Martes, 13 de Abril de 2021

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Coronavirus Covid-19

Euskadi no ha buscado variantes de la COVID-19 hasta diciembre

Desde ese mes, Osakidetza ha empezado a vigilar las variantes británica, sudafricana, brasileña y otras 1.000 cepas de coronavirus surgidas en Euskadi desde el comienzo de la pandemia

Un varón acude a vacunarse contra el Covid-19

Un varón acude a vacunarse contra el Covid-19 / Europa Press

Euskadi arranca su segundo año de pandemia. Desde aquel lejano 28 de febrero de 2020 en el que se confirmó el primer caso de coronavirus en el País Vasco, Osakidetza ha detectado casi 200.000 casos de COVID-19 en el territorio. Hubo que esperar diez meses hasta que llegase la esperanza de la vacunación y ahora, con dos meses de inoculación de las dosis de Pfizer, Moderna y AstraZeneca, el escenario para combatir la pandemia ha experimentado un considerable cambio.

Unos cambios que el Gobierno vasco ha recogido ya en su nueva estrategia para combatir el virus. El plan Bizi Berri III ya ha sido claro con cuáles son los dos factores más importantes a tener en cuenta de ahora en adelante: el efecto positivo de la vacunación y los efectos adversos que pueden generar cepas como la británica, la brasileña o la sudafricana, más transmisivas que la variante común que ha azotado a Euskadi durante este primer año. De hecho, Bizi Berri III plantea dos escenarios completamente opuestos en esta segunda primavera pandémica: un ‘efecto vacuna’ que permite mantener la incidencia acumulada por debajo de 300 o un duro golpe de las cepas que hagan imposible a Euskadi bajar la incidencia acumulada de esa cifra de 300 casos por 100.000 habitantes.

Ante este panorama, resulta evidente que la secuenciación —el proceso que permite identificar las variantes del virus al extraer todo el genoma de las pruebas positivas— pasa a ser clave para conseguir que la pesadilla en la que se ha convertido el día a día en Euskadi desde hace un año se acabe. No sólo por la necesidad de vigilar el avance —en buena medida, inevitable— de las variantes extranjeras ya conocidas, sino también por vigilar las más de 1.000 variantes vascas de la COVID-19 que han surgido desde el comienzo de la pandemia. El virus, por pura selección natural, va a buscar formas de mantenerse presente en la sociedad y por ello es más importante que nunca vigilar las distintas variantes.

Una vigilancia que Osakidetza no empezó desde el pasado diciembre. Pese a tener equipos para ello, el servicio vasco de salud no empezó a secuenciar con cierto ritmo muestras de COVID-19 hasta que las autoridades europeas alertaron de la cepa británica en ese mes. Hasta entonces, apenas se habían estudiado algunos brotes hospitalarios —como el del área de Hematología de Basurto— en un esfuerzo por poner a punto la maquinaria y preparar al personal para cuando llegase el momento de abordar en profundidad la secuenciación.

Ahora mismo, sólo dos de los cinco laboratorios que tratan con muestras de coronavirus son capaces de secuenciar el genoma de la COVID-19. Son los laboratorios de BioDonostia y BioCruces. En este segundo trabaja el microbiólogo Mikel Gallego. Gallego es uno de los responsables de vigilar el avance de las nuevas variantes del virus. Una labor que se realiza por tres métodos: la secuenciación masiva, la secuenciación por el método de Sanger y unos tests PCR especiales.

La secuenciación masiva es el proceso que permite ver toda la cadena genética del virus. Es la única forma de poder detectar nuevas cepas más allá de las ya conocidas. Una labor que se hace aleatoriamente secuenciando aleatoriamente “unos 100 positivos cada semana” y que es la que permite mayor precisión y mayor vigilancia. Sin embargo, es la más cara: cada secuenciación completa de una muestra de COVID “cuesta unos 150€”, según explica Gallego.

Junto a ello, están las secuenciaciones parciales. Un proceso que sólo identifica la cadena genética en aquellos puntos donde las nuevas variantes se diferencian. Especialmente, en la proteína espícula-S, clave en la transmisibilidad del virus. Este proceso se realiza más ampliamente, pero sólo detecta las cepas ya conocidas, porque van específicamente buscando aquellos aspectos en los que se identifican estas variantes.

Por último, las pruebas PCR. Desde hace unos meses, Osakidetza cuenta con unos tests capaces de detectar las nuevas variantes de la COVID-19 y que se usan en aproximadamente el 50% de las pruebas diagnósticas que se hacen cada semana. “Una de las PCR que veníamos usando durante toda la pandemia es susceptible de detectar una de las variaciones de la cepa británica. Ahora mismo en todos los laboratorios de Osakidetza que trabajan con muestras de coronavirus se han adquirido PCRs concretas que son capaces de detectar variante británica, sudafricana y brasileña”, afirma Gallego.

“LAS VARIANTES NO REQUIEREN NUEVAS MEDIDAS”

Pese al avance de estas nuevas variantes y su posibilidad de generar una mayor prevalencia, Gallego le quita hierro al avance de las nuevas cepas de COVID-19 a pesar de lo dicho en Bizi Berri III: “Estas variantes se combaten de la misma forma que cualquier otra versión normal del virus. Hemos visto como países con una prevalencia del 80% como Gran Bretaña han aplacado su tercera ola”.

Pese a ser más contagiosas, las nuevas variantes siguen teniendo las mismas vías de infección y, por tanto, cree Gallego que el uso correcto de las medidas de protección (mascarilla, distancia social e higiene de manos) será suficiente para doblegar a estas variantes como ya se ha hecho en países como Reino Unido, Sudáfrica o Dinamarca.

Lo importante pasa ahora, según el microbiólogo de Cruces, porque las medidas de contención sean adecuadas y la desescalada no sea tan precipitada como en Navidades: “Si las medidas de contención son buenas y la desescalada no es muy temprana, no hay motivos para la alarma. Cuanto más se consiga bajar la incidencia acumulada para el momento de desescalar más difícil será que un crecimiento exponencial llegue a ser preocupante”, concluye.

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