagiógrafos del santo, que le hacía proceder de la ciudad de Burgos, buscando probablemente garantizarle de modo irrebatible la noble prosapia y eludir además cualquier sombra de contaminación con cristiano nuevo que sobre él pudiera cernerse. La limpieza de sangre de que podían hacer gala los burgaleses constituye un tópico elogioso de frecuente referencia entre nuestros panegiristas clásicos y es muy probable que haya sido éste el principal motivo de atribuir tal origen a San Julián.

Las primeras biografías

Tenemos noticia, por otro lado, de que, para festejar el hallazgo de su cuerpo incorrupto en 1518, un tal Salazar, por encargo del ayuntamiento conquense "fizo las coplas e obra de san Jullián". Desconocido el contenido y calidad de aquel primer esbozo biográfico, de carácter popular y con toda probabilidad ya irremisiblemente perdido, conviene tener en cuenta que quien a continuación redactó y dio a las prensas una nueva biografía popular de nuestro personaje fue el licenciado Jerónimo Andrés Muñoz. Digamos ahora solo que, a comienzos del siglo XVI, tanto él como su familia pertenecían al bando de los cristianos viejos conquenses cuya militante circunstancia bien pudo inclinarle a subrayar, acudiendo al aludido referente tópico, la inequívoca limpia estirpe del santo obispo, una vez metido a la faena de divulgar su historia. Con todo, obligado es movernos entre conjeturas, dado que tampoco ha sido posible tener acceso a ejemplar alguno de aquella vida "escrita en metro" aludida por el jesuita Escudero en el prólogo de la suya. Debió tratarse de un trabajito breve, quizá un simple pliego de cordel redactado al calor del amplio movimiento devocional surgido luego de la inventio del cuerpo incorrupto a comienzos de 1518, que pudo por ello alcanzar una cierta popularidad, a juzgar por las dos ediciones alcalaínas, posteriores al evento, que de él hay documentadas. El minucioso celo bibliográfico de Hernando Colón nos ha transmitido una breve reseña de ambas en el Abecedarium que de su biblioteca redactó, pero de ninguno de tales ejemplares queda rastro en la actual Colombina de Sevilla.

Tomado más tarde el relevo por los hagiógrafos más arriba referidos, jesuitas en su mayoría, siguieron éstos afirmando ser Burgos la patria del santo obispo de Cuenca. En la misma línea se sostuvieron aún ciertos argumentos históricos, algo mejor documentados, pero no determinantes, en contra de la opinión expuesta por González Palencia que hemos de juzgar hoy fruto, sin embargo, de la confusión y hasta de un cierto prurito provinciano, como los del benedictino Dom Luciano Serrano, quien se apresuró a refutar la hipótesis del mozarabismo de Julián pocos años después de formulada. Se apoyaba para ello en primer lugar en el probado origen burgalés de bastantes de los caballeros presentes en la conquista de Cuenca en 1177, cuyo extremo ha sido luego confirmado por Julio González. Menos sólido resulta el otro argumento, según el cual procedían asimismo de la "cabeza de Castilla" una parte importante de los componentes del primer cabildo conquense, cuando, de hecho, en la carta institucional del mismo, tan solo de uno de ellos, llamado Don Rodrigo Niño, se menciona expresamente tal origen. Más aún se le escapó al erudito abad de Silos el hecho notorio, perfectamente documentado hoy gracias a los trabajos del profesor Nieto Soria, de que durante el primer siglo de vida diocesana y ello sin duda debido a las conveniencias de los monarcas castellanos en lo tocante a la política de designaciones episcopales, los prelados de Cuenca procedieron sin excepción de las filas del capítulo toledano al tiempo que asimismo pertenecían a lo más granado de la oligarquía mozárabe asentada en la antigua capital visigoda.

Los mozárabes toledanos

Por otra parte, precisamente esta condición de miembro de la comunidad de cristianos hispanos que, validos de la tolerancia musulmana, se mantuvieron fieles a su creencia, conservando durante un tiempo clero y jerarquía propios en Toledo y en otros lugares de Al-Andalus, confiere a la figura de Julián relieve y perfiles de singular interés histórico, fuera de las connotaciones fundamentadoras que en lo religioso cupiera atribuirle. Al ser el único miembro identificado de su familia resulta difícil aventurar cualquier hipótesis tocante a la adscripción social o profesional de ésta y no lo es menos decidir si los suyos eran toledanos de origen o bien habían emigrado a la ciudad del Tajo a mediados del siglo XII en compañía de otras muchas familias que en ella y sus alrededores se instalaron, procedentes del sur andalusí, empujados por el clima de intolerancia creado por los almohades llegados de África en 1147, opuestos a seguir tolerando la no asimilación islámica de las otras "gentes del Libro". De todos modos, teniendo en cuenta la escasa entidad social del estrato mozárabe existente en Toledo al producirse su conquista en 1085, quizá lo más verosímil sea, en pura hipótesis, conceptuar como andalusíes a los ben Tauro. Otra cosa es considerar que, de hecho, bien pudo ser Toledo la cuna de nuestro personaje y, desde luego, el lugar donde discurrieron sus años juveniles y recibió lo esencial de su formación intelectual y religiosa. Sostenemos esto conjeturando que su nacimiento habría de situarse justo al filo de la segunda mitad del siglo, si se estima -en pura gratuidad- como dato verosímil que, en el momento de su muerte, ocurrida en 1208, Don Julián pudo haber rondado la entonces nada despreciable edad de sesenta años.

Constituyeron los mozárabes al comienzo del asentamiento cristiano en Toledo y su tierra, a partir de 1085 en que la ciudad fue conquistada por Alfonso VI y luego en el siglo siguiente cuando sus efectivos crecieron con la mencionada aportación sureña, un grupo urbano cuya adhesión y ayuda resultaron fundamentales para lograr los iniciales designios de afianzamiento político y social que los cristianos del norte se habían propuesto. La importancia cualitativa de los componentes de tal sector social les hizo por ello ser sistemáticamente reconocidos en los fueros particulares o generales que desde la conquista fueron siendo otorgados o confirmados a la población cristiana de Toledo. Sin embargo, andando el tiempo, el carácter tradicional y cerrado que obligatoriamente había llegado a adquirir la cultura mozárabe, su aparente sincretismo, en cuya virtud, aun siendo rigurosamente cristianos, aquellos toledanos hablaban, vestían y se comportaban externamente como si fueran musulmanes, amén del hecho de celebrar el culto con arreglo a una venerable liturgia particular, diferente de la "romano-galicana", se convirtieron en otros tantos acumulados obstáculos para el desarrollo de una política que hoy calificaríamos de "europeísta", promovida sin tardanza por los monarcas castellanos, de Alfonso VI en adelante, siguiendo en ello los pasos previos dados por navarros, catalanes y aragoneses. Obligadamente a la defensiva de unos correligionarios que no aceptaban de muy buen grado sus peculiaridades culturales y cultuales, tan solo una pequeña minoría logró al cabo remontar la crisis con suficiente holgura y aún sobrevivir como grupo conexo al menos hasta el siglo XIV. Medraron seguramente los más opulentos prestándose a colaborar con el nuevo aparato de poder cristiano al que brindarían su experiencia y saberes al precio de abandonar la defensa de algunos de sus más caros principios. El resto, mucho más numeroso, al hilo de las comunes dificultades de aquellos belicosos tiempos, se vio abocado al empobrecimiento y la marginación que, a la postre, les conducirían a enajenar, junto con el patrimonio inmueble de la familia, la identidad cultural propia.

Corte e Iglesia ofrecieron peldaños de ascenso social a los más afortunados o a los más dúctiles de entre ellos y es por esto probable que, andalusí o toledana, la familia Tauro formase parte de esa finalmente apreciada elite de la que se nutrirían, además de las curias laicas, los cabildos catedrales y las sedes episcopales, en estrecha dependencia del poder monárquico casi omnímodo en materia eclesiástica sobre aquel lejano extremo de la Cristiandad latina durante los siglos XII y XIII.

¿Qué decir de la singular dedicación pastoral que, con arreglo a la tradición recibida, le fue atribuida por los sucesivos biógrafos, y según la cual predicaba a musulmanes y judíos en su respectivo lugar de culto y en su lengua, en los días santos de la semana propios de cada comunidad religiosa? Vacila el historiador antes de interpretar el sentido de un gesto que a todas luces se le antoja inverosímil por anacrónico. Con todo, no parece desacertado considerar que bajo el gesto legendario subyazca alguna reminiscencia de la tolerancia religiosa de hecho que, incluso en aquella agitada sociedad fronteriza cristiana pastoreada por Julián, se daba todavía al comenzar el siglo XIII. Ponía quizá en práctica un estilo de comportamiento aprendido en Toledo, donde los mozárabes habían venido desempeñando un auténtico papel de puente entre las dos religiones antagónicas. De hecho, la particular síntesis cultural desarrollada por aquellos "arabizados" (musta'rab) bien pudo facilitar el tránsito imperceptible de un buen número de musulmanes al cristianismo. Mostraban la posibilidad real de compaginar con él sin rupturas la particular tradición arábiga de los vencidos, al margen de la visión excluyente del enemigo religioso importada por los cluniacenses.

La formación de un joven clérigo toledano

Si bien es verdad que ignoramos por ahora todo en cuanto a los datos concretos de la formación y estudios realizados por el hijo de Tauro y es, en consecuencia, obligado rechazar como apócrifos cuantos extremos llegaron a fijar en este terreno con absoluta certeza los biógrafos barrocos de San Julián, no nos parece irrelevante tampoco destacar en él su original adscripción al mundo clerical mozárabe. Podemos conjeturar que este joven clérigo, como otros muchos contemporáneos suyos, accediese a las fuentes latinas de la sabiduría cristiana tradicional de su propia gente y hasta quizá llegase además a familiarizarse de algún modo, gracias al conocimiento de la lengua árabe, con la superior cultura musulmana del momento, bien nutrida ya de influencias grecolatinas, la cual, por diferentes modos y vías iba siendo traspasada a los centros de pensamiento de fuera de la Península Ibérica. Inmersos de nuevo en el mundo de las suposiciones, parece verosímil sugerir que el futuro obispo de Cuenca se haya formado, bien en alguna de las varias escuelas mozárabes existentes en el Toledo de su niñez y sobre las que se asentaría sólidamente de cara al futuro la identidad cultural, religiosa y social del grupo al que pertenecía, bien en la escuela catedralicia toledana, de la que se documentan muchos maestros durante la segunda mitad del siglo XII y primeros años del XIII.

Tal y como parece era usual entonces entre la mayoría de los capitulares de la sede primada, no debió cursar en aquella sino las preliminares disciplinas del saber medieval encuadradas en el Trivium (gramática, retórica y lógica o dialéctica) y el Quadrivium (aritmética, geometría, astronomía y música).

Aunque la precisión con que ha sido trazado el más extenso texto manuscrito suyo que conservamos, corrobore el haber recibido una cuidada instrucción escolar en su juventud, nada permite afirmar que Don Julián haya sido un intelectual. Por el contrario, según debía ser común entre los prelados de entonces, la documentación que le concierne inclina más bien a subrayar su condición de hombre de acción y gobierno enfrentado a las enormes dificultades por las que en sus días atravesó Castilla. Ha de calificarse por ello de exorbitado esfuerzo hagiográfico el inverosímil intento de convertirle en alumno e incluso maestro del Estudio General de Palencia. La simple cronología desmentiría incluso la hipótesis, dado que de las primeras actividades de aquel, aún como simple escuela capitular, no se tiene noticia antes de la década de 1180-1190, en alguno de cuyos años debió recibir el apoyo del rey Alfonso VIII, previo a la ulterior sanción pontificia otorgada por el papa Honorio III en 1220, seis años después de que la muerte del monarca castellano hubiera hecho tambalearse el sustento material del centro, dependiente hasta entonces de su mecenazgo. Tampoco era preciso suponerlo alumno de Averroes (1126-1198) en Córdoba, primero porque no hay documento alguno que avale tal hipótesis, ni tampoco la hacen verosímil las circunstancias de álgido enfrentamiento entre musulmanes y cristianos que tuvieron lugar durante la juventud de ambos, ni menos aún hubieran facilitado después el encuentro los particulares detalles de la vida del filósofo, perseguido él mismo al final de ella por su independencia intelectual, en momentos en que la intransigencia del Islam ortodoxo respaldaba las coetáneas ofensivas de los frentes de guerra.

Familia y carrera eclesiástica

Mucho menos presente en la documentación conservada que otros linajes como los de Polichení, Illanes, Palomeque o Ruiz, fuera del patronímico Tauro -apellido o mote paterno-, poco más sabemos, como va dicho, de la familia de Don Julián. De la existencia de un hermano, probablemente más joven que él, llamado Martín, arcediano también, pero cuyo título ignoramos, aunque sea verosímil pensar que pudo haber heredado el de Calatrava, luego de la promoción episcopal de Don Julián, nos informa el ya citado documento suscrito por éste en 1201 y por el que instituía un aniversario en la catedral toledana.

En cuanto a la carrera eclesiástica de nuestro personaje, podemos conjeturar que, si fue nombrado arcediano de Calatrava, su temple humano debió verse puesto a prueba innumerables veces, lo que le convertiría en un ejemplo claro de ese tipo de clérigo "de frontera" del que ha hablado Lineham al intentar explicar tanto la independencia disciplinar como la franca irregularidad canónica que afectaba a la iglesia hispana en el siglo XIII. La tradición historiográfica local sostiene haber sucedido en el cargo a quien le precedería en la silla diocesana de Cuenca, el también toledano y mozárabe Don Juan Yáñez, identificado sin verosimilitud alguna por la misma tradición, como "hijo de Juan Álvarez, uno de los capitanes que asistieron a la conquista de Cuenca".

Un obispo de frontera

Enclaves uno y otro punto de esencial importancia estratégica en las dos fronteras, oriental y meridional del avance cristiano, parece como si Calatrava y sus tierras hubiesen sido consideradas por el monarca castellano una excelente escuela de formación para prelados enérgicos, destinados luego a la vanguardia de la implantación eclesiástica que necesariamente acompañaba a las acciones de repoblación del territorio reconquistado.

No faltaba sentido político a la decisión de establecer a partir de entonces sobre aquellas tierras, todavía objeto de disputa con los musulmanes, una jerarquía eclesiás­tica tan firme y eficaz como la existente en otras regiones de mayor solera cristiana de la península. Los obispos, designados durante muchos años, como queda dicho, entre los miembros de unas cuantas encumbradas familias de la elite mozárabe toledana, pondrían en marcha junto con los miembros del cabildo de la catedral un proyecto de organización canónica del nuevo te­rritorio con arreglo a un preciso esquema jerárquico. Le seguiría su vertebración a través de la implantación de las dezmerías con la misma delimitación con­tributiva del suelo ya establecida en villas y aldeas, como base del sistema fiscal de la diócesis. Todo ello haría posible la inmediata colación de los respectivos beneficios parroquiales, desde los que ejercerían los clérigos titulares suyos la correspon­diente tutela parroquial sobre los moradores de los nuevos asentamien­tos. Una parte de la empresa repobladora caía así bajo la tutela de las autoridades eclesiásticas, lo cual les permitiría obtener patrimonio, ejercer su particular jurisdicción, percibir por donación derechos e impuestos de los pertenecientes al rey, introduciéndose con ello en la zona un esquema de auténticas rela­ciones feudales más cómodas de tolerar para la Corona que si estuvieran en manos de señores laicos, las cuales habían de ser capaces también de contrapesar la excesiva autonomía que a los concejos repobladores pudieran otorgar los fueros que se les iban concediendo.

La dirección fiscal y jerárquica del territorio a cargo de la nueva Iglesia, resulta evidente que corrió pareja con la sucesiva ocupación militar del mismo, si nos fijamos en que los arcedianos, como jerarquías inmediatas al obispo, fueron situando sus sedes en localidades como Cuenca, Alarcón y Cañete -trasladada con posterioridad y en virtud de la mismas razones estratégicas a Moya-, donde además de la vieja retaguardia instalada en Huete, se organizaron concejos forales cuyo papel fue clave dentro del proceso ofensivo/­repoblador de las fuerzas cris­tianas.

A fines de julio de 1197, ostentando todavía la dignidad de arcediano de Calatrava, en virtud de la ya referida escritura arábiga, constituía su patrimonio raíz personal. Es muy probable que la decisión de adquirir aquella finca la tomase Don Julián porque ya sonaba su nombre en los medios cortesanos como sucesor del primer prelado conquense, quien debió morir a mediados de diciembre de 1197.

Poco era lo que había llegado a poder hacerse en la nueva diócesis de Cuenca durante los catorce años que duró el pontificado de Don Juan Yáñez entre 1183 y 1197, fuera del establecimiento de las grandes líneas organizativas en lo pastoral y en lo económico. El estado de guerra permanente y la todavía problemática implantación en distintos aspectos de los asentamientos repobladores cristianos no dejaron seguramente espacio para mucho más al protoelecto y a los demás clérigos llamados a colaborar con él de diversos lugares como capitulares o párrocos.

Cupo, pues, a Don Julián, en medio de todas aquellas difíciles circunstancias, impulsar la organización del aparato institucional diocesano. Al comenzar su pontificado, esto es, en abril de 1198, otorgó Alfonso VIII un documento en el que reiteraba su voluntad, ya declarada anteriormente a través de las primeras donaciones dotales al patrimonio capitular y episcopal, de seguir contando con los prelados conquenses como eficaces aliados de sus objetivos políticos. En prueba de tal confianza y seguramente luego de recibirle el previo homenaje feudal, confirmaba al recién consagrado obispo de Cuenca la posesión de los dos señoríos otorgados a su antecesor. El de Pareja al norte del obispado, próximo a las bases relativamente más seguras de la retaguardia, desde donde había partido veinte años atrás la ofensiva reconquistadora sobre la fronteriza fortaleza conquense y había recibido además el suyo en 1190 el concejo constituido en ella. El otro había sido creado en 1183 sobre la aldea de Abia, llamada antes Sarzola, dependiente primero de la tierra de Huete, pero incorporada después de la conquista a la demarcación de la ciudad de Cuenca con la autorización de cuyo concejo había hecho el rey su anterior ofrenda. Recibida seguidamente la anexión de la aldea de Huerta, sobre ambos núcleos se establecería el distrito señorial de la Obispalía conquense.

Decisión regia no menos importante que las enunciadas sería la autorización otorgada en abril de 1199 para que el obispo y la iglesia catedral de Cuenca pudiesen poseer sin obstáculo cuantas heredades adquiriesen dentro de la diócesis por compra o donación. Es muy posible que se pretendiese regularizar con ella bastantes operaciones de tal signo realizadas hasta la fecha de espaldas a las disposiciones contrarias previstas en el Fuero quizá de resultas de los abandonos de tierras y movimientos migratorios que la presión almohade hubiera provocado después de 1195. Una vez más se mostraba patente el singular papel que a prelados y canónigos atribuían el joven monarca y sus consejeros en la ordenación del territorio recién ocupado, junto a los concejos cabezas de tierra, por lo que no vacilaban en aceptar a cambio el inevitable crecimiento de las bases de su poder estamental.

Mientras que las disposiciones civiles y canónicas prohibían genéricamente y con todo rigor la venta a los sarracenos de armas o alimentos, "pan, queso u otra cosa que pueda mascarse", no obstante, el Fuero excluía expresamente del veto a los ganados vivos, razón por la cual reglamentaba asimismo la retribución y las garantías que debía dar el exea o conductor de las recuas de ganado remitidas desde las de Cuenca a tierra de moros para ser allí vendidas, intermediario también a veces en el intercambio de rehenes y rescates. De todo esto da idea igualmente la importancia concedida a la posesión y control de las salinas del territorio y de portazgos como el del castillo de Paracuellos, concedido a Don Julián y sus sucesores por Alfonso VIII el año 1200, punto de paso obligado para los rebaños de nobles y monasterios que, en otoño, siguiendo el curso de los ríos Guadazaón y Cabriel, iban camino del Levante y la Mancha meridional.

No hay aquí lugar para encarecer la importancia económica de la sal en tiempos pasados, ni tampoco de insistir en el hecho de que el grado de control ejercido por los reyes sobre las salinas haya sido establecido como un adecuado parámetro al que acudir a la hora de evaluar el alcance de la autoridad monárquica en un momento dado, pero, abundando en ello y en lo expuesto, procede apuntar también el tenor de la donación de Peralveche, otorgada por Alfonso VIII al obispo y cabildo conquenses en el mes de julio de 1203. Ratificadas ambas instituciones en el papel de colaboradores a la ordenación administrativa de la zona que el propio Alfonso VIII les confiriese desde el principio de la conquista, quedaron asimismo encargados de guardar los caminos que dominasen las peñas de Peralveche con el fin de evitar que la sal de Medinaceli abandonase, camino del de Aragón, el reino de Castilla. Ello les obligaría a levantar y mantener allí una fortaleza, pero, a cambio, podrían comerciar donde quisiesen con los sesenta cahíces de sal de aquella misma salina que se les autorizaba a comprar.

El gobierno diocesano

En lo directamente tocante a la organización diocesana, correspondió a Don Julián la tarea de ir asentando con mayor solidez institucional de la lograda hasta sus días algunos aspectos fundamentales de ella. Entre las principales disposiciones de gobierno por él adoptadas entonces se cuenta la promulgación del después llamado Instituto de San Julián, en el cual se contienen las normas básicas de funcionamiento futuro de la economía capitular, referida al método a seguir a la hora de distribuir entre los miembros del clero catedral aquellas rentas que por diferentes vías le eran satisfechas, por lo cual podríamos considerarlo el primero de los estatutos capitulares por los que se han venido rigiendo los canónigos de Cuenca.

Hombre de talante conciliador, diversos son los documentos que testimonian de la capacidad negociadora del obispo Julián al frente de los asuntos diocesanos. Recién nombrado obispo, corroboró con su firma la sentencia arbitral dada por el arzobispo de Toledo Don Martín en julio de 1198 para concluir los litigios que enfrentaban con su cabildo a Don Rodrigo, obispo de Sigüenza. Después, fueron varios los conflictos surgidos en su propia diócesis en los que le tocó mediar.

Por prescripción canónica que los diferentes fueros confirmaban, los clérigos se hallaban sometidos a la exclusiva jurisdicción del tribunal episcopal, pero los problemas se presentaban cuando aquellos pretendían que la jurisdicción eclesiástica amparase también a sus dependientes y criados. Sendos acuerdos, ratificados por Alfonso VIII en 1207, delimitaron las respectivas competencias. En el conservado en el Archivo Municipal, el más breve de los dos, referido globalmente a todo el estamento clerical, se establece por principio que los hombres laicos de los clérigos, esto es quienes conviviesen con ellos ligados por alguna relación de dependencia personal, habían de someterse al juicio de los alcaldes y de él apelar al tribunal regio. En contrapartida se les reconoce la misma exención tributaria de que pudiesen disfrutar sus homólogos al servicio de los legos de Cuenca, así como la eligibilidad para entrar en el sorteo anual de alcaldes y jueces. El documento del Archivo Capitular, bastante más explícito en cuanto a los pormenores de las posibles circunstancias de conflicto que pudieran enfrentar a los cives conquenses con los homines de los canónigos, se refiere, en principio, a ellos definiéndolos a partir de una relación de comensalía ordinaria con estos últimos: "qui suum panem comederint et cum eis in domibus suis steterint" (que comiesen su pan y permaneciesen con ellos en sus casas ), situación que les impediría disfrutar de todas las prerrogativas sociales y políticas que acompañaban a los vicini. A continuación, detalla los delitos, lógicamente los calificados de más graves por la normativa foral, por los que ineludiblemente tales homines habían de responder ante el tribunal concejil: homicidio, hurto, violación de mujer y allanamiento de morada, justo aquellos en los que el palatium del rey tenía derecho a percibir una parte de la caloña impuesta como pena. Para el resto de los delitos la demanda sería presentada ante el tribunal del deán y la apelación se formularía ante el del obispo. Frente a ambos, la verdad sería esclarecida mediante testigos, evitándose responder, tanto por parte de los acogidos a la norma canónica como por los laicos, al reto a combate judicial, de cuya prueba eximía el Fuero a los clérigos. Los demás criados de los canónigos, tanto los poseedores de patrimonio propio como los asalariados, yugueros, pastores, hortelanos o molineros, quedaban siempre sometidos a la jurisdicción del tribunal civil, mientras que se les reconocía asimismo la exención tributaria y los plenos derechos de ciudadanía.

Complejas las relaciones entre autoridades laicas y religiosas, no parece que reinara entonces tampoco la paz fraterna entre los componentes del estamento clerical. En aquellos balbuceos institucionales de la diócesis, tanto el sustrato feudal del régimen jerárquico vigente, como la obligada compartimentación estamental derivada del mismo, ayudan a entender las razones de los conflictos planteados.

Si con la justicia civil eran cuestiones de preeminencia social y política las debatidas, entre los clérigos prevalecieron las de índole material. También en Cuenca, como había sucedido algunos años antes en Toledo, la ambición y la arbitrariedad de los principales jerarcas diocesanos, miembros del cabildo de la catedral, fueron las principales causas de las querellas surgidas, resueltas mediante concordia en 1207.

Un hombre de gobierno eficaz

En 1198, primer año del pontificado del hijo de Tauro, sonaban todavía en Castilla los ecos nefastos de la derrota sufrida en Alarcos por las tropas cristianas en julio de 1195. A ella siguieron aún querellas y enfrentamientos entre el rey de Castilla y su primo el rey Alfonso IX de León. Como consecuencia de tales diferencias, ciertas zonas del dominio castellano quedaron desguarnecidas, de modo que los almohades, aliados en aquella sazón de los leoneses, pudieron hostigar la misma capital toledana, andando, además, entre otras, las comarcas de Cuenca y Uclés a fines de 1197, según cuentan los Anales Toledanos:

"A otro año vino el Rey de Marruecos para Talavera e por Maqueda e por Toledo e por Madrit e por Alcalá e por Orella e por Uclés e por Huepte e por Cuenca e por Alarcón, e de sí fuese por la ira de Dios, Era MCCXXXV."

No cabe duda de que como resultado de aquellas talas e incursiones predadoras el hambre y la peste afligirían a los conquenses refugiados tras los muros de su inexpugnable baluarte serrano. Fue en este preciso instante cuando, según parece, llegó Julián a la ciudad del Júcar, donde de inmediato debió dar muestras de unas excepcionales dotes de organización y gobierno, afanándose en paliar por todos los medios a su alcance el doble azote que padecían sus súbditos diocesanos. La tradición luego, convirtiendo en gesta idealizada lo que no era sino prueba de previsión eficaz o habilidad mercantil, al margen del sentido de la responsabilidad pastoral y demás compromisos morales que las inspirasen, otorgaría rango milagroso a las iniciativas de aprovisionamiento de la ciudad puestas en marcha por el nuevo prelado y de aquí se derivarían buena parte de los trazos míticos con los que siglos más tarde se dibujaría la biografía del personaje.

De la actividad política de Don Julián, inexcusable en un prelado medieval, tan solo un puñado de documentos emanados de la cancillería regia, recogidos todos en la Colección Documental de Alfonso VIII reunida por Julio González, nos facilitan unos cuantos detalles que las crónicas coetáneas ayudan a fijar. Así, desde febrero de 1199 hasta los últimos días de enero de 1208 su nombre aparece ininterrumpidamente junto al de los demás prelados castellanos confirmantes de aquellos. Es muy probable también que la confianza merecida al soberano creciese a medida que éste iba valorando sus cualidades personales y los servicios recibidos, según cabe conjeturar al fijarse en la evolución del protocolario tratamiento de la directio de los documentos a él concernientes, que pasa del escueto "dompno Juliano" de los primeros días de su episcopado, al entusiasta "karissimo ac venerabile amico meo" otorgado en 1203.

Aparte de su memoria sublimada y posterior fama milagrosa, la obra visible más perenne de Don Julián la constituye sin duda la iglesia catedral conquense, por haberle atribuido la tradición el inicio de sus obras y hasta la primera consagración, extremos éstos a los que posiblemente quepa otorgar algún valor testimonial aun cuando no sean del todo exactos. No podemos hacer aquí la mención detallada que exige cualquier referencia formal a este templo, sin duda el más original de cuantos, dentro del mismo estilo protogótico, fueron alzados entonces en España. Cabe aludir tan solo a que los indiscutibles rasgos innovadores presentes en su arquitectura apuntan a una explícita actitud modernizadora en lo estético, manifestada de un modo muy notable por sus iniciales promotores, clérigos y laicos. No puede olvidarse la sólida vigencia formal que, todavía a fines del siglo XII, tenía el estilo románico en la mayoría de las manifestaciones artísticas menores de entonces, por lo que la adopción de un proyecto tan novedoso y el apoyo dado a sus primeras directrices de ejecución, contrastan con el conservadurismo que presidía a la sazón el diseño de la mayoría de las edificaciones religiosas rurales construidas durante aquella etapa del proceso repoblador castellano. Los patronos de tales iglesias rurales, firmemente anclados todavía en la estima funcional y suntuaria del viejo estilo, se hallaban lejos de apreciar aún las novedades artísticas que, procedentes de Francia y con el apoyo expreso de la corona castellana, promovían cabildos y obispos al vencer el mil cien, allí donde se emprendía la edificación de una nueva catedral o era reconstruida otra anterior. Las de Cuenca y Burgo de Osma, cuya planta primitiva de cabecera debió ser casi idéntica, además de ofrecer sendos ejemplos de lo dicho, proporcionan una muestra evidente de la excelente acogida dada al nuevo lenguaje arquitectónico por sus respectivos cleros urbanos.

Volviendo a Don Julián y a la traza que de sus actividades hallamos en los documentos conservados, parece que, luego de haberse hallado con toda probabilidad en la corte durante el mes de marzo de 1207, solventando en ella problemas que directamente le concernían como ya hemos visto, debió retornar a Cuenca, sin que sepamos exactamente cuándo. Aunque su nombre figura entre los confirmantes de los documentos emitidos por la chancillería regia durante los meses siguientes, no parece verosímil del todo que tales suscripciones hayan supuesto siempre la presencia real de los personajes que las formulaban en el preciso momento de la redacción de los diplomas. Así parece indicarlo el que, pese a haber ya muerto, ignorada aún en la corte la noticia de su fallecimiento, todavía aparezca "Julianus conchensis" en la lista de prelados castellanos que el 31 de enero de 1208 autorizan cierta exención tributaria concedida por Alfonso VIII a la catedral de Palencia.

Debió enfermar gravemente en los últimos meses de 1207 y consciente sin duda de que el final de su vida se acercaba, en la Navidad de aquel año, Don Julián se dispuso a comparecer ante el tremendo juicio del tribunal de Dios. Realizaría pues una última donación al cabildo de la sey conquense buscando lograr mayor benevolencia en el supremo juez, gracias a la oración corporativa que, tan luego muriese, sería vertida en el coro catedral para interceder en favor suyo. Completaba con ella la que don Juan había hecho al vestuario en 1195 de la mitad de las rentas de Cañete y sus aldeas, cediendo ahora a los capitulares la otra mitad que aún restaba a la mesa episcopal.

Para dotar su aniversario en la catedral de Cuenca había dejado ya Don Julián una renta anual de veintisiete maravedís, gravados sobre los diezmos de la aldea de Olivares de Júcar, o bien sobre las rentas de los molinos existentes en ella junto a este río, un préstamo cargado a los ingresos de la parroquia del Salvador de Cuenca y el producto del arrendamiento de uno de los huertos con casa aneja -llamados aquí hocinos- próximos a la ciudad, propiedad del cabildo, y cuya posesión disfrutaban individualmente los canónigos por atribución vitalicia inherente a sus respectivos beneficios.

No cabe duda de que, de hecho y en términos de historia auténtica, la biografía íntima de San Julián se nos escapa por completo, con arreglo a la idea que en la actualidad nos hacemos de lo que ha de ser una aventura espiritual personal. Nada podemos saber de cómo pudo transformarse en su interior el hijo de Tauro, sometiéndose dócilmente al dictado de la gracia en cada uno de los episodios de su vida.

No conviene olvidar tampoco que, por intemporal que sea la universal llamada a la santidad, el modo de vivir la trascendencia en el siglo XII era radicalmente distinto a como podamos intuir ésta hoy. La invitación a practicar las virtudes evangélicas en estricto seguimiento de quien las proclamó no tiene época. Nosotros nos hallamos, sin embargo, lejos de la visión por completo atemorizada del juicio divino que, por encima de cualquier otra consideración espiritual, entonces obsesionaba a los creyentes, quizá en mayor grado cuanto mayor fuese su nivel de instrucción teológica. Tocante al negocio de la salvación personal, importaba por encima de todo salir bien librado del terrible examen que Dios hacía a cada uno al morir. Así lo proclamaban a los ojos de todos las escenas esculpidas o pintadas en los tímpanos de las puertas o los ábsides de innumerables iglesias, de las ermitas a las catedrales. Necesario era contar siempre con intercesores eficaces ante el supremo juez, fuesen éstos la Virgen, los santos o una comunidad de orantes, perpetuamente encargada de mantener unidos el mundo terreno y el celestial a través de una continua plegaria litúrgica.

Por eso hizo Don Julián generosas donaciones económicas a los canónigos de Toledo y Cuenca; le animaba la esperanza de que las oraciones de éstos contribuyeran a inclinar la benevolencia divina en lo tocante a la pena que sus culpas personales pudieran merecerle en la otra vida. El hombre de concordia y gobierno, seguramente también prelado caritativo y generoso, que nos permite atisbar la documentación de su tiempo recibida, tan solo nos ha transmitido de su piedad personal aquellos gestos de temerosa confianza en el perdón de sus culpas y las de sus parientes, plasmados en las donaciones hechas a los cabildos de las catedrales de Cuenca y Toledo.

Había de pasar aún mucho tiempo antes de que empezara a hablarse de su vida trascendente, ligada primero a la sublimación de su buena memoria como prelado limosnero mediante una celebración litúrgica ininterrumpida desde 1471 y confirmada luego ostensiblemente gracias a la fama de taumaturgo cobrada con ocasión de las milagrosas curaciones que en torno a su tumba se operaban, antes y después del hallazgo de su cuerpo incorrupto en 1518. Después, poco a poco, el culto y la leyenda irían embelleciendo, con arreglo a las necesidades y exigencias de la política, la pastoral y la piedad, los rasgos biográficos escuetos legados por la tradición oral y escrita, de cuyos más relevantes aspectos hemos dado hasta aquí cuenta sucinta.

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