Martes, 25 de Enero de 2022

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Mediante carne

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Caminaba a la altura de la Plaza del Huevo ayer por la tarde en un día de sol espléndido y en los cascos me sonó una vieja canción de los ochenta, una de esas que hemos bailado cientos de veces y que decía “simplemente no puedo tener suficiente”. Lo decía en inglés, porque la cantaba un grupo británico. Sencillamente nunca tengo bastante, diría yo en una traducción inapropiada, pero que expresa mejor lo que siento, lo que me ha acompañado toda la vida como una especie de subrayado en mi historia. Nunca es bastante para mí. Nunca es bastante y por eso siempre busco, siempre en marcha, siempre queriendo más de casi todo. Me importa el casi y me guardo la relación de cosas que esconde: todas esas de las que ya uno tiene suficiente. Pero el acorde que se repite es la imposibilidad de decir basta. No la insatisfacción, sino la búsqueda, la exploración, el deseo permanente del asombro. Era a la altura de la Plaza del Huevo, ya te digo. Sonó el teclado, esas primeras notas tan reconocibles, y el estribillo se me quedó toda la tarde. Simplemente no puedo tener suficiente. Hay cosas de las que uno nunca tiene suficiente. Hay cosas de las que uno siempre tiene de más. Y también valdría distinguir entre aquello que se tiene y aquello que se goza, aquello que se posee y aquello que se vive, aquello que se guarda y aquello que explota en nube, que se disfruta en aerosol disperso, que se comparte.

¿No puedo tener suficiente?, ¿qué quiere decir eso? ¿Dónde están mis adicciones? Trato de hacer una separación entre lo que me mueve y lo que me atrapa, entre lo que es búsqueda y creación y sueño, inquietud, deseo, vuelo y lo que me pesa en la roldana, lo que se me agarra a la cintura de los sentimientos, lo que me empoza en sombras. Un guion que me pone en un espejo, un suelo devastado de arañazos, una balanza incierta. ¿Por qué nunca tenemos bastante? Ya me vas a decir que tú lo tienes todo, que no necesitas más, que tu mundo te arropa cada noche cuando te metes en la cama y te colma en el aroma de tus sábanas. Sé que me lo vas a decir y sé que en muchos aspectos es verdad, pero también sé que cuando digo que nunca es suficiente sé que estoy mintiendo, como tampoco tú dices toda la verdad cuando afirmas que ya tienes bastante. Unos y otros, los que estamos en el lado de la necesidad y los que viven en la calma de la satisfacción, tal vez la auténtica cordura, sabemos de nuestras flaquezas. Por eso creo yo que se ha montado todo este circo de la carne. Carne rica y carne pobre. Carne buena y carne mala. Carne de ayer y carne de mañana. Por eso entiendo mediante carne, que no carne mediante. La carne en el asador. La carne expuesta. La carne de la fruta madura que muerdes en el debate de la carne abierta. Necesidad y satisfacción en kilos y kilos de carne abierta en canal.

Nunca toda carne es bastante. Entiéndeme por la metáfora, que ese ser carne, hacerse carne, ser cárnico, ese vivir mediante carne del que tal vez no somos conscientes, nos coloca en un pesebre del que comemos, aunque sea uno forjado con nuestras propias manos, aunque sea un forraje segado de nuestra guadaña. El pesebre está dispuesto y hundimos en él el hocico todas las mañanas antes de vestirnos, antes de tapar toda nuestra bendita carne, ya sea de buena, de mala o de extraña calidad. Mediante carne, repito, no carne mediante.

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