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'Sparta', el incómodo relato sobre la pedofilia que divide a San Sebastián

Ulrich Seidl compone una película dura e inteligente sobre un solitario pedófilo que reconstruye escuelas para captar a niños. El director austriaco canceló su visita al festival tras la polémica por las acusaciones de explotación a los menores durante el rodaje en Rumanía

Fotograma de 'Sparta' / cedida

San Sebastián

Hay directores cuya carrera está marcada por la provocación y un desafío constante a los límites morales del espectador. El austriaco Ulrich Seidl lo ha practicado en casi toda su filmografía, tanto que se define a sí mismo como un pornógrafo social. Su cámara pone el ojo en situaciones que incomodan a la burguesía europea, no para hacerla sufrir, sino para confrontar sus propias contradicciones. Ahí está su trilogía Paraíso, sobre la fe, el amor y la esperanza. En Sparta la provocación ha pasado a ser polémica, no tanto por lo que se cuenta en la película; sino por las acusaciones de los padres de algunos de los niños que aparecen en el filme.

La película fue retirada del Festival de Toronto, ante el reportaje de Der Spiegel que punta que Seidl cometió explotación de menores durante el rodaje y ocultó a los padres que abordaba el tema de la pedofilia. El director lo ha negado, pero ha cancelado su visita al festival y, por tanto, Sparta ha sido la única película de sección oficial de San Sebastián que no ha tenido rueda de prensa. Ni si quiera los productores han venido a apoyarla. Lo último es que en Rumania, donde se rodó el filme, han abierto una investigación judicial para aclarar los hechos.

Sin embargo, no hay ninguna escena que muestre maltrato. La película cuenta la historia de un pedófilo, un austríaco que se muda a Rumanía para abrir una escuela de judo para niños. Su mirada es la de alguien que siente deseo por los menores, pero en ningún momento parece caer en ese deseo. El director enfrenta al espectador con el comportamiento de este hombre, perturbado por su propio deseo y que va mudándose de lugares y cambiando de vida para evitar cometer un delito. Con una puesta en escena austera y feísta, reflejando una población rural de Transilvania, el director ahonda en ese dolor que siente el personaje y su huída hacia adelante.

Sparta es la segunda parte de Rimini, anterior película del director. Igual que hizo en su trilogía sobre Paraíso, las historias no son consecutivas, sino paralelas. Son dos hermanos, uno en cada película, con dos problemas diferentes y el único nexo en común entre ambas es el padre, un anciano con un pasado nazi, que ha perdido la memoria y vive en una residencia de la tercera edad cantando himnos nazis. Seild une ese pasado nazi de la familia con la pedofilia del protagonista, un mangnífico Georg Fiedrich, que pone en su cuerpo y rostro la ansiedad de un hombre condenado por su propio deseo.

Lo perturbador de la película es que el espectador nunca sabe si va ocurrir o no una escena de violencia. Pero cuando ocurre, la violencia no viene del protagonista, de ese profesor de judo que apenas habla el idioma, que anda con los niños todo el día haciendo una especie de escuela de deportes y juegos griegos, que se llama Esparta y que ha abierto para crear su arcadia feliz, rodeado de niños, cuidándoles y tratándoles bien. En esa escuela, los niños pelean, juegan, corren, semidesnudos, mientras el profesor hace fotos de ellos. Pero nunca muestra a cámara nada más.

En realidad lo conflictivo del filme es enfrentarse a que ese pedófilo trata bien a los niños, aunque nos repugne que sienta deseo sobre ellos. Son los padres, sin embargo, los que maltratan a esos niños, descuidándolos o tratándolos con violencia. De hecho, la escena más violenta es cuando el padre mata al conejo recién nacido.

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