Afinidad animal
El estilita de Abel Peña

El estilita / Radio Coruña

A Coruña
Alguien me preguntó con qué animal me identificaba. “Un oso amoroso”, respondí mientras me ponía el abrigo. Las carcajadas resonaron por toda la redacción. Tenía que ir a la quedada de los therian en Méndez Núñez y todo el mundo daba por sentado que no me iba a gustar. “Sé respetuoso”, me había pedido una compañera, esa chica pálida e ingenua que he mencionado en alguna ocasión. Se moría de curiosidad y le hubiera gustado acudir al evento, pero libraba. Yo le dije que podía leerlo en esta columna, pero ella respondió que no pensaba esperar dos meses. Bueno, es cierto que no escribo con la frecuencia debida.
Mientras bajaba desde el Palacio de la Ópera hasta los jardines de Méndez Núñez con una compañera de redes, le confié mi opinión: “Ahí no va a haber nada”. El fotógrafo me llamó en ese momento para avisarme de que aquello era una locura, y cinco minutos más tarde, pude comprobarlo por mí mismo: los alrededores del estanque de Méndez Núñez estaban llenos de chavales, muchos menores de edad. Todos aguardaban expectantes, con la ilusión pintada en la cara, a que aparecieran aquellos misteriosos seres. Meneé la cabeza ante aquella irrefutable prueba de la decadencia de Occidente. Todos los periodistas nos preguntábamos los unos a los otros si habíamos visto a alguno. Yo formulé mi opinión de que los therian, al igual que los lobisomes, los chupacabras y los yetis, son seres tímidos a los que les espantan las multitudes. Seguimos así, matando el rato contando chistes, mientras los jardines se llenaban de más y más gente, pero todos sin hocico ni cola. La impaciencia se mascaba en el ambiente. No es que la gente se subiera por las paredes, pero sí por las farolas y los árboles, para otear la llegada de los therian.
No tengo ni idea de lo que esperaba aquella multitud de unos pobres chavales con máscaras de animales. En la publicación que rulaba por las redes sociales se hablaba de “juegos, saltos y más”. Desde luego, aquel “más” era intrigante. Ya había oído hablar de los furries, la versión para adultos de los therian; esos que, cuando acaban, tienen que echar a lavar el disfraz para que no que se ponga tieso. Esto era distinto.
¿Qué es lo que se supone que iban a hacer cuando llegaran, ponerse a olerse los culos los unos a los otros? ¿Se lamerían o algo así? ¿Maullarían? ¿Se esperaba de nosotros que los acariciáramos? No se me ocurría ninguna escena que no provocara vergüenza ajena, y una parte de mí deseaba que no se presentaran. A fin de cuentas, 400 personas reunidas por aquella tontería ya era noticia.
Una señora de mediana edad se dirigió a mí: “¿Dónde están los therian?”. Esa misma pregunta se la hacía todo el mundo. Quizá sus padres no les habían dejado salir, preocupados por toda esta atención y habían decidido atarles en corto. No comprendía aquella expectación y quería regresar a la redacción, escribir todas las ocurrencias que me rondaban por la cabeza y marcharme a casa.
Un fotógrafo de la competencia, un tipo enorme como un oso, lanzó un flash para probar la luz y de repente todo el mundo se dirigió hacia allí, pensando que ya habían llegado.
Nada. Yo había perdido ya todo interés y miraba el reloj. Cinco minutos más y me largaba. ¿Qué iba a escribir, además de chistes? La redactora jefa había dicho que no podía utilizar el término ‘disfraz’. “No es el correcto”, me dijo. Los therian se identifican con animales, no se creen animales sino que sienten afinidad por ellos. Me ericé. Yo no tengo olfato de sabueso, pero puedo oler las chorradas, y aquello lo era.
Es esa sensación de pisar hielo quebradizo, las grietas que se forman a cada paso, que obligan a todos a caminar de puntillas conteniendo la respiración en cuanto escuchan el crujido.
Pues yo la detesto: quiero saltar, que se rompa, caer para poder llegar al fondo, donde está el verdadero suelo, duro como una certeza, lo bastante como para afirmarte en ella. A pesar del vértigo y el dolor de la caída.
El día anterior había sido Miércoles de Ceniza, lo que significa que el Carnaval había acabado, pero los chavales querían seguir adelante con su particular mascarada. No se trata de un viaje chamánico hacia la madurez de la mano de su espíritu guía, solo quieren descansar un rato del agobio de ser ellos mismos, como nos pasa a todos en algún momento, y al mismo tiempo, recibir atención, porque que nadie te mire es la peor forma de ser invisible. Eso también pasa a menudo. Son dos necesidades muy humanas, no animales. En ese sentido, yo me siento identificado con ellos.




