Martes, 25 de Enero de 2022

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Los paños y alfombras de Cuenca que dieron fama a la ciudad a lo largo de los siglos

Un recorrido histórico por una industria que estuvo asentada en la ciudad del Júcar y el Huécar

Sala de alfombras de Cuenca en el Museo Diocesano de la ciudad.

Sala de alfombras de Cuenca en el Museo Diocesano de la ciudad. / diocesisdecuenca.es

Ya en la Cuenca musulmana se destacaba la calidad de los tapices que se elaboraba en la ciudad. Esta semana, en el espacio El archivo de la historia que coordina Miguel Jiménez Monteserín, y que emitimos los jueves en Hoy por Hoy Cuenca, recordamos cómo ha sido la evolución del sector textil y de la fabricación de paños y alfombras a lo largo de los siglos, productos manufacturados junto a las aguas del Júcar y del Huécar y que, gracias a su calidad, llevaron el nombre de Cuenca por toda Europa.

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MIGUEL JIMÉNEZ MONTESERÍN. Pocas pinceladas bastan a este cronista del siglo XI, autor de esta breve descripción, para dibujarnos certeramente la pequeña aglomeración, reducida estrictamente al recinto que sus defensas marcaban, aferradas a un cerro bañado a sus pies por una albufera, alimentada merced al caprichoso curso del río Huécar en su último tramo, lo que la hacía por completo inaccesible de aquel lado.

"Cuenca es una ciudad pequeña pero antigua. Está situada cerca de un estanque artificial y rodeada de murallas, pero sin arrabales. Los tapices de lana que se hacen allí son de excelente calidad.”

Dentro, a las propias de los agricultores-guerreros de la guarnición, bien distintas, se añadía una peculiar actividad artesanas harto estimada. Acertaban en aquel tiempo sus habitantes a asentar la luenga tradición manufacturera de los paños de lana, tejiendo aquellas afamadas alfombras, cuya belleza y calidad, mantenidas a lo largo de los siglos, harían llegar lejos el nombre de Cuenca.

La pañería en los siglos XIV y XV

Tras la generalizada crisis de los años centrales del Trescientos, en la ciudad se observan no pocos síntomas de estarse implantando un activo obraje de paños. Beneficiario lógico de la producción lanera local, su secular abolengo de origen musulmán se vería actualizado entonces, sometido a un sistema mercantil en progresivo desarrollo en cuanto al radio y el volumen del producto. Algunas evidentes novedades se advierten en las relaciones de producción documentadas en este sector, así en lo tocante a la provisión de materia prima, la elaboración de la misma en sus diferentes etapas o la posterior comercialización de los paños acabados. Modesto sin duda el volumen de negocio, así por el número de productores como por el tamaño y longitud de tales paños – en torno a los quinientos metros anuales documentados-, los papeles disponibles permiten, sin embargo, advertir en él signos evidentes de un incipiente régimen capitalista. Los traperos, parece que judíos en un buen número, eran empresarios interesados por distintos negocios locales que financiaban el trabajo doméstico de pelaires, cardadores, hilanderas, tejedores y tundidores y ejercían a la vez un control parcial del mercado lanero. Merced a ellos, nuevos lazos económicos estrecharían la ligazón de la ciudad con la tierra, sometida a la jurisdicción de las autoridades urbanas y al interés de los propietarios del suelo y demás perceptores de renta en ella. En consecuencia, durante el siglo XV, los vaivenes de la paulatina recuperación económica en medio de un agitado clima político marcado por el duelo nobleza/monarquía vincularán ganadería y manufactura urbana, conviviendo el crecimiento de ambas con el de una economía agraria en siempre azaroso progreso. Sobresaldrían ya entonces en la ciudad del Júcar los miembros de una neta oligarquía urbana en cuyo seno formarían por fin los nobles al lado de los caballeros de menor rango y algunos ricos negociantes de perfil burgués, unidos todos por el común interés ganadero. Los más importantes propietarios de rebaños eran principalmente nobles y eclesiásticos de jerarquía diversa. Junto a ellos, los mercaderes de lanas, con frecuencia empresarios del textil a la vez que las adquirirían ventajosamente meses antes del esquileo en muchos casos de los ganaderos menores, compondrían lo más granado de aquella sociedad urbana. A pesar de lo muy escaso y fragmentario de los datos, parece posible subrayar la importancia de la actividad textil dentro de la economía global de la ciudad del Júcar durante los años postreros del siglo XIV. Sometida seguramente a una organización bastante embrionaria aún, la pañería atraía capital y daba muestras de un vigor notable. La diversidad de promotores y lo plural de su carácter corroboraría seguramente la débil regulación gremial todavía del sistema productivo, señalada por Iradiel, antes del siglo XV. Llama por ello la atención el muy diverso perfil de quienes, no siempre instalados por oficio habitual en alguno de sus ámbitos, decidían participar en el negocio al completo o bien de manera parcial y esporádica.

Por todas partes se difundía la justa fama de las manufacturas pañeras conquenses. Capaces de rivalizar en las principales ferias peninsulares con los demás tejidos hispanos o foráneos, gracias a su confección y acabado, la calidad y baratura probadas los llevaba a tener gran aceptación entre los consumidores populares. De 1414 datan las primeras referencias a la presencia asidua de mercaderes pañeros conquenses en las ferias de Medina del Campo. Ausente de hecho la organización gremial en el proceso productivo, se impondría. la progresiva implantación del "trabajo a domicilio" gestionado por mercaderes, a la vez empresarios que controlaban una parte del mercado lanero local, así como las bien diversificadas tareas encaminadas a transformar los vellones en paño y por fin la comercialización de éste. Siguiendo el modelo del llamado “sistema editorial” (Verlagssystem), mientras unas veces se financiaba el trabajo de quienes poseían la materia prima, otras se les proporcionaba la lana y se abonaba el costo de transformarla después en un “paño crudo”. Se daba con ello empleo a la abundante mano de obra que, en los pueblos de un extenso entorno, permanecía desocupada durante los largos tiempos muertos impuestos por el ritmo estacional de las faenas agrícolas. De este modo, tareas, como la carda, el hilado y el tejido a veces, eran encomendadas a gentes de fuera de la ciudad, fomentándose en cambio el trabajo urbano más especializado, sobre todo, además del tejido, en lo tocante al teñido y acabado final de los paños destinados al mercado. Otorgándoles un marchamo a cambio de una tasa, el control de la calidad de estos lo ejercería luego el Ayuntamiento en aplicación de la legislación del reino.

El Quinientos: del auge a la quiebra

Cabe considerar que la principal causa de la evidente expansión demográfica y, por ende, urbana experimentada en la ciudad de Cuenca durante los primeros tiempos modernos estuvo en el favor prestado por el ciclo de crecimiento económico que, en ella su tierra y el resto del obispado -como unidad geográfica de referencia-, se puso de manifiesto durante una buena parte del Quinientos. Cabe así decir que el aumento en el tamaño de la población logrado, como síntoma expresable en cifras de tal auge, se nutrió primero de los excedentes demográficos logrados gracias al notable incremento de la producción agrícola en los lugares del territorio en torno. En tal sentido, aunque el hecho pudiera atribuirse en algún caso a una mejora lograda en el rendimiento de los cultivos, debería sobre todo achacarse, por regla general, a la extensión de las superficies laborables, gracias a sustituir bueyes por mulas en el tiro del arado, en aras de la rapidez que no de la calidad de la labor, así como al paralelo crecimiento experimentado por la cabaña ganadera que en sus sierras pacía.

Combinados entonces los buenos logros obtenidos por los sectores agropecuario, local y ajeno, y la manufactura textil de iniciativa urbana, se produciría un incremento considerable en el número de los habitantes de la ciudad. Este sería fruto, tanto del propio crecimiento vegetativo como, sobre todo, del flujo migratorio hacia la urbe nutrido de quienes, procedentes de un área provincial de amplio radio, en crecimiento también ella misma, buscaban empleo alentados por la plural demanda de mano de obra que allí se daba derivada de las inversiones productivas y los gastos suntuarios realizados por los miembros de la elite económica urbana. Manufacturas, artesanía, obras, públicas, institucionales y de particulares, servicios de diversa índole, agricultura y ganadería, dinamizarían combinados un mercado de dimensiones crecientes y vasto alcance. Al igual que en las demás tierras de la España interior, considerados en paralelo, el crecimiento demográfico y el económico obtuvieron hasta comenzar el último cuarto del siglo XVI alcance y relieve más que notables en el obispado de Cuenca. En aumento la demanda de bienes de consumo de primera necesidad, a satisfacerla vinieron las roturaciones de tierras y las inversiones de capital que con tal incentivo atrajo el mundo agrario. Hubo mayor producción de cereales y vino, más ovejas y más lana, se tejieron y tiñeron más paños, más y mejor explotadas las maderas de los montes, fue más intenso asimismo el tráfico de mercancías.

Del mismo modo que el crecimiento agrario, propio y de las áreas cercanas, favoreció el de la población en la ciudad de Cuenca, también las manufacturas textiles definieron, durante buena parte del siglo, un ciclo de prosperidad que, insinuado durante los primeros veinticinco años, logra, al mediar la centuria, su máximo apogeo, antes de ver truncado este crecimiento y encaminarse a la quiebra con el comienzo del postrer cuarto. Aunque no nos haya sido posible por el momento calibrar, ni siquiera de manera aproximada, el volumen del paño fabricado en algún momento del siglo, se apoya lo dicho en la evolución del importe del derecho que el Ayuntamiento conquense cobraba por garantizar la procedencia y calidad de los textiles confeccionados en los obradores de la ciudad y su entorno, gestionados por los empresarios locales. Es muy probable que, como en Segovia, también en Cuenca viniera a darse entonces una creciente concentración urbana de los telares a costa de la anterior fórmula basada en la dispersión rural, vigente siempre desde luego el “sistema editorial” (Verlagssystem), gestionado por el capital comercial de empresarios (los mercaderes hacedores de paños que aparecen en los padrones vecinales). Éstos que actuarían además probablemente como comisionistas facilitándosela a los grandes exportadores internacionales, también adquirían lana a los ganaderos para financiar después ellos mismos cada paso del proceso productivo y colocar por fin las piezas en el mercado. Les pagaban la lana por adelantado en los meses invernales a los medianos y pequeños dueños de cabaña y se daba lugar a una auténtica operación crediticia –puesto que el precio abonado por cada arroba sería entonces menor que luego- que se saldaría con el esquileo y la entrega de los vellones al final de la primavera.

A los campesinos corresponderían sólo las tareas previas del lavado, peinado, carda e hilado de la lana; en tanto, con el fin de lograr mayor calidad final en los géneros, las operaciones más técnicas se reservaban a los oficiales urbanos: tejedores, pelaires, bataneros, tintoreros, etc., organizados en gremios y cofradías bajo tutela municipal. La consecuencia al cabo fue el nacimiento y desarrollo de arrabales populares extramuros de la ciudad, además de otras numerosas alquerías dispersas por las inmediaciones de la ciudad. Sobre la falda del cerro del Socorro aparece el barrio de los Tiradores, así denominado seguramente a causa de la mayoritaria actividad textil de sus vecinos, dado que los paños, después de tejidos y una vez abatanados, debían ser "estirados" puestos sobre una percha para secarlos e igualarles el pelo, recortándoselo con unas tijeras a propósito. En la vista de Cuenca de Antón de Vingaerde tomada desde el antiguo camino de Madrid se aprecia perfectamente cómo los paños abatanados se ponían a secar al sol en las inmediaciones de Júcar por debajo del barrio de San Antón, sobre la denominada entonces isla de Monpesler.

El paño conquense del siglo XVI -las afamadas palmillas teñidas de azul- era de calidad mediana y barato, por lo que tenía una gran aceptación entre los consumidores populares. No obstante, es bien sabido por lo que se viene diciendo que, tanto a causa de la demanda indiana como de la anómala inflación experimentada en España, entre otras razones de peso, como la creciente presión fiscal directa e indirecta sobre el consumo, el precio de los paños españoles se elevó mucho a medida que avanzaba el siglo décimo sexto. Difícil fue en consecuencia que com­pitiesen con los importados del extranjero, principalmente de Inglaterra y Flandes, fabricados sin embargo muchas veces con lana procedente de las propias cabañas hispanas. Tema antiguo y de permanente queja era la exportación de la materia prima. Faltos de cifras precisas que avalen el aserto mantendremos aún como hipótesis de trabajo verificable que la buena calidad de la lana de Cuenca, unida a las obligadas contrapartidas a que se veían sujetas las operaciones financieras realizadas por los hombres de negocios extranjeros con la Corona, diese como resultado su conducción, en partidas cada vez mayores y por cuenta de mercaderes genoveses hasta las costas medite­rráneas con el fin de exportarla a Italia simplemente lavada. Veíase desabastecido el mercado local de resultas de ello, pero obtenía en cambio sustanciosos ingresos la real hacienda gravando cada saca en los puertos de embarque.

En consecuencia, si, entre otros factores económicos, había sido la producción textil uno de los principales inductores del auge económico en la ciudad de Cuenca, cuando las crecientes exigencias fiscales de la Monarquía Católica, acuciada por el elevado costo que suponía tener tantos frentes de lucha abiertos en Europa, se fueron haciendo cada vez más pesadas, aquél fue el primero que, desde varios flancos, sufrió continuos atentados. Esto repercutiría a la larga, lo mismo que en el resto de las ciudades pañeras castellanas, en el plan­teamiento de una aguda coyuntura de crisis. El mecanismo era sencillo, a fuer de modélico. Tan pronto las sucesivas crisis agrarias que redujeron la producción y el consumo se tradujeron en una incontenible alza de precios, la consecuente reducción de la renta de los consumidores populares afectaría al paño conquense. Cesarían así de inmediato las sucesivas operaciones textiles desde el momento en que los mercaderes/fabricantes tuviesen dificultades para vender las piezas tejidas por encargo suyo, tanto en el ámbito rural como en el urbano, claramente empobrecidos ambos.

Por otro lado, aunque en proporción siempre menor, la carestía de las subsistencias impulsaría el alza de los salarios y con ello todavía se encarecerían más los paños acabados. No pudiendo recuperar la inversión ya realizada, aun cuando no dejasen de comprar lana a buen precio, adelantando el importe a los ganaderos meses antes del esquilo, como va dicho, aquellos empresarios exportarían sobre todo los vellones a centros textiles europeos. Por su parte, ellos se abstendrían de mandar elaborarla a su costa hasta tanto no se redujeran las existencias de telas no vendidas acumuladas en sus casas. El capital mercantil tendía así a abandonar la manufactura poco rentable y, además de fomentar más aún las exportaciones laneras, buscaría refugio en la tierra o en los juros, títulos de la deuda pública a corto y largo plazo. Hacia estos ya debían haberse venido dirigiendo desde tiempo atrás bastantes de los excedentes de renta en manos de los más beneficiados por la coyuntura alcista verificada en el sector agropecuario durante los años de bonanza señalados.

Aquella reducción productiva provocaría el inmediato desempleo de la mayoría de los diversos oficiales vinculados a la manufactura pañera en la ciudad y obligaría a muchos de ellos a abandonarla, básicamente por dos razones: faltos de trabajo en principio, sus dificultades a la hora de proveerse de víveres especialmente escasos y caros -cuyo principal exponente era el pan- serían aún mayores en una ciudad tan dependiente siempre del exterior en cuanto al abasto de alimentos. Tendríamos así que la precariedad de que adolecía aquel sistema manufacturero, muy lejos del sistema fabril aglutinado, sin autonomía alguna por carecer de capital propio con que financiarse, haría asimismo muy frágil el arraigo de una buena parte de la población que en Cuenca vivía de él. Provocaría esto primero traslados ocasionales de artesanos que, transformados luego en migraciones estacionales fijas, terminarían resultando a fines de la centuria viajes sin retorno para la mayoría.

En resumen, alrededor de 1575, al coincidir el inicio de las sucesivas crisis agrícolas que siguieron, el crecimiento de la presión fiscal al que más abajo aludiremos y las dificultades experimentadas por la producción textil, cada vez menos competitiva en los mercados nacionales, desplazada de ellos por otros productos foráneos, comenzarían en la ciudad del Júcar los primeros síntomas de un fatal e irreversible declive con una primera evidencia manifiesta en el aspecto demográfico.

La recuperación del sector textil conquense en el siglo XVIII

Buscando ampliar su producción con el concurso ahora de la energía hidráulica, en 1661, la Casa de Moneda fue trasladada desde el Alcázar, donde habían estado durante el siglo XVI, a las inmediaciones del puente de San Antón, construyéndose allí un edificio dotado de artefactos modélicos beneficiarios de la fuerza del caudal del Júcar. Su actividad debió interrumpirse sin mucho tardar. Al finalizar el siglo, en 1687, recuperaría Cuenca la actividad textil y a partir de unos comienzos vacilantes proseguiría una andadura en el sector que no dejaría de crecer en el Setecientos. En 1687 el flamenco Humberto Mariscal instaló en Cuenca bajo el patrocinio de la Corona, varios telares destinados a la confección de bayetas y barraganes en un intento de restaurar la otrora boyante manufactura textil. Cuarenta y tres eran los telares destinados a la confección de estos paños baratos que aquí funcionaban a comienzos del Setecientos, cuyo número se logró mantener después con algunas oscilaciones hasta mediados de siglo.

Siendo a la postre el sector textil, la única actividad artesana capaz de una cierta proyección comercial al exterior, parece que fueron tres los periodos en que cabe resumir su accidentada evolución en el transcurso del siglo XVIII. Arranca de los años finales del siglo anterior el primero, puesto que la empresa del flamenco Humberto Mariscal, dio comienzo en 1687, cuando trasladó este a la ciudad, desde Holanda, oficiales y pertrechos con los que poner tejido de calidad en el mercado local y foráneo aprovechando la bondad de las lanas conquenses, destinadas a la exportación su mayor parte. Aquel personaje, uniendo tesón y espíritu emprendedor propios a las no muy generosas ayudas fiscales y financieras otorgadas por la Corona en el proyecto regenerador recién emprendido -sumadas éstas al crédito facilitado por algunos mercaderes de la Corte, clientes suyos, con los que estableció un contrato de entrega periódica de géneros- logró poner en marcha una considerable producción de tejidos bien significativa a la larga para la economía de la ciudad y su entorno, dado que la empresa no suponía sólo ofrecer empleo y con ello sustento a trabajadores locales. En julio de 1690 afirmaba que eran doscientas las personas, “así mujeres hilanderas como hombres” a quienes proporcionaba, merced a su exclusivo peculio, trabajo y formación, señalando que,

“si el suplicante huviera tenido caudal correspondiente a lo que pide la fábrica, ya tuviera al pie de dos mil mugeres que ocupar sólo en el hilar, tanto en el torno como en la rueca, de que se infiere el útil que resulta al público, dando ocupación a tantas personas que antes andavan ociosas, (…).”

Mariscal aspiraba a que sus géneros fuesen de calidad y para ello se esforzaba en lograr que el estambre hilado tuviera la mayor finura mejorando las toscas labores que hasta allí solían realizar las hilanderas locales. Su ejemplo cundió enseguida y, en 1692, un hombre de negocios zaragozano, Jerónimo de Oset, luego de ofrecer un diagnóstico de la situación y de las posibilidades que contenía su oferta, de signo marcadamente mercantilista,propuso al Ayuntamiento restablecer en la ciudad la confección de bayetas y paños semejantes a las de su establecimiento zaragozano,

“pues, como es notorio, en quanto a las bayetas que a ella se an traído de mi fábrica, se a reconocido por de mexor bondad y lei que las que se conduçen a estos Reynos por los estraños y, en quanto fábrica de paños, se harán en la misma forma que no puedan aventaxarse los de Segovia, como lo manifestará la experiencia.”

No tuvo efecto, que sepamos, la propuesta de tal Oset. Sí se mantuvo firme desde luego el holandés haciendo cundir su ejemplo y los diez telares, dedicados a producir bayetas y barraganes, puestos por él en actividad en 1691, llegaron a ser sesenta y cuatro en 1735, gestionados entonces por 12 fabricantes distintos, dispuestos a seguir su iniciativa compitiendo en el precio de los géneros ofertados, “porque daban medio real menos en vara”.

No hemos podido ligar aún de manera evidente la coyuntura ganadera local con el ritmo propio de la manufactura lanera, si bien parece que debió darse alguna conexión más o menos perceptible a partir de los datos que de una y otra disponemos. Verificado resulta que los cuarenta y cuatro telares activos en 1700 producían al año alrededor de novecientas piezas, unas treinta y dos mil cuatrocientas varas de paño barragán –es decir, cerca de veintisiete mil metros de tela impermeable de lana- que, al precio de trece reales en que fue tasada la vara en 1680, y al que consta se vendía entonces, importaban unos nada despreciables ingresos superiores a los cuatrocientos veinte mil. Con diez y ocho telares activos, consumía Mariscal solo unas tres mil arrobas de lana (34.500 kgs.) adquirida barata en el entorno de la ciudad. Treinta y cinco años después, tras diversos avatares de diferente signo, se había logrado estabilizar la producción y los doce fabricantes seguían tejiendo casi idéntica cantidad (30.500 varas/ 23.500 m.) del dicho paño barragán de distintos colores, puestas luego en muy diversas plazas del mercado peninsular: Madrid, Bilbao, Burgos, Vitoria, Sevilla, Cádiz, Valencia, Zaragoza, Salamanca, etc. Ochenta telares llegaron a trabajar al finalizar el primer tercio del Setecientos, ayudados entonces de los diversos incentivos fiscales logrados, aunque, entre otros factores negativos, el exceso de intervención gubernativa como garantía de las franquicias concedidas viniese a la postre a originar la decadencia de aquellas manufacturas, manifestada en un continuo decrecimiento en el número de los ingenios textiles activos, significativamente reducidos a veintinueve en 1745.

El efecto multiplicador sobre el empleo de las minuciosas tareas que la confección del paño reclamaba queda de manifiesto si se tiene en cuenta que cada telar necesitaba de continuo, un pelaire u oficial de peine que preparase la lana para su hilado, entre dieciocho y veinte mujeres para abastecerlo de estambre, además de un tejedor y un canillero que le dispusiera los ovillos. Todo ello sin contar con las labores preparatorias –apartado, lavado, desmotado, etc.- que la fibra exigía tras del esquilo o las posteriores hasta culminar el acabado de las telas: batanado, despinzado, teñido, tundido, etc. Resulta claro concluir por ello que, cuanto mayor fuera el número de los telares activos en la ciudad, tanto más se extendería el alcance local y territorial de la demanda de hilaza, haciendo crecer con ello los ingresos de un buen número de familias carentes de otra posibilidad de prosperar en el medio rural.

Dificultades y conflictos a mediados del Setecientos

Sorteando dificultades y amparados aún tras las exenciones fiscales periódicamente renovadas por la Corona, prosiguieron su ejercicio profesional los pañeros conquenses hasta 1761. La suspensión de las franquicias hasta aquel entonces disfrutadas, tanto como que, por decisión de sus proveedores, dejasen de vestirse con barragán de Cuenca los criados de la Real Casa y Familia, supusieron un muy duro embate para unas actividades productivas como éstas, siempre frágiles de suyo frente a un mercado sumamente cambiante y tan frágil como azarosa era de suyo la coyuntura agrícola. Así pues, coincidiendo negativamente con las dificultades sobrevenidas entonces al mundo agrario y la presumible reducción de la demanda, en 1763 tan sólo quedaban activos veintidós telares, con la inevitable consecuencia de haberse extendido la miseria entre muchas de las familias que antes habían ganado holgadamente el cotidiano sustento, dedicadas a la carda, hilado, tejido o cualesquier otras tareas anejas, de modo directo o no, al obraje pañero. Importa señalar esto para mejor entender, desde el malestar social causado por aquel giro negativo de las manufacturas, la crispación de ánimos origen del ya reseñado levantamiento popular de 1766, cuando muchos de aquellos desempleados, reducidos al punto de mendigar ellos y los suyos de manera irremisible,[1] estimaron insoportable el súbito encarecimiento del pan sobrevenido en tanto a causa de las malas cosechas que desde comienzo de la década se venían encadenando, en modo alguno paliadas por la supresión de la tasa y la consecuente libertad de precio en los cereales decretada. Exagera sin duda los efectos de esta crisis la cifra de vecinos recogida en el recuento de 1768. No parece verosímil haberse producido una pérdida de efectivos superior a la cuarta parte del vecindario, lo que supondría haber abandonado la ciudad la ciudad unas mil seiscientas personas, aunque la curva de bautismos de la parroquia de San Esteban sí acusa una visible reducción en el número de estos entre 1764 y 1770, durante cuyo periodo el precio de pan tendió a encarecerse de manera notable. Tampoco cabe aceptar el abrupto salto positivo del cincuenta por cien de los efectivos en los siguientes veinte años si aceptamos sin crítica haber pasado de 1.172 en 1768 a 2.303 vecinos en 1787, porque tampoco la corrobora en absoluto la moderada recuperación de los nacimientos reseñada esos años. Dicho esto, una vez formulada la crítica y relativizados los números, parece desde luego plausible ligar de forma estrecha las anotadas incidencias demográficas –positivas y negativas- de aquellos años con los sucesivos cambios experimentados por la manufactura textil.

La decisiva intervención del arcediano de Cuenca don Antonio Palafox

En 1774 se produjo un nuevo intento de restaurar la producción textil, innovando ahora en la gama de la seda y los estampados sobre algodón y lino, sin olvidar, naturalmente el arraigado obraje lanero. Promotor técnico del proyecto fue el maestro murciano Gaspar Carrión, avecindado en Valencia, quien acudió de nuevo a la protección oficial, solicitando, además de las franquicias concedidas al resto de fabricantes del reino, alguna subvención en metálico. El encargado de suministrarle la primera ayuda, movido de un celo a la par caritativo e ilustrado según el tiempo quería, fue, como va dicho, el entonces arcediano de Cuenca y luego fugaz prelado diocesano (1800-1802), don Antonio de Palafox y Croy. A unos trescientos mil reales ascendió entonces aquella inversión de caudales eclesiásticos provenientes, además de la donación de Palafox, del expolio del obispo Carvajal y Lancaster (1760-1771). A ellos se sumarían después 1.440, aportados por el obispo Flórez Pabón (1771-1777), destinados a adquirir veinticuatro telares y otros trescientos cincuenta mil de subvención estatal a cuenta de los seiscientos mil otorgados con este fin por el Consejo de Castilla procedentes del hipotético sobrante de las rentas de Propios de los ayuntamientos de la provincia. Con un capital inicial próximo al millón de reales, convertida la empresa en Real Fábrica, la bondad de sus productos logró restablecer la buena opinión, harto menoscabada entonces, que antes merecían a los consumidores los barraganes conquenses –la principal de las labores-, lo cual benefició también a los seis fabricantes que aún quedaban, esforzados en competir por recuperar el perdido mercado. Merced a los desvelos del intendente provincial, la producción se vio después asegurada además gracias a que de nuevo vino a confeccionarse con barragán de Cuenca el atuendo de los empleados de las reales caballerizas, evitándose con ello importar el tejido de Flandes.

Con la información disponible no resulta fácil explicar el porqué del precipitado retorno del maestro mayor, Carrión, y sus familiares a Valencia en octubre de 1775, quejosos, en principio del importe de la retribución que se les había asignado. Sin embargo, no debieron ser ajenas a tal decisión las tiranteces emulatorias que enfrentaron a los burócratas locales en lo tocante ahora a incluir o no en el sorteo para el reemplazo de milicias a los aprendices y oficiales de la manufactura pañera, lo que no cabe duda generaría incertidumbres en cuanto al futuro de la empresa en ciernes. El propio Palafox ofreció el primer local para ella, situado en las inmediaciones de la parroquia del Salvador, muy probablemente allí donde luego se instalarían sus escuelas gratuitas. En 1780 autorizó el gobierno trasladar la fábrica a la desafectada de Moneda junto al puente de San Antón. Allí continuaría la manufactura, “bien que con pocos progresos”, según Larruga, cuya opinión confirman lo corto de las cifras de producción y venta de tejidos que más abajo se reseñan. Pese a todo y a la vista de lo sucedido después, debieron quedar asentadas unas bases de mayor firmeza para la actividad al lograrse que progresara la arruinada antigua fábrica de barraganes, consiguiéndose el mejor establecimiento de la nueva y, sobre todo, abrir una utilísima escuela de hilazas aneja,

“en que se empleó un considerable número de muchachos y muchachas, que dedicados antes al pernicioso vago ejercicio de la mendicidad, andaban por todas partes expuestos a las malas consecuencias que son consiguientes a la juventud en semejante libertinaje.” LARRUGA, 1792.

Para hacernos una idea de la dimensión de sus actividades, la comparación con los obrajes coetáneos realizados en la ciudad de Segovia, el principal centro textil del reino entonces, nos devuelve una imagen de notable modestia. Mientas que en 1778 la fábrica de Cuenca, entre barraganes, paños, bayetas y sargas había elaborado 14.548 varas (12.145 m.), de la de Segovia habían salido 175.014 varas de paño (209.597 m.). Al año siguiente se confeccionaron en Cuenca 11.127 varas de todos géneros (9.291 m.) y en Segovia 199.893 varas de paño fino (166.910 m.) En 1799 de la Real Fábrica de Cuenca salieron 34.067 varas de paños y sargas (28.446 m.) con un valor de 1.378,550 rs. vn.; en Segovia, confeccionaron de los mismos géneros 219.805 varas (183.537 m.) cuyo importe ascendió a 10.954.932 rs, vn.

En otro aspecto, tampoco sabemos gran cosa del régimen organizativo de aquella producción textil, teniendo en cuenta que, además de la fábrica principal, hubo asimismo otros talleres menores compitiendo con ella por los mismos mercados. Indiscutible parece que el régimen gremial afectaría a los oficiales y maestros de los principales ramos de la manufactura allí donde trabajasen, pero surge la duda sobre si los fabricantes actuaban o no con arreglo al llamado sistema editorial (Verlagssysstem) actualizado. Por verificar queda si eran sólo empresarios del textil ajenos al comercio directo o, lo que parece más verosímil, a la luz de lo visto páginas atrás, mercaderes que adquirían materia prima a los ganaderos para su propio consumo y venta del resto no empleado en sus obradores a otros comerciantes –muchos de ellos exportadores- de mayor envergadura, entregaban la lana adquirida para elaborar hilo fuera de la ciudad y realizaban o acababan por fin en sus talleres urbanos las piezas con arreglo a las normas de calidad establecidas bajo la supervisión municipal. El número de estos fabricantes, nunca fue grande y, aunque ignoremos las causas precisas, parece haber oscilado mucho año tras año, seguramente al compás de la coyuntura agrícola a lo largo del siglo, entre un máximo de veintitrés y un mínimo de cuatro. Algunos trabajarían “por sí mismos”, quizá como maestros, la mayoría emplearían además a oficiales acreditados de cada oficio, aunque en ninguno de estos talleres hubiera nunca más de veinte operarios. Atendiendo a la dimensión laboral de cada obrador hemos agrupado más adelante los datos de ellos, refiriéndolos a empresarios menores y medios. Con todo, el corto del número de piezas y escasas utilidades atribuibles a los talleres reflejados en el catastro de 1751 creció de manera visible hasta llegar a su probable máximo justo al concluir la centuria como más adelante se verá. En hipótesis siempre, al menos durante la segunda mitad del siglo, considerando el número de telares disponibles y el de operarios, parece tenido lugar un cierto proceso de concentración productiva en estos talleres, así como una mejora en el rendimiento de los mismos que debió hacerlos más competitivos.

La empresa de los Cinco Gremios Mayores de Madrid

Aquel plan de "fomento de la industria popular", al uso ilustrado de la época, cobró después más altos vuelos al pasar finalmente a depender la Real Fábrica, desde noviembre de 1786, del grupo empresarial constituido por los Cinco Gremios Mayores de Madrid. Los veintiún telares de paños, cinco de sargas y seis de alfombras instalados el año 1785 en los locales de la antigua Casa de Moneda -suprimida desde 1728-, cabe el Júcar, se habían transformado catorce años después en treinta y nueve telares de paños y catorce de sargas, -una vez suprimidos los de alfombras y barraganes, en manos éstos de la iniciativa privada- los cuales requerían el trabajo de cerca de trescientas personas de la capital y más de mil seiscientas en los pueblos próximos. Contribuían todos ellos con su esfuerzo al desarrollo de un proyecto manufacturero que no tardaría, sin embargo, en fracasar lamentablemente. No podemos discutir con argumentos suficientes el severo diagnóstico realizado por el ya citado Larruga al comenzar la década de los noventa acerca del funcionamiento de la empresa. Criticaba éste que la Real Fábrica hubiese dejado de tejer barraganes, sin duda la manufactura conquense más prestigiosa, tal y como atestiguaba su demanda en diferentes mercados, dejándoselos al resto de fabricantes, así como las alfombras. Los gremios hicieron un intento de montar una fábrica de barraganes, pero renunciaron finalmente disuadidos, al parecer, ante lo reducido de la demanda de un género carente ya de su anterior aprecio. Juzgaba desproporcionados además los gastos en infraestructuras realizados por la Compañía, que cifraba en cuatrocientos mil reales, y exagerados los salarios recibidos por el personal directivo. Concluía que todo ello iba en detrimento de la retribución de los oficiales, quienes, desanimados, abandonaban la empresa dejando su puesto a otros trabajadores menos cualificados. Disminuía como consecuencia la estima de los géneros al menoscabarse así su calidad y se veían por ello arrastrados al paro cuantos manipulaban la fibra al comienzo del proceso. Siendo el de los Gremios un grupo principalmente dedicado al comercio, para desterrar todos aquellos inconvenientes, recomendaba el economista a sus componentes intervenir lo menos posible en el proceso productivo. Recelaba del (Factory system) que aquellos complejos fabriles mayores habían introducido, integrando en ellos la totalidad del proceso productivo, como se observa en las cifras globales de trabajadores, referidas a los años 1793, 1797,1799, 1800 y 1801, de la tabla XXV. Ejerciendo de auténticos verlegers, les proponía dejar

“toda la utilidad de las maniobras naturales y mecánicas a los artesanos y laborantes, dejando en su mano el manejo de los telares y demás maniobras de las fábricas, dándoles libertad para trabajar por su cuenta, y auxiliándolos por otro lado los comerciantes con materias primeras y buenos utensilios y dando salida por su cuenta a las manufacturas que hagan trabajar.” LARRUGA, 1792.

Con sus dificultades, al abandonar barraganes y alfombras, el proyecto de la Compañía parece haberse centrado en la confección de paño fino y superfino buscando ampliar mercados. Es posible que, como a los gerentes de la Real Fábrica de Segovia, resultase difícil a los de Cuenca comercializarlo y pesara en exceso su stock acumulado sobre el pasivo de la empresa. Evidente es, no obstante, la multiplicación por diez de la longitud del paño fabricado pocos años después del cambio de gestión y que, sin abandonar el paño 18no, que en 1796 y 1797 supuso un 40 y un 45% respectivamente del total confeccionado, se insistiera en la calidad al sacar 22nos, 24nos, 26nos, 28nos y 30nos, esto es, “paños finos y superfinos”, como se los denominaba en la época, en proporción creciente, puestos quizá los ojos en unos demandantes más selectos sustentados sobre una economía por entonces aún próspera en distintos lugares de la Península. El número indica los centenares de hilos con que se realizaba la urdimbre de los paños. Que el valor añadido de los productos de la Real Fábrica fuese holgadamente mayor al del resto de fabricantes, indica son seguridad su calidad superior.

Si bien es verdad que casi nada sabemos de la gestión concreta de aquel moderno proyecto empresarial, ni tampoco de su capacidad de hacerse un hueco en el mercado del reino y exterior, parece cierto que, arrastrado primero por la quiebra del costoso sistema productivo propio de las Reales Fábricas en conjunto, al cabo se vio definitivamente destruido de hecho como consecuencia de los sucesivos asaltos, protagonizados por ambas fuerzas contendientes, de que fue objeto la ciudad durante la Guerra de Independencia frente a los franceses. Todo ello sin contar con que la postración económica del reino sobrevenida tras la contienda impediría recuperar luego los anteriores mercados, rápidamente copados por otros proveedores mejor dispuestos en cuanto a la innovación técnica.


[1] “(…) muchísimas personas que antes se dedicaban a hilar, cardar y tejer, se hallaban reducidas a pedir limosna.” Eugenio LARRUGA, 1792.

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