Domingo, 28 de Febrero de 2021

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LA FIRMA CON 'EL GARRANCHO' 05 FEBRERO 2021

Una vida junto al campanario

El Garrancho.

El Garrancho. / El Garrancho

UNA VIDA JUNTO AL CAMPANARIO

Acaban de escuchar las campanas anunciando las 12 horas, desde la ermita de San Isidro, población situada en la Diputación de La Magdalena en el oeste cartagenero.

Reloj de la Iglesia de San Isidro. / Alvaro de la Z

Los mayores de la zona cuentan que les contaron, que fue construida a principios del siglo XIX, cansados los habitantes de San Isidro, de que cada vez que corría la rambla de Benipila les impidiera el paso para asistir a misa en la ermita de La Magdalena. Originalmente era una edificación de una sola nave y pequeñas capillas laterales. En 1963 se inició la construcción sobre el baptisterio, de la torre de cuatro cuerpos coronada por una linterna, que se eleva como un faro visible desde la lejanía. Terminó de edificarse en 1965, tal y como atestigua la fecha inscrita en la campana.

Unos años después, el viejo reloj que estuvo en el campanario de La Aljorra, se trasladó al tercer cuerpo de la torre, activando la campana durante varias décadas, hasta que en las fiestas patronales de 2009, a través de una colecta popular, fue sustituido por un campanero electrónico.

Campanario de la Iglesia de San Isidro. / Alvaro de la Z

Las campanadas resuenan desde las 7 de la mañana hasta la medianoche, transmitiendo sus ondas acústicas entre el sonido silencioso del campo, sin embargo, esto no genera denuncias por ruidos, ni tan siquiera de los vecinos más próximos.

Entre ellos se encuentran Alfonso Hernández Fuentes, de 89 años, nacido en Cuesta Blanca y su esposa Juana Pérez Martínez, natural de San Isidro, con 86 años.

Alfonso y Juana. / Alvaro de la Z

Alfonso “a los 7 años ya estaba guardando cabras”. Su familia tenía el pozo de “Los Fuentes” y un motor con él que abastecían las tierras de cultivo. Haciendo el servicio militar en la batería del Roldán, el capitán le encargó comprar unos pavos y se encaminó a San Isidro. Allí le echó el ojo a una chica. Era Juana” la peluquera”, la hija de Francisco Pérez Solano “El panadero”. En las fiestas de las cuadrillas comenzó a “arrimarse” a ella y años más tarde terminaron contrayendo matrimonio.

La familia de Juana siempre ha tenido una vinculación especial con la iglesia por la proximidad de su vivienda. Recuerda que durante la guerra civil quemaron los santos. “Después de la guerra el que tenía una fanega de tierra era el que comía. Venían de Cartagena a llevarse lo que había”. Sus abuelos fueron los primeros que “llevaban” los libros de la iglesia, las cosas del cementerio y otras tareas que heredaron junto a la casa.

Juan Francisco, unos de sus hijos, de crío, cada tres días al salir del cole, subía las escaleras de la torre para elevar con cuerdas las tremendas pesas del reloj. Tan pesadas eran que, en una ocasión, una se soltó atravesando el techo y cayendo al lado de la pila bautismal sin provocar daños personales, lo que se consideró como “milagroso”, ya que unos instantes antes la iglesia estaba abarrotada.

Hoy por hoy, la maquinaria del viejo reloj está en desuso y permanece oxidada como testigo de lo artesanal y lo añejo, conviviendo junto al aparato pilotado por un microprocesador que realiza automáticamente las funciones sobre las campanas vía satélite.

Los métodos manuales y tradicionales han cambiado, pero el tiempo, aquel que sentimos pasar cuando escuchamos las campanadas o miramos la hora en el móvil, sigue marcando nuestras vidas, como las de Alfonso y Juana. Una vida junto al campanario superando las circunstancias adversas y considerando los hechos de la vida verdaderamente valiosos, como son para ellos el amor de sus hijos, la familia, los verdaderos amigos, los buenos vecinos y la tranquilad de los pueblos de nuestro campo, aunque ya no se puedan “tener las puertas de las casas abiertas”, como antaño.

Se despide en esta ocasión esta firma con un trovo compuesto por Isabel María Martínez Martínez “La Pichiricha” de La Aljorra

El oeste está hermanado

desde que el tiempo empezase

y por mucho que este pase,

siempre sigue conectado.

El sonido lo ha logrado

del reloj y su campana,

que cuidan Alfonso y Juana

cultivando su raíz.

Pura desde la matriz,

tradición de aquí emana.

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