Lunes, 17 de Enero de 2022

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Entre asteroides

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Me llegan las noticias de la performance de la Escuela de Artes, las actividades del Pablo Díez de Boñar, el recreo poético del García Bellido y sus dieciséis días de activismo. Me llegan y sitúo el problema, o siento que lo sitúo, porque esa misma mañana, a la vez que los gestos gritan lemas que mueven, que conmueven, que construyen, que conciencian, una mujer me traía a mi mesa la realidad de su problema. Sin gestos, sin grandes palabras, sin colores.

Eso era ayer y me trajo recuerdos cuando en el verano de balcones abiertos escuchaba los gritos de una pareja de vecinos, los gritos de ella, su voz atronadora en el silencio de los ronquidos de los vecinos que paraban la noche en el cómplice compás de los relojes esperando la mañana. Son cosas de pareja, acallaba el barrio su conciencia. No sé si golpes, no sé si cristales rotos, no sé qué sonidos en la noche. Yo los escuchaba y, como todos, esperaba el amanecer, la no noticia. El alivio de saber que finalmente no había pasado nada. Y no pasó nada. No sé qué vidas llevaron, qué historias enlazaron después de separarse. No sé porque, por fortuna, no pasó nada. Solo los gritos en la noche y el silencio de la manada. Mi silencio cobarde.

Hoy ya eso no pasaría. Quiero creer que nadie guarda silencio, que nadie se acurruca en su almohada y deja que las cosas pasen, aunque sabemos que pasan. Ya te lo he dicho: ayer esa mujer joven me enseñaba atestados de golpes mientras los gestos y las bellas palabras alicataban el viento. Son tan importantes las bellas palabras como los gestos, porque hacen imposibles los silencios. No son cosas de pareja. Los gestos, las bellas palabras, los carteles, las canciones y los colores nos impiden ya guardar silencio. Nadie sería capaz de aguantar hasta la mañana y salir de casa sin vergüenza. Nadie cierra ya los ojos. Lo han conseguido las mañanas de poesía y manifiesto, la toma de postura y de conciencia. Es verdad, eso no es bastante, la otra batalla es más oscura y la estamos perdiendo, pero no me cabe otra idea que no sea la esperanza. Sé que terminaremos por verlo, que esa ceguera que nos impide detectar la violencia que no sangra terminará cayendo ante el disparo incesante de más gestos, muchos carteles y todas las palabras.

Veo que cada vez que lanzamos una mariposa al viento hacemos como la NASA con su asteroide. Ellos lanzan una nave contra Dimorphos, la luna de Didymos, con la esperanza de que dentro de un año modifique su trayectoria y demuestre que estamos a salvo ante la amenaza de un asteroide que viniera a chocar con la tierra, algo que dicen que no va a pasar al menos en los próximos cien años. ¡Una nave contra un asteroide dentro de un año por si pasara algo que no va a pasar en cien años! Dídimo en español se utiliza en anatomía y botánica para referirse a algunos órganos de los seres vivos que se presentan por pares. Ya ves cómo suena el evento asteroide: a machada propia de Bruce Willis que salva al mundo por navidades. Cañonazo salvaje contra enemigo incierto de nombre testicular. Nuestros pequeños gestos, las palabras bellas, los carteles, viajan entre asteroides golpeando el miedo a complicarse la vida, sacudiendo la conciencia limpia de quienes son capaces de dormir todas las noches.

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