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Sociedad

Las primeras palabras tras una muerte inesperada

Un equipo de 6 profesionales de la salud mental trabaja desde 2019 en el SUMMA 112 de Madrid apoyando a personas que acaban de perder a un familiar de manera inesperada

Madrid

Suena un teléfono. "¿Qué UVI está? ¿Hay menores? Vamos para allí". Edurne y Héctor cogen el chaleco amarillo reflectante y azul y salen corriendo hacia el coche. Un joven de 25 años se ha suicidado y se acaba de enterar su familia. Ponen la sirena y acuden al domicilio. Al llegar, una mujer permanece inmóvil sentada en una silla. No es capaz de reaccionar. "Hola, soy Edurne, psicóloga clínica del SUMMA 112, él es mi compañero Héctor, técnico en emergencias sanitarias, y estamos aquí para lo que necesites. Me voy a quedar aquí. Te voy a acompañar". Un rato después, Edurne le agarra la mano. La mujer, aún con el abrigo puesto, rompe a llorar y se despide de su hijo. Edurne Crespo es una de las seis profesionales de la salud mental que desde 2019 trabajan en el SUMMA 112 de Madrid para apoyar a personas que acaban de perder a un familiar de manera inesperada. Un servicio pionero en España.

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Cuando ocurre una muerte repentina, sus compañeros de la ambulancia les llaman si ven que alguno de los seres queridos de la persona fallecida necesita ayuda psicológica. Es lo que se llama un aviso y los más comunes que reciben son de suicidios, homicidios, casos de violencia de género o muertes inesperadas en jóvenes por parada cardiorrespiratoria. Cuando llegan al lugar, observan qué personas están más afectadas e intervienen. "Si no se sabe qué decir, es mejor no decir nada. La gente no necesita tanto escuchar sino sentir seguridad. Sentir que alguien está ahí, permitiéndole llorar. El silencio es ya una intervención en sí misma", explica Edurne, que indica que "este silencio ayuda a legitimar cómo se sienten". Las reacciones que se ha encontrado en estos tres años son muchas, desde incredulidad, impotencia, o desesperanza hasta la rabia y el enfado, algo que a veces no se permiten: "Se preguntan cómo pueden estar enfadados con su padre que se acaba de suicidar. Pero claro que lo pueden estar".

Pero cuando llegan, no solo observan quienes están peor, si no también quienes son "los familiares que sostienen", los que ayudan en esos primeros momentos ofreciendo una botella de agua o una tila. Todo lo contrario a los que tratan de consolar con "frases en el vacío". "No llores" o "tranquilo" son algunas de las más habituales. Lo que nunca se debe decir, apunta la psicóloga clínica: "No le puedes decir a alguien que acaba de morir su hijo que ahora tiene que ser fuerte porque le cargas de una responsabilidad que en ese momento no puede tener. Hay que permitirle que esté mal. Tiene que estarlo".

"A los niños no hay que mentirles, hay que adaptarse a su edad"

Omitir lo ocurrido también es un error habitual. "A los niños no hay que mentirles, hay que adaptarse a su edad, pero hay que poder decir que su papá, su mamá o su abuelita ha muerto. Nos cuesta mucho utilizar la palabra muerto", explica Crespo. Precisamente, los avisos de menores son su mayor temor. Los que más se le han quedado grabados en la retina: "El verano pasado un niño estaba celebrando su comunión, se le cayó un muro y falleció; recuerdo también un suicidio de un menor de 12 años; y no hace mucho una niña de 3 años, una muerte súbita mientras dormía".

De este último, le llamaron cuando estaba en la casa de otra niña que acababa de fallecer. Y es que en cada turno de 12 horas reciben de media unos dos avisos de muerte inesperada. Con la gran carga emocional que conlleva. "Aprendes o te entrenas para emocionalmente poner una distancia. Además, porque creo que es importante para poder trabajar bien. Eso no implica que no nos podamos emocionar. A veces salgo de un aviso y me pongo a llorar con el técnico". Y ahí entra en juego la figura de Héctor González, técnico en emergencias que acompaña a Edurne. Las manos y los ojos que llegan a todo lo que ella no alcanza. "Les ayudo en pequeñas cosas que en esos momentos para ellos son un mundo, como el seguro de decesos o llamar a un familiar para que vaya a apoyarles", cuenta Martínez.

Pasado un tiempo, a veces 30 minutos y a veces cuatro horas, llega el momento en el que sienten que se tienen que ir. "Sobramos cuando ya hay apoyos naturales de esa persona". Antes de salir, Edurne se acerca y abraza fuerte a la persona. "Cuídate mucho". "Gracias por estar aquí", le responden. Y al volver al coche una pregunta le ronda por la cabeza: ¿Qué pasaba cuando no estábamos nosotros?

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