Opinión

La sala en la que se detuvo el tiempo

El estilita / Radio Coruña

A Coruña

El otro día tuvo lugar un incidente al principio de una rueda de prensa en el palacio municipal con la alcaldesa, para hablar de las medidas de seguridad de San Juan. Apenas había saludado y se había puesto detrás del atril y empezado a hablar sobre la madera que se iba a bajar a las playas cuando se oyó un estrépito que hizo a todo el mundo volver la cabeza hacia los ventanales: un periodista de RNE; de gafas redondas y melena se encontraba sentado en un viejo canapé, el asiento había cedido bajo su peso, y ahora su culo descansaba directamente en el suelo. Hubo exclamaciones de sorpresa y luego risas, y algunos se levantaron para ayudarle a incorporarse, aunque él se puso en pie enseguida. Hubo algunos chistes y comentarios. A todo el mundo le parecía divertido, excepto a mí, que sentí que me irritaba. Mi sentido del humor es menos físico y aquello era simplemente una pérdida de tiempo.

Aquello me hizo pensar en los relojes: si has estado en el salón real, sabes que se trata de una habitación grande, alargada, con una entrada en cada extremo, de techo muy alto, llena de objetos antiguos, como casi todo el Ayuntamiento. En el centro, sobre la alfombra, disponen las sillas para la prensa, aunque también hay canapés antiguos a los lados, apartados, como las mesas que hacían juegos con las sillas. Enfrente se encuentra el atril desde el que habla la alcaldesa. Y a su alrededor, por las paredes, en todas partes, relojes de pie, unos cacharros enormes que permanecen impávidos y silenciosos, como si montaran guardia, cuatro, cinco, seis, puede que ocho, todos tiesos contra la pared.

Llevo casi veinte años acudiendo al palacio de María Pita y nunca los había oído sonar. El Ayuntamiento está lleno de esos anticuados cacharros, una colección entera, y me dio por pensar qué pasaría si, de repente, todos esos viejos mecanismos echaran a andar y sonaran a mismo tiempo. Probablemente armarían un estruendo tal que no se podría escuchar nada más, incluso el sonido de los carrillones moviéndose se volvería insoportable, así que los había detenido. Las agujas de cada uno se han quedado congeladas en una posición distinta, como si no pudieran ponerse de acuerdo en qué hora es. Cuando tengo que esperar a que empiece la rueda de prensa, mientras el resto charla o consulta el móvil, yo a veces me fijo en la posición de los brazos: las seis y cuarto, casi la una, poco antes de las once. Ninguno coincide, ni por casualidad, ni siquiera los más pequeños relojes de mesa coronadas con figuras de bronce, aunque todos acierten por lo menos dos veces al día. Así es imposible calcular cuántas horas he pasado en ese salón, esperando a que el político de turno apareciera, las presentaciones, las notificaciones de juntas de gobierno, las conmemoraciones, las imposiciones de distintivos. Veinte minutos, media hora, a veces más. Después de escuchar las declaraciones aburridas, llegaba el momento de las preguntas, cuyas respuestas los políticos siempre intentaban que sonaran tan aburridas como sus declaraciones. Pero siempre quedan las repreguntas.

Además de relojes, en el salón real hay pinturas: a la izquierda, una enorme del desembarco de Cristóbal Colón en la que el gran descubridor, canoso y vestido de escarlata, a su llegada a la isla de San Salvador, de rodillas y empuñando una espada y estandarte. Cerca, entre la vegetación, los nativos le miran asombrados, sin comprender a qué venía todo aquello. Rodeados de tantos relojes, parece que podrían volver a la vida si les volviesen a dar cuerda, como una película en pausa, y los marineros venidos del otro lado del Atlántico se pondrían a hacer muecas con los indios. Justo debajo, en un reloj de mesa, un jinete oriental, turco o moro, con turbante con pincho y cota de malla y un alfanje levantado sobre su cabeza también podría continuar la cabalgata. Todos podríamos salir de allí por fin y hacer cosas mejores si el tiempo corriera libre en esa sala llena de relojes que parecían sarcófagos de latón y madera noble.

Llegó el turno de las preguntas. Hice una, luego alguna más. A mi izquierda, los del gabinete de comunicación empezaron a hacer muecas, indicándome que debí parar. Pero en mi opinión, siempre hay tiempo para una pregunta más.

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