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El valenciano que patentó la bóveda catalana en Nueva York

Rafael Guastavino se convirtió en un símbolo de la arquitectura neoyorquina gracias a construir a prueba de incendios

Rafael Guastavino, el valenciano que cambió la arquitectura de Nueva York

Rafael Guastavino, el valenciano que cambió la arquitectura de Nueva York

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En 1881, un valenciano perseguido por la justicia desembarcó en Manhattan. 35 años después era un símbolo de la arquitectura de Nueva York, gracias a algo casi inverosímil: construir a prueba de incendios. Cuando Rafael Guatavino llegó a Ellis Island, no era un inmigrante pobre como muchos de los hombres y mujeres que habían hecho el trayecto por el Atlántico en su mismo barco. Él venía con dinero, con mucho dinero, de hecho. Lo malo es que la procedencia de ese dinero era, por decirlo suavemente, dudosa: 40.000 dólares sacados de una complicada estafa con pagarés y que, una vez conocida su participación en la misma, le impedía volver a poner un pie en España.

Guastavino tenía dos talentos: un delicado entendimiento de las posibilidades de la construcción con bóveda de ladrillo, y una desvergonzada propensión a meterse en problemas, especialmente si eran de índole extramatrimonial... Por eso, su esposa, harta de él, se había largado a Argentina con sus tres hijos mayores y todos los ahorros familiares. Y también por eso, llegaba a Manhattan con su hijo menor, con su amante y madre del niño, con las hijas de ella y con todo ese dinero de procedencia ilegal. Y sin hablar una palabra de inglés.

Guastavino no se limitó a construir con bóveda tabicada. Hizo algo extraordinariamente inteligente y también extraordinariamente estadounidense: patentó el sistema. Lo bautizó como "Tile Arch System" sistema de arco de tabicón. En realidad, Guastavino no "inventó" nada: perfeccionó la bóveda catalana tradicional. Pero ahora, cada vez que alguien quisiera usarla, tendría que contratarle o pagar por hacerlo. Enseguida, al sistema se le conoció como "Sistema Guastavino" o "Baldosa Guastavino" y claro, mucha gente quiso construir con ese método porque presentaba tres ventajas notables respecto a los forjados de madera e incluso a los novedosos métodos estructurales de acero:

1. Su ejecución era muy rápida, las bóvedas se conformaban con elementos de pequeño tamaño, que cualquiera sabía colocar siguiendo un par de reglas básicas.

2. La propia forma de la bóveda desviaba las cargas de manera enormemente eficaz, facilitando así la cubrición de grandes luces sin necesidad de grandes desembolsos presupuestarios.

Y 3, y más importante, como las bóvedas de Guastavino eran de un material cerámico, su comportamiento contra incendios era ideal. Con esa premisa, el constructor fundó la Guastavino Fireproof Construction Company y vendió su sistema así: construcción a prueba de fuego.

En las siguientes dos décadas, Guastavino llenó de bóvedas catalanas decenas de edificios representativos por toda la costa este y el centro del país. En Chicago, en Boston, en Filadelfia, en Washington. Bibliotecas, iglesias, parlamentos, museos... Y, por supuesto, en Nueva York. En la Gran Manzana, en solitario o ya junto a su hijo Rafael Guastavino Jr., construyó en la Grand Central Terminal, en el puente de Queensboro, en la Catedral de San Juan el Divino y la nueva terminal de Ellis Island, donde una vez desembarcó.

La primera estación de metro de Nueva York

En 1900, los arquitectos Heins & LaFarge contrataron a Guastavino para construir en la City Hall Station, la primera estación de metro de Nueva York y él diseñó un elegantísimo túnel en el que sus bóvedas avanzaban por el espacio como los pasos de un bailarín. Gráciles y livianas, alternaban los tramos cerámicos ciegos con lucernarios de vidrio entreverado en bastidores de hierro y plomo. Los neoyorquinos bajaban por primera vez al interior de sus calles y lo que se encontraban era un cielo más bello que el de Manhattan.

Durante cuarenta y un años fue la estación preferida por los ciudadanos de Nueva York, aunque nunca fuese la más transitada. Además, su planta curva impedía que los convoyes más largos parasen allí, lo cual fue haciendo que la estación se volviese poco a poco un artefacto obsoleto, reduciendo cada vez más la frecuencia de los trenes hasta el punto de ser clausurada tras la Segunda Guerra Mundial.

El 31 de diciembre de 1945, los trenes pararon en City Hall Station por última vez y desde entonces ha permanecido sin uso. Estuvo abandonada más de treinta años, y en 1979, fue declarada oficialmente Hito de la Ciudad de Nueva York, aunque el público no tenía acceso a ella. En 2004, justo cien años después de su inauguración, la estación de bóvedas catalanas que diseñó un valenciano mujeriego y cabeza loca fue inscrita en el Registro Nacional de Lugares Históricos, otorgándole así la máxima protección patrimonial de los Estados Unidos. Es famosísima pero aún sigue oculta. En el acceso exterior se puede ver el pórtico de tesela blanca vitrificada, también bellísimo y también de Guastavino, pero el interior apenas se puede visitar, salvo en las ocasionales rutas guiadas que organiza el New York Transit Museum. Al parecer, las autoridades de la capital del mundo aún no han sido capaces de darle un uso un monumento nacional que, además, es la estación de metro más bella de Nueva York.

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