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El estilita / Radio Coruña

A Coruña

Nada más sentarme, recibí en mi mesa la visita de mi jefa, lo cual no era una buena señal. Efectivamente, había un problema: un tipo había llamado para quejarse de uno de mis artículos, en el que contaba cómo la Policía Local había cerrado un local del centro por infracciones reiteradas de la ordenanza de ruidos: aseguraba que lo que había escrito, palabra por palabra, era mentira. Lo del cierre de un establecimiento no es nada que no pase cada dos por tres, pero resulta que el dueño del local, o uno de ellos, era abogado y, aún peor: anunciante. Mi jefa me pasó un número de teléfono para que solucionara aquello y se marchó.

Suspiré. Cuando empecé en esto, cada vez que escribía un artículo me preocupaba de que pasara algo así, que alguien que me leyera, indignado, montara un alboroto y me pusieran de patitas en la calle. A veces, después de salir de trabajar, cuando ya estaba tumbado en el sofá o ya a punto de dormirme en la cama, pegaba un respingo cuando me asaltaba una duda: ¿Había escrito el nombre correctamente? ¿Eran 51 o 15 millones? ¿Era ‘incentivar’ el verbo correcto? ¿Me había pasado con el titular? ¿Era capcioso, demasiado escandaloso? ¿Qué les parecería lo que había escrito a las fuentes que había consultado? ¿La competencia tendría mejores datos? ¿Recibiría una llamada? ¿La recibirían mis jefes? Pero han pasado casi veinte años y mi jefa asegura que soy el redactor por el que reciben más quejas, pero sigo aquí.

Cogí el teléfono y al otro lado se oyó la voz de un hombre joven, en un tono amable. La primera pregunta que hacen es siempre la misma. Siempre. Y es la que más me molesta. “No sé si has contrastado la información”, me preguntó. Yo le dije que sí, más secamente de lo que pretendía. El tipo lo captó y cambió el tono por uno mucho más agresivo. “Si te pones así, cuelgo y pongo una denuncia”, me amenazó, acusándome de tratarle como un enemigo. Con los anunciantes hay que tener tacto, así que le aseguré que no y escuché su historia. Él me preguntó de dónde había sacado la información, porque era falsa ¿Me la habían dado los vecinos? No, respondí. ¿Quién, entonces? “Unos polis”, reconocí. “¡Ah! ¿Unos polis? –exclamó, como si me hubiera pillado en un renuncio- Pues que sepas que estoy grabando la conversación”. Era ridículo, pero tampoco se trataba de la primera vez que alguien me advertía de que estaba grabándome, como si sirviera para algo, y contuve mis ganas de enviar un saludo a todos mis oyentes. Me explicó que los policías la tenían tomada con la novia, que había sido la gerente del local, que la habían detenido por agresión pero que era algo totalmente falso, que nunca les había lanzado aquel vaso, solo se le había caído al suelo.

Ya había oído la historia de labios de los polis y no me interesaba. Lo que quería dejar claro era si la información era veraz. El abogado reconoció que sí, que existía una orden de cese de actividad, pero que lo había paralizado hacía un mes con sus recursos de abogado. Aquello no concordaba con lo que me habían dicho. Luego me explicó que tenía pensado traspasar el local por 70.000 euros, pero que el comprador se había echado atrás porque había leído en mi artículo que era imposible. “Yo no escribí eso”, le corregí. Él me confesó que no lo sabía, porque no había leído el artículo. Puse los ojos en blanco. Si me dieran un euro por cada vez que recibo una llamada de alguien quejándose de un artículo que no ha leído, podría comprar yo mismo ese local. A todos los periodistas les ha pasado algo parecido.

Para mí, aquello ya no tenía sentido. Pero, como ya he dicho, era un anunciante. Le propuse a la presunta víctima de mi incompetencia periodística que me permitiera averiguar qué había pasado y si resultaba que me había equivocado, estaba dispuesto a explicarle a su también presunto comprador lo que había ocurrido. Sentí su confusión al otro lado de la línea, como ondas que me llegaban a través del auricular. Aquello no se lo esperaba. Le dije que le llamaría enseguida. Mi jefe pasó por delante y me preguntó si ya había solucionado aquel asunto y yo le aseguré que estaba en ello. En cuan to colgué me puse en contacto con alguien y le dije que era un cabrón mentiroso, que me había jodido la vida. Le pregunté qué sería de mi mujer, de mis hijos, de mi perro y de mi gato, a los que ya no podría alimentar porque iba al paro. Mi fuente alegó que yo no tengo ni familia ni mascotas, lo que es muy cierto. Nos reímos y, un minuto más tarde, tenía las pruebas de que el cliente no siempre tiene la razón. Había invertido una hora de mi vida, y todavía a día de hoy no sé por qué hizo esa llamada, y qué esperaba lograr con ella. Supongo que solo quería atención.

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