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María Velasco: "Sumisión química o violaciones grupales, hay un sesgo de género que condiciona nuestros miedos"

Hablamos con la dramaturga sobre 'Primera sangre', un texto teatral inspirado en un caso real. La historia de Laura, una niña secuestrada y asesinada en los años 90. María Velasco analiza cómo impactó aquel estado de miedo en el desarrollo e identidad de tantas niñas

María Velasco: "Sumisión química o violaciones grupales, hay un sesgo de género que condiciona nuestros miedos"

María Velasco: "Sumisión química o violaciones grupales, hay un sesgo de género que condiciona nuestros miedos"

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María Velasco nació en Burgos en 1984. No había cumplido todavía los seis años cuando en 1991 se produjo la desaparición y asesinato de Laura Domingo, una niña de 6 años y también de Burgos, secuestrada mientras jugaba en un parque. El caso fue sobreseído sin que se hallara al culpable. Un año después, en 1992, se produjo el secuestro y asesinato de las niñas de Alcàsser, el caso más mediático hasta entonces. Hubo otros muchos, lo que fomentó un estado de miedo en la sociedad que impactó en la crianza de las niñas de aquella generación. El temor al lobo feroz, a los desconocidos, y el peligro de la sexualización. "Tápate, no vuelvas tarde ni sola a casa, no bebas, no provoques..." eran mensajes lanzados desde los medios de comunicación.

Primera sangre es la nueva obra escrita y dirigida por María Velasco, donde recoge esa cultura de la violación y el impacto de aquella represión en el desarrollo de la identidad de tantas chicas. Premio SGAE de Teatro Jardiel Poncela, la obra obliga a la reflexión en torno a los abusos sobre la infancia que se escriben en el cuerpo de las mujeres. El elenco está conformado por María Cerezuela, Valèria Sorolla, Javiera Paz, Vidda Priego y Francisco Reyes.

Escena de 'Primera sangre', de María Velasco / Luz Soria

¿Por qué has querido traer estos casos al teatro? ¿De dónde surge la idea?

Me he dado cuenta de que era un trauma muy vivo, porque esa violencia no ha remitido, a la vista está. En aquellos años se generó un relato de terror en los medios, a veces muy amarillista, que nos condicionó mucho educacionalmente. Y ha sido con la perspectiva del tiempo cuando me he puesto a repensar ese relato. El de "cuidado, niñas", que se dice tanto en la obra, el cuidado con jugar en la calle fuera de la custodia de los padres, el cuidado con la noche, el cuidado con el autostop, en el caso Alcàsser. Condicionó nuestra ideal del miedo, de los temores, condicionó nuestra vivencia del espacio público y de la libertad. Y esto lo he podido pensar ahora, pasadas ya dos décadas, y ha sido muy sanador y muy liberador.

Es una de las grandes preguntas que se plantea la obra, si el miedo evita el peligro o si el miedo evita la vida, nos impide vivir con libertad. Pasados 30 años, esos miedos siguen estando ahí, en la calle, un miedo a la oscuridad, a la noche, a ir sola, volver sola y borracha a casa, como se dice también en la obra. Miedos que no solo sufren las niñas, también mujeres de 30 que, corriendo por el campo, se encuentran con el Lobo Feroz.

Sí, volver sola de noche a casa sigue siendo un tema. En la ciudad de México hay hasta un toque de queda para las mujeres. Y ese toque de queda, aunque sea de una manera menos explícita, sigue vigente para muchas chicas, para muchas niñas. Y hay miedos nuevos, como el miedo a la sumisión química, el miedo a las violaciones grupales, sigue habiendo este tipo de corrientes de pensamiento que condicionan muchísimo a las jóvenes y sí que se nota un sesgo de género. Los miedos de ellas no son igual a los miedos de ellos.

María Fernanda Ampuero: &quot;Tardé mucho tiempo en darme cuenta de que fui violada, a pesar de haberme leído todos los manuales de feminismo&quot;

Sé que eres lectora de María Fernanda Ampuero, que nos presentaba Visceral, un conjunto de relatos donde ha volcado también todos esos miedos y traumas de la infancia. Hay también un ensayo buenísimo de Nerea Barjola, Microfísica sexista del poder, que recoge también el impacto de todos aquellos casos en la crianza de las niñas en los años 90. ¿Cómo ha sido tu proceso de investigación?, ¿qué has leído, visto o con quién has hablado?

Referentes absolutos, sí. Uno ensayístico, el de Nerea Barjola y que tenía mucho temor a abrir, para mí era como una especie de caja de Pandora, revivir esa etapa de traumas y de heridas. Porque esos casos son cruentos y hay una narrativa también muy cruenta, pero está también el deseo de crear contranarrativas. Nostras, hoy en día, las autoras, ¿qué tenemos que hacer o qué tenemos que decir sobre estos casos? ¿Cómo es nuestra memoria de los mismos? Es fascinante el ensayo de Nerea, porque te ayuda un poco a deconstruir cuáles eran las claves de ese terror. Y luego absoluta fan de María Fernanda Ampuero y su visión del terror, igual que de Mariana Enríquez, autoras que están revisitando el género del terror desde enfoques muy interesantes, diciendo que lo verdaderamente terrorífico es la realidad, lo verdaderamente terrorífico es la pobreza o la marginalidad. Fanática de su literatura y creo que eso también ha permeado en Primera sangre.

Mariana Enríquez: &quot;Tenemos que poder hablar sin la sanción de otras mujeres que te digan que no te tiene que importar tu apariencia&quot;

Hay muchas reflexiones en la obra y dos grandes preguntas. La primera es cuándo se hace una mujer, a qué edad dejamos de ser niñas dulcemente eternizadas. Si hacerse mujer es cuando llega tu primera sangre, la menarquia, tu primer periodo o tu primera regla, o si una se hace mujer el día que empieza a tener más miedo a los vivos que a los muertos. ¿En qué momento se rompe la infancia?

Depende, es un rito de paso que a cada cual le viene en un momento. Aquí la primera sangre del título nos sirve para ese asesinato, que en mi caso fue como una pérdida de la inocencia brutal, de entender como que había un mal y que algo conspiraba en la sociedad contra determinados cuerpos. Pero también hace referencia a la primera sangre del desarrollo, a qué tipo de mujeres queríamos elegirnos, si vamos a permanecer en ese espacio de la casa que nos decían que era más seguro, bajo la custodia familiar, o si vamos a salir a conquistar nuestra parcelita del mundo. Cuando decía el título, Primera sangre, la gente pensaba que iba de la regla, que qué interesante, porque son cosas que no se han tematizado.

Lo has adelantado, la obra aborda el tratamiento que le dieron los medios, porque en los años 90 nacieron las primeras televisiones privadas. Desde las Mama Chicho y la cosificación y sexualización de la mujer, a los true crime, que tan populares se volvieron. ¿Hemos evolucionado los medios, hemos mejorado en el tratamiento de estos casos, hay otra contranarrativa?

Yo quiero pensar que sí. Yo además de niña fui muy teleadicta, como digo en la obra, fue nuestra nodriza de leche. Por un lado nos decían cuidado con esa minifalda, que es una venda, cuidado que hay gente por ahí que lo puede entender como una provocación. Pero por otro lado, en prime time, en horario todavía familiar, veías a un político como Jesús Gil hablando en un jacuzzi rodeado de tías en bikini. Era una contradicción como para volver loco a cualquiera. Por un lado concursos como Las Mama Chicho y por otro nos amedrentaban con el mucho cuidadito con no enseñar las piernas o el escote. Una coctelera imposible, cómo salir mentalmente ileso de eso.

Esa narrativa la hemos visto todavía hoy en los medios y en la judicatura, con casos como el de La Manada o el de Dani Alves.

Sí, sigue siendo un debate, aunque creo que hemos aprendido. Porque hubo mucha carnaza, morbo, revictimización, falta de respeto a las víctimas. Lo dice Nerea Barjola, una especie de disección alrededor de esos cuerpos, se hicieron públicas las autopsias. Es el debate de la ética periodística, qué datos es necesario dar sobre las víctimas, qué otros datos lo único que hacen es generar esa corriente de miedo. Creo que es algo que debemos seguir cuestionando. Hoy en día hay una perspectiva ya de género, que nos ha hecho replantearnos estas cosas.

Tu padre ha marcado este texto, según confesabas en la rueda de prensa, porque que tu padre quiso tener un varón, pero al final ha tenido tres hijas y ha experimentado un cambio a lo largo de su vida. El descubrir las violencias a las que estaban expuestas sus hijas, le hizo reflexionar, despertar. Si woke es despertar, bienvenido sea el despertar de los hombres y la revisión de la masculinidad, que es el camino que hace el comisario de la obra.

Total. Yo estoy enamorada del rol del comisario que hace Francisco Reyes en la obra. Bueno, las ficciones beben siempre de la realidad, ¿no? Y en este caso yo hablaba de una nueva sensibilidad que se ha despertado en mi padre, nadie lo diría, un señor jubilado, ex fontanero, que se pasea por Burgos con sus chatitos y dando sus paseos al campo. Para mí mi padre es un woke, para mí mi padre ha hecho una transición absoluta y emocionante y creo que ha sido a partir de eso, de entender también las experiencias de divorcio de sus hijas, las experiencias de sus hijas viajando solas. Hemos compartido eso, hemos madurado juntos y creo que mi padre hoy es una persona que ha pegado un giro de 360 grados.

El comisario también reflexiona sobre la cultura de la violación. "Un hombre es la continuidad de otro hombre y un hombre es un sistema". ¿Cómo acabar con ese sistema, con esa cultura maldita? ¿Un hombre será siempre un lobo para la mujer?

Es muy bonita esa reflexión, cuando él empieza a entender que no hay un único culpable, sino que es un sistema. Y se pregunta qué querría decir esto, que puede parecer un concepto abstracto o académico, el de la cultura de la violación. Él entiende que si estos casos se repiten a comienzos de los 90 y siguen hoy, no es porque haya individuos aislados que presentan más psicopatía, una enfermedad mental, no. Si se repite tanto y en todas partes y hay violencias, por ejemplo, que además son grupales, que no dependen de una única persona, entonces no puede haber cinco enfermos ahí, no. Es porque realmente hay unas estructuras, de poder que han permitido esto. Es como una bombilla que se le enciende al comisario, el ver que no hay un solo culpable, que hay mucha gente que, sin haber tenido nunca las manos sucias de sangre o sin haber ejercido directamente la violencia, está teniendo comportamientos que hacen que se perpetúe. Están teniendo una cierta permisividad hacia eso.

Esas estructuras de poder también se reflejan en la familia, porque un dato que se recuerda en la obra es que la mayor parte de abusos se producen en el entorno familiar.

Ese dato es terrible, es un 80%, un dato real, estadístico y es tremendo, sobre todo, porque también siempre te meten miedo con el afuera. En la obra está se habla mucho de los cuentos, que ya están para advertirnos de eso: de cuidadito con el bosque, Caperucita; cuidadito con ponerte unas zapatillas rojas, cuidadito con ir más allá del arcoíris, Dorothy. Sin embargo, un lugar de peligrosidad es ese espacio doméstico, ese espacio de reclusión que parece que fuera el más seguro para nosotras. Mentira.

"La regla, la virginidad, la prueba del pañuelo, la ablación, las mujeres sucias, pecadoras, inmundas como los cerdos". ¿Cómo salir del convento o cómo dialogar con Dios de mujer a mujer?, que se dice en la obra.¿ Cuál es la reflexión también un poco religiosa que la atraviesa?

Bueno, para mí hay una frase en la obra que me atraviesa y que puede parecer que no tiene que ver con el tema central, pero es el hecho de que la pereza es el peor pecado de todos. Que la pereza es la artrosis del riesgo y que tenemos no solo el derecho, sino el deber de reinventarnos. Ese es el camino de reinvención que hace en la obra. Hablábamos del rol masculino en Francisco Reyes, pero también de las niñas, de decidir quién quieren ser de mayores, de dejar de imitar un rol que han tenido o lo que les han dicho que era malo o temerario, para reinventarse ellas mismas como si fueran prácticamente obras de arte. Creo que esta es la magia y que esta es también la senda espiritual que traza la obra, o sea, es decir que tú eres tu propia obra, trabaja sobre ti mismo y cuidado con la pereza, porque la pereza muchas veces nos lleva a costumbres que son fatales y que son fatídicas.

Esto conecta también con el espíritu de Amadora, que Miren Iza y tú estrenasteis en el pasado Festival de Otoño. Un homenaje a nuestras madres, a las madres de la generación de tu madre, donde te preguntabas hasta qué punto habías vivido por oposición al legado de tu madre, todo lo que que os han dado en herencia.

Siempre estamos dándole vueltas a los mismos temas, aunque sea con diferentes formas narrativas, desde el humor, desde la poesía, desde la danza o desde lo que se quiera. Son varias las obsesiones que mueven el trabajo de un creador.

Tulsa sobre Amadora: &quot;Las mujeres desarrollamos un dolor físico por el peso de los cuidados&quot;

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