Miércoles, 22 de Septiembre de 2021

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Sanidad: cuando la mentira es un lujo que no nos podemos permitir

El debate sanitario se ha convertido en un campo minado de demagogia e intereses de parte que está confundiendo a la ciudadanía en un momento en que debería estar más atenta que nunca para defender con realismo el futuro de uno de los pilares del Estado del Bienestar

Sanidad: cuando la mentira es un lujo que no nos podemos permitir

Cadena SER

A veces tengo la tentación de pensar que a los ciudadanos y ciudadanas nos gusta que los políticos nos mientan. Nos da la oportunidad de meternos después con ellos, de ratificar que son culpables de todos los males. O de escudarnos en sus mentiras, dejarnos mecer por ellas, para no aceptar la aplastante realidad que no estamos dispuestos a admitir. Pero la realidad es tozuda. Y seguirá su camino importándole una higa que el político mienta o diga la verdad. O que la ciudadanía aparte la mirada para no reconocer lo evidente. Está ocurriendo con la atención sanitaria. En la Ribera, en Castilla y León y en España.

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Vamos a centrarnos, por ejemplo, en la Atención Primaria. En este momento, tal y como está organizada la asistencia sanitaria, no hay médicos suficientes para cubrir todos los huecos de las plantillas orgánicas de los centros de salud de la comunidad. Menos aún para reforzarlas en periodos vacacionales, por ejemplo. En los próximos cinco años la avalancha de jubilaciones va a incrementar exponencialmente este déficit, que también está empezando a afectar a la enfermería. Y no es sólo en Castilla y León donde se da esta circunstancia. Faltan médicos en todas las comunidades autónomas, incluidas aquellas que supuestamente pagan más u ofrecen mejores condiciones a sus profesionales. Es muy curioso como se repiten los mismos argumentos en Castilla La Mancha, en Cantabria, en Madrid, en Andalucía, en La Rioja: se nos van los médicos porque en otros sitios los tratan mejor. Entonces ¿cuál es el limbo al que se van todos esos médicos que escapan de todos los lugares?

Pero con la misma firmeza que afirmo que la atención sanitaria está en un momento crítico, aseguro que podría mejorar muchísimo incluso con el mismo número de médicos. Que no haya suficientes profesionales para atender el sistema tal y como está organizado no tiene por qué significar que no se pueda apostar por buscar otros recursos, organización y herramientas con la que paliar e incluso revertir las actuales carencias. Al menos temporalmente, mientras se forman los futuros médicos esperemos que con mejor previsión que la que se ha tenido hasta ahora.

Pero para eso hay que atreverse a cambiar. Vencer la resistencia de quien piensa que las cosas hay que seguir haciéndolas como se han hecho toda la vida. Toda SU vida, en realidad. Y tampoco. Porque en 2021 hay muchas herramientas que no existían cuando, allá por los años 80 del siglo pasado, se organizó el actual sistema por el que nos regimos. Nuevos recursos que pueden venir al rescate. Por ejemplo, la telemedicina, que no puede desecharse porque sí, porque nos dé repelús su sola mención. Por supuesto que tiene que haber consultas presenciales en las que el médico explore y vea al paciente. Pero hay otras tareas sanitarias que no requieren en absoluto la visita al consultorio, o al centro de salud. Y que incluso el propio paciente agradece poder resolver a distancia. Y ni nuestros mayores son tan limitados, ni tienen tan pocos recursos como nos creemos. En cualquier caso habrá que solventar las dificultades que objetivamente haya para asegurarse de que todos los pacientes entienden los nuevos sistemas (como ocurrió con la receta electrónica).

Y lo que es inaudito es que se rechace la telemedicina como alternativa porque no llega internet al mundo rural. Por la misma regla de tres, renunciemos a cualquier propuesta de desarrollo de nuestros pueblos que requiera conexiones digitales, como el teletrabajo, el turismo rural, los proyectos de negocio innovadores, la mejora de la agricultura y la ganadería con técnicas digitales… No parece lo más lógico desechar todas estas posibilidades para el mundo rural porque no llega internet. Lo que habrá que hacer es reivindicar de forma contundente que todos los pueblos de Castilla y León cuenten con la conectividad necesaria, pero en ningún caso renunciar a todas las mejoras que ella conlleva. Incluida la telemedicina.

Otro ejemplo: la distribución actual de los cupos de cartillas que atiende cada médico no es un dogma de fe ¿Por qué no pueden revisarse, cuando las plantillas y distribución de profesionales por municipios se establecieron hace décadas, y en algunos casos la situación nada tiene que ver con la de entonces? La sangría poblacional ha sido tal que algunos núcleos han perdido más de la mitad de sus habitantes. Y sin embargo no se ha revisado apenas la distribución de profesionales sanitarios que atienden a estos municipios. No es lógico, por ejemplo, que haya profesionales con 1.800 cartillas asociadas y otros con apenas 400, por muy dispersos que estén sus pacientes o por muy mayores que sean. Tampoco es un dogma de fe que la enfermería no pueda asumir muchas más funciones de las que ahora ejerce, porque precisamente los cuidados, que son su santo y seña, lo más genuino (y maravilloso) de esta profesión, es lo que requieren poblaciones envejecidas, con patologías crónicas, que necesitan rutinas y revisiones, que conllevan padecimientos emocionales, y que es en el ámbito de los cuidados en los que su atención encaja como anillo al dedo. Pero en esta resistencia al cambio también los celos profesionales están minando la posibilidad del consenso. Es muy necesario establecer las funciones y competencias de cada categoría profesional, pero con realismo y honestidad, y no sólo por corporativismo e intereses de parte.

Con todo, el mayor enemigo para encontrar una solución es la demagogia política. Porque es infinitamente más fácil defender que no se cierre ningún consultorio (aunque tras él esté un médico cruzado de brazos mientras en otros lugares no hay forma de encontrar quien los atienda) que explicarle a la ciudadanía que no hay profesionales para atender a todos esos consultorios en el mismo horario y calendario que se hacía cuando los pueblos (la mayoría) tenían un 20, un 30 o un 40 más de población. El político decente tendrá que tratar de buscar la mejores alternativa para abordar esta realidad aplastante y explicárselo con realismo a la ciudadanía, en lugar de regalarles los oidos con la adormecedora mentira que quieren oir.

Pero también hay ciertos profesionales que no están ayudando demasiado a solucionar estos problemas. O porque actúan exactamente igual que los malos políticos, o porque, mayoritariamente, callan su opinión favorable a los cambios: es impopular respaldar a sus gestores, pese a que éstos no hacen sino defender lo que muchos profesionales les dicen por lo bajo o incluso lo que sus propias sociedades científicas defienden. La Asociación de Medicina de Familia de Castilla y León advertía hace ya unos años que no era de recibo que un médico pasara un elevado porcentaje de su jornada de trabajo en la carretera, de forma ineficaz y desmotivadora. Pero ¿cuántos médicos hemos escuchado defender la agrupación de los servicios médicos en varios municipios de referencia por cada zona básica de salud? Yo, a ninguno. Son muy conscientes también los profesionales de las enormes diferencias en carga de trabajo de los puntos de atención continuada, en función de si atienden zonas rurales, semiurbanas o urbanas,  y con apenas diferencia en el número de profesionales que atienden unos y otros PACs.

¿Cuántas veces han escuchado los gestores advertencias de sus propios profesionales sobre la desatención en la que van a quedar muchas zonas rurales porque, por muchos concursos y oposiciones que convoquen para cubrir sus plazas, van a quedar sin cubrirse? Los profesionales médicos, teniendo otros destinos en las ciudades, no las van a elegir por voluntad propia, o van a renunciar a ellas una vez solicitadas o en cuanto tomen posesión van pedir una comisión de servicio (por cierto, un aplauso por la valentía del actual equipo de la Consejería de Sanidad que ha comenzado a poner coto al abuso de esta práctica que debería utilizarse en casos muy contados y evidentes) No es ningún desdoro reconocer que los profesionales querrán mejorar su carrera en destinos con más y mejores oportunidades de formación y de promoción laboral. Y que, objetivamente, las encuentran de forma mayoritaria en el medio urbano, y no en el rural. Pero como este no es un argumento popular no suele ser el que escuchamos de sindicatos y agrupaciones médicas para explicar por qué existen plazas de difícil cobertura. Genera mayor empatía apelar a la conciliación familiar, por ejemplo. Que seguro que también es importante, pero que no es, ni mucho menos, el único argumento.

No se puede, a la vez, pedir a tus jefes que resuelvan los problemas y dejarles solos cuando lo intentan.

Y al final de la cadena estamos los pacientes, en quienes más se percibe la resistencia al cambio. Preferimos escudarnos en el “como yo pago yo decido de qué manera me vas a prestar la atención sanitaria”, en lugar de atrevernos a admitir la realidad tal y como es y no como nos gustaría que fuera. Por eso a veces no exigimos derechos, sino privilegios. Porque no se trata de que la atención sanitaria se preste en todos los sitios igual, de forma mimética, sino de que se garantice que todas y cada una de las personas que vivimos aquí estemos cubiertos por una sanidad de la misma calidad y decencia, independientemente de cómo se organice. En lugar de eso nos resulta más fácil seguir a los flautistas de Hamelin que, en ausencia de responsabilidades, lanzan altisonantes discursos con los que es casi imposible estar en contra, pero que esconden sutiles y ponzoñosas trampas para ciudadanos dormidos y poco avisados. Como decir que lo que hay que hacer es tratar mejor a los médicos sin aportar propuestas concretas. Que hay que contratar a más profesionales sin decir dónde piensan ir a buscarlos. Asegurar, sin la mínima prueba, que hay un plan prestablecido para deteriorar concienzudamene la sanidad pública para que salga triunfante la sanidad privada. Y mi favorita: decir a la vez que hay que dotar de pediatras al medio rural, pero estar totalmente a favor de que los pediatras que han solicitado una plaza en ese medio rural se queden en sus superhospitales con una comisión de servicio. Y así innumerables ejemplos de hasta donde llega la dañina demagogia política que está zahiriendo más la sanidad que cualquiera de sus déficits. Aún recuerdo la sorprendente respuesta de una sindicalista sanitaria en una rueda de prensa en la que anunciaba una auténtica hecatombre para profesionales y usuarios como consecuencia de una decisión arriesgada tomada por los gestores de aquel momento ante una situación de crisis. Al ser preguntada por las alternativas que proponía dijo con toda la rotundidad: “A mí no me pagan para resolver problemas”. Por cierto, de la hecatombe anunciada, nada de nada.

En este tiempo crítico que nos toca vivir echo de menos que salgan a la luz los profesionales honestos y que están al servicio del bien común. Los que no se escudan en las reivindicaciones, no siempre razonables, de los pacientes para impulsar sus propios intereses. Que son legítimos, pero también son de parte. Y que no dejen solos a sus gestores cuando tratan de llevar a cabo medidas impopulares, pero con las que defienden lo que los propios sanitarios piden.

Echo de menos políticos valientes, que no es lo mismo que tiranos, que sean capaces de enfrentarse a la ciudadanía para llevar a cabo las reformas que consideran necesarias, en lugar de plegarse a la tiranía del voto cuatrienal (o trienal, veremos). Porque al pueblo hay que escucharle y tomar buena nota de lo que pide, y analizar qué problemas reales le acucian. Pero no siempre hay que abordar esos problemas con las soluciones exactas que proponen. No sólo porque en ocasiones es imposible, sino porque no siempre es lo mejor para el bien común.

Pero sobre todo echo de menos ciudadanos y ciudadanas que acepten la verdad sin pataletas, que no es lo mismo que personas acríticas o sumisas. Que no se nieguen a aceptar los cantos de sirena de políticos que solo buscan su complacencia, porque es la mejor manera de robarles el voto, o de profesionales que quieren utilizarlos de ariete para lograr sacar adelante sus propios intereses.

Quizá la que ahora no estoy aceptando la realidad de lo que tenemos soy yo. Porque creo que hay más políticos y profesionales decentes que indecentes, y que los ciudadanos somos capaces de distinguir entre quien nos quiere engatusar y quien nos habla con franqueza. Pero como no me quiero engañar, me quedo con la cruda realidad en disyuntiva: o apostamos sin fisuras por buscar una solución alternativa a la Sanidad que ahora tenemos, admitimos el cambio y lo consensuamos sin que primen los intereses particulares, o vamos directos al precipio. Eso sí, adormecidos por cantos de sirenas

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