Jueves, 24 de Junio de 2021

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Un gato perdido recorre las piedras y otros recuerdos del terremoto de Lorca

Montaje de fotos de Lorca al día siguiente del terremoto

Montaje de fotos de Lorca al día siguiente del terremoto / Ayuntamiento / UME / Cadena SER

Nota del Autor: Escribo este texto mientras escucho una y otra vez esta canción de Mari Samuelsen, por si queréis oírla vosotros también mientras leéis. 

Le pido a mi cabeza que me lleve hace 10 años y no quiere. No quiere volver a aquella noche en Lorca, con mi camisa gris y un micro amarillo de la SER.  No quiere encontrarme deambulando por las calles como un zombi, buscando vidas que contar en la radio. Qué iluso. En aquella noche no encontré historias. Solo encontré tristeza.

Le pido a mi cabeza que me lleve a hace 10 años y se resiste. No quiere recordar a Joaquín -inseparable técnico de Radio Murcia y amigo- conduciendo en dirección contraria a las ambulancias que desalojaban el Rafael Méndez. Las sirenas se reflejaban en sus ojos. 

La realidad es que ni él ni yo hicimos nada extraordinario: simplemente corrimos hacia delante y buscamos historias entre las tristezas.

Lo que pasa es que diez años en la vida de perros de un periodista son como setenta en la vida de un humano. Muchas sintonías sonando y muchas penas que no son mías que no quiero recordar.  Pero para contarlas bien, hay que vivirlas de cerca. Y claro, bueno no es acercarte. Bien no te hace estar tan cerca del dolor. Pero nadie que quiera hacer bien este oficio está bien de la cabeza.

Así que empujo a las neuronas, a mi piel de gallina, a volver atrás en el tiempo. Y de repente estamos todos en aquel espacio hosco y violento, aquella noche oscura llena de cascotes y golondrinas. Un lugar que pide no ser recordado a la vez que grita serlo: Lorca.

 "Olvídalo, te hace daño", dice mi mente. "No lo olvides, sigue contándolo", dice mi corazón. 

En este esfuerzo que hago ya no me salen historias completas. Empiezan a faltar huecos. Las neuronas se mueren con los recuerdos y ahora ya solo veo fogonazos. He pensado que es buena idea -o no- que las anote en esta página. Quiero desembarazarme, si puedo, de algunas de ellas. Sacarlas de mí para siempre. 

Allá van.

El hombre en pijama con el pelo blanco y una manta roja andando solo por la calle. Nos cruzamos y le hablo porque le veo andar muy despacio y un poco desorientado. Le pregunto si está bien. Me dice que sí y sigue andando como si nada. Cinco segundos después se da la vuelta y me dice: "tengo Alzheimer y estoy solo".

La familia que saca a la madre "mareada" del piso. Sin un solo rasguño pero a punto de desmayarse. Las hijas revisan: "No le pasa nada, es la casa la que está torcida", dicen.  Entramos y siento el vértigo. El suelo está vencido a la derecha. Los muebles están apoyados contra las paredes. Los platos de la merienda y unos bocadillos están en el suelo. El tiempo se ha parado y el espacio se ha torcido.

Las hermanas que lloran por un piano. Una herencia familia de muchos años, me dicen. Y la casa está llena de grietas y les han pintado el maldito punto rojo que no permite la entrada. Y el piano está dentro, inmóvil y solitario, recubierto de cascotes.

La casa "Lasaña". Le escucho la expresión a un técnico del Ayuntamiento y no la entiendo.  No. Hasta que veo los muros y techos de una casa que se han derrumbado aplastando todo a su paso. Los muebles hechos astillas, muñecos, lámparas... la vida entera de una familia. Nunca más la palabra lasaña tendrá otro significado que ese.

Un muro se derrumba detrás de nosotros. Mientras hace declaraciones el presidente. Nos pilla por sorpresa a todos. La gente grita, aúlla pensando que es otro terremoto. Unas vecinas lloran y se abrazan. Suena como una explosión. Miramos arriba y es la gente de la UME, a lo lejos, derribando la cornisa de un edificio alto. El miedo a las cosas a punto de romperse.

Casas abiertas y puntos rojos.  Los agujeros en las fachadas dejan ver objetos que las familias habían tenido que abandonar en la huida. En una casa me fijo en una caja con juguetes. Se ha colado por el boquete en la fachada y están desparramados por calle. Nadie los recoge del suelo. Forman un tapiz irreal, pesaroso, sin sentido.

La Viña y San Fernando. "Es como una zona de guerra", me dice un policía amigo en una confidencia. "Piénsalo antes de ir para allá", señala. Inconsciente, pienso que quizás exagera. Luego, mientras paseo por los barrios devastados por el seísmo, recuerdo que estuvo en Mostar con los cascos azules.

En Radio Lorca, hay un momento en que me encuentro por primera vez con mis compañeros: Cristina, Lázaro, Maica, los que de verdad han vivido y contado los terremotos antes de que yo llegara. Mientras hablamos en el patio hay una réplica. Salgo corriendo sin ningún tipo de sentido. Me da pánico y vergüenza darme cuenta de que no sé qué tengo que hacer si ocurre de nuevo.

Me quedo solo. Es ya muy tarde y las calles y las casas están vacías. El silencio es abrumador. Solo oigo mis pasos durante minutos. Llamo al control de Madrid para probar aunque me queda rato para la siguiente conexión. Les extraña mi llamada: "¿Te toca ya, Javi?", me pregunta el técnico.  No le respondo la verdad: he llamado porque necesitaba oír hablar a alguien.

Unos vecinos han abierto la puertas de una iglesia. ¿quieres ver cómo ha quedado?, me dice uno. Me acerco y el techo está derrumbado y se ve el cielo desde dentro. "Parece que ha caído una bomba", dice otro. Un gato perdido recorre las piedras.

Un conocido en la bruma. Por la mañana, sin rumbo, encuentro a un lorquino que conozco. Hacía un mes que le habían despedido del trabajo y se había divorciado. Ahora su casa estaba destrozada. "Al menos estoy vivo", me dijo. Nunca lo conté en ninguna crónica.

Los niños.  Alejandro, que hoy debe tener ya más de 18 años, cantó conmigo en La ventana la canción de Bob esponja en la radio. Me dijo que quería que todos los niños del campamento "pudieran ver la tele para no aburrirse". En mi crónica, yo lo transforme en "se lo dedica a todos los niños del campamento". Es curioso. La fonoteca me recuerda constantemente ese momento, pero yo no recuerdo haberlo vivido. No recuerdo su cara ni conservo sus dibujos que se quedaron en mi cuaderno azul en aquel campamento. 

Y así muchos recuerdos que se van borrando.  Muchas cosas que se han quedado pegadas en mi alma de aquellos días en Lorca. 10 años después, siguen queriendo salir.

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