Martes, 18 de Enero de 2022

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Durante magnánima sonrisa

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Nunca he estado en el cementerio de Navatejera. Es casi un tópico hablar de la belleza de los cementerios, quizá porque recogemos en ellos todo lo que queda de nosotros, todo lo que hay de nosotros. Quizá porque entendemos que la belleza de la vida no se termina mientras duran los recuerdos. Quizá porque buscamos la belleza en todos los actos de la vida y especialmente la queremos para este último quehacer. El caso es que los cementerios son generalmente hermosos y parece que este de Navatejera lo es especialmente.

Es un cementerio pequeño, separado del pueblo lo bastante como para preguntarse si uno se ha perdido cuando sube hacia él. Y como hay que subir, se entiende que está en un alto. Un alto a los cuatro vientos abierto a la luz por los cuatro costados, recogido en la distancia que lo separa de los ruidos y los afanes de la vida, decorado en la sencillez de su intención, expuesto al cielo y a la tierra, un lugar escogido para tomar el sol del invierno. Un cementerio pequeño en el que disfrutar despacio deletreando la palabra “libertad”, silabeándola, componiéndola despacio, primero en la intención, después en su dictado y más tarde en la memoria, como un eco de la vida que una haya llevado, como un son que se repite, como un mantra tibetano, como un reguero de historias ensartadas en la aguja de hilvanar todos los recuerdos. Un lugar ajeno para estar absolutamente libre.

Aunque te hablo de Navatejera, su vida estaba en Villasinta. Lo decían dos torres de por allí, que se marchó la alcaldesa, la pedánea que ya no lo era desde hacía lustros o quizá décadas, pero que seguía siendo la alcaldesa para los hombres como torres que mueven los pendones. No era de aquí. Venía del note, del completo norte. Venía de la vida en la máquina de coser y en los apaños. De los gatos y la memoria. Del café con leche en el bar de siempre, un bar de León al que ya no bajará desde su colina.

No sé qué es lo que buscaba Hamlet en Ofelia, qué arquetipo, qué imposible bienestar, qué alegría. No sé qué hielo te separa de la vida cuando el amor te atrapa en la mano asesina. No sé cómo se puede seguir andando. Pero se anda. Ahora que tanto nos gusta hablar de libertad, ahora que tanto debemos a su impuesto, me gustaría pensar en lo que vale un sueño, en lo que enseñan las manos deformadas que cosieron los vestidos de quienes nunca vieron más libertad que la de sus castillos, en lo que esas manos deformadas dieron, en todo lo que dieron bajo una sonrisa más cómplice que gozosa. Manos que no dais, ¿qué esperáis?

A veces tengo la sensación de que la vida se enreda en ombligos sin norte y las verdades más obvias se acurrucan detrás de intereses que ni siquiera son los nuestros, que nos dejamos la libertad en el bolsillo para sacarla a discutir cuando menos toca y que vivimos de rodillas en un suelo lleno de abismos hasta que conocemos a gente de verdad que nos enseña que la felicidad está en poder dar lo que uno tiene, en estar siempre en lo que necesitan los demás y mirar al mundo con una sonrisa magnánima durante toda la eternidad. Una Ofelia más sin Hamlet.

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