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Fútbol

Un partido que efectivamente fue una feria

La selección española de escritores (La Cervantina) se estrenó en Alemania con una derrota digna que expuso una selecta muestra de los fallos más grotescos que se pueden cometer jugando al fútbol. Y también alguna cosa buena

Más de 30 escritores se dieron cita en el primer partido oficial de La Cervantina, la selección española de fútbol de escritores

Frankfurt

La aventura futbolística de los escritores españoles no empezó muy allá. Y no me refiero al hecho de repartirnos las equipaciones delante del control de seguridad del aeropuerto de Barajas como si fueran fardos de cualquier otra cosa, hablo de lo meramente futbolístico. El partido frente a Alemania se enmarcaba dentro de los actos de la Feria del Libro de Frankfurt en la que España participaba como país invitado de honor. La invitación de honor incluía un entrenamiento el día previo en las flamantes instalaciones de la Federación Alemana de fútbol, o dicho de otra manera: en el mejor campo de fútbol en el que vamos a jugar en nuestras vidas.

El viernes a eso de las cuatro de la tarde saltamos a entrenar a un modernísimo estadio de fútbol cubierto y no nos vamos a engañar, no hacía falta ser un lince para ver que las señales no eran buenas. En apenas veinte minutos se lesionaron cuatro de nuestros jugadores y otros dos rompieron sus botas quedándose con la suela y los tacos en la mano. Preguntado Galder Reguera, uno de los del calzado averiado, contestó lo siguiente: "es una pena porque estas botas me estaban saliendo buenísimas, desde el año 2003 no me han dado ningún problema". Acto seguido se acercó a un encargado de mantenimiento de la instalación y le pidió por favor cola blanca para empezar su leyenda de gran improvisador.

Con cuatro lesionados, varios tocados más y una edad media cercana a los cincuenta, la concentración se convirtió en una especie de zoco de ibuprofeno y prendas compresivas. Y el que no encontraba el producto dentro del mercado interno, pues recurría a la potente industria farmacéutica alemana. En este aspecto Antonio Pacheco se llevó el gran rejonazo del fin de semana al comprar una muslera a precio de azafrán. Mientras Ayuso cierra los SUAPS en Madrid, nosotros sin saberlo estábamos abriendo uno en el centro de Frankfurt. Ahí jugó un papel fundamental el doctor y novelista Álex Prada, cuyo criterio se puso en duda en alguna ocasión por el afamado internista coruñés Nacho Carretero.

Tampoco ayudó a una hipotética gesta deportiva el plan nutricional del equipo. Antes del partido había charlas programadas en la Feria y en el Instituto Cervantes de Frankfurt, a las que asistimos con tanto placer como vacío estomacal. Mientras Enrique Ballester, Javier Aznar o Marta San Miguel leían extractos preciosos de libros propios o ajenos, las tripas de la plantilla cantaban el Nessun Dorma sin atisbarse a medio plazo un gramo de hidratos de carbono o algo parecido. Al final se optó por una suerte de autogestión, como en el último Madrid de Mourinho, y varios integrantes del equipo eligieron un verdejo de Rueda como combustible. Si el gas está caro, hay que buscar alternativas.

Ataviados con la equipación oficial y atiborrados a antiinflamatorios, el entrenador Carlos Marañón dio la charla técnica y motivacional en la caseta del estadio del SG Bornheim. El equipo sabía lo que tenía que hacer, el problema es que no sabía cómo.

La charla técnica de La Cervantina

Los alemanes llevan más de una década jugando juntos, todos entrenan semanalmente en Berlín y son capaces de saber la marca de ibuprofeno favorita de cada uno de sus compañeros. Nosotros no nos conocíamos ni de vista. Sonaron los himnos, hubo conjura y nos vinimos arriba, pero rápidamente el fútbol nos puso en nuestro sitio, que es básicamente fuera del fútbol, cuanto más alejados mejor.

No hay nada más difícil en la vida que recibir dos multas de zona azul en el mismo día. Se tienen que dar muchas complicaciones para que eso pase. Tienes que aparcar mal o no sacar el ticket, luego tiene que pasar el agente de turno y ponerte la multa, que te caiga la primera es muy factible. Para que te caiga la segunda ya hay que ser un desgraciado premium. Primero se tiene que caer el papelito del parabrisas, bien por el viento o porque algún listo te la robe. Y luego, porque el segundo agente que pase tiene que ser diferente al primero y no llevar el datáfono que tiene registrado que ya has sido multado. Esto le pasó a Enrique Ballester, pero aplicado al fútbol amateur en un suburbio de Frankfurt.

En la tercera jugada del partido, un novelista alemán le metió una patada tremenda en un tobillo en el que ya traía un esguince. Ballester no volvió a jugar. El segundo agente de la zona azul pasó después por delante de su coche, luego lo explicamos. Ya con la moral muy mermada, el equipo se aturulló y empezó a hacer agua. También hay que decir que de delantero teníamos a Enrique Criado, el cónsul de España en Frankfurt. Que tu killer, tu mayor agresor, sea un diplomático, es una estrategia que no te la firman ni en Cáritas. Es como querer cortar un chuletón con cuchillos de plástico.

Un par de balones a la espalda de nuestra defensa dejaron en evidencia que los escritores españoles no estamos para jugar con la defensa adelantada. El guardamenta patrio era Álex Grijelmo, que a sus 66 años, estaba disfrutando de su primera internacionalidad, por todos es sabido que los porteros siempre alargan la carrera unos años más. El caso es que bien pronto perdíamos 2-0 después de que dos treintañeros fusilaran a Álex en dos jugadas bien parecidas. En la frustración de la derrota y fruto de la impotencia, en el equipo español sacamos nuestra peor versión, convirtiendo ese barrio de Frankfurt en una carnicería de Tarancón.

Pablo García Casado, quédense con ese nombre. Si cruzan un paso de cebra en Córdoba y lo ven de frente, busquen una alternativa, porque es posible que sus piernas estén en peligro. Nuestro poeta de la zaga pudo ver tres o cuatro rojas y repartió souvenirs para todo el gremio alemán de intelectuales, lo que pasa es que el árbitro era amigo y no le sacó ni amarilla. Luego llegó el 0-3 y casi temimos caer humillados, pero el equipo jamás le dio la espalda al escarnio y nunca apartó la mirada de la derrota. Los españoles pueden estar orgullosos.

En esas Antonio Pacheco, el principal inversor de la industria fármacotextil germana, oxigenó el equipo haciendo de entrenador y metió Carmen Berasategui y a Marta San Miguel. Ellas continuaron fielmente el trabajo de sus predecesores con más patadas y más juego violento. El equipo mejoró poco a poco y cerca del descanso llegó el primer gol de la historia de La Cervantina, posiblemente el último también. Alfredo Matilla, con los gemelos más tiesos que dos torreznos de bolsa, sacó una falta lateral tirando de picaresca y sin pedir barrera. Los alemanes no vieron venir aquello, se quedaron maravillados mirando la jugada, exactamente con la misma cara con la que Ursula von der Leyen mira a Pedro Sánchez, mitad sorprendida y mitad obnubilada ante semejante belleza.

Yo en esas estaba dentro del área mirando al suelo intentando ver si lo que tenía delante era una colilla de tabaco o un trozo de algodón. Cuando levanté la cabeza, la pelota volaba a toda leche hacia mi cabeza. Estaba ante una oportunidad única, como cuando aterriza un avión comercial en el aeropuerto de Albacete. Me armé de valor, dio un salto tímido y giré el cuello a izquierdas como hacen en la tele. Gol. Historia. Leyenda. Marca el gol el único del equipo que es escritor porque se ha autopublicado un libro sobre un partido infame de la tercera división española. Un abrazo a todos los autónomos. Pura marca España.

Otro gran homenaje (entiendo que involuntario) corrió a cargo de Galder Reguera. Nuestro portero suplente acabó debutando en la selección española de fútbol de escritores en banda izquierda, algo que ya hiciera Molina con Clemente hace muchos años. Como era previsible Galder no consiguió pegar la suela de sus botas y jugó con unas de Alfredo Matilla, en lo que le sobraba cabía perfectamente un bombón Ferrero Rocher.

El partido acabó 3-1 para Alemania, pero faltaba ese segundo castigo a Enrique Ballester. Nuestro Hazard particular sufrió una segunda agresión en el mismo maltrecho tobillo, pero esta vez el atacante fue un niño que simplemente pasaba por ahí jugando y le metió una patada al pobre Enrique. Una vez en vestuarios, Ballester se quitó la bota y efectivamente llevaba una cebolla morada incrustada en la pierna. Consultó al equipo médico formado por el galeno Prada y el curandero Carretero y se le prescribió un poco de hielo más una cerveza de medio litro.

Conviene mencionar el papel en el banquillo de Miguel Aguilar, el presidente de la Federación Española de Fútbol de Escritores. Su puesta en escena, sus ánimos, su capacidad para generar vehemencia desde la banda, nos ha encandilado a todos. Además de su esfuerzo para que este plan saliera adelante. En la otra banda, en la del público, estaban animándonos Rosa Montero, Irene Lozano, Marta Fernández y Elizabeth Duval. Ellas estaban asistiendo involuntariamente a una feria, no del libro, pero no dejaba de ser una feria.

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