Martes, 19 de Octubre de 2021

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SER Historia: 'Francia ante el estallido de la Guerra Civil Española'

La legación española en París jugaba un papel fundamental en el entramado diplomático republicano

ISIDORO MONJE GIL

La singularidad de la representación de la capital francesa estribaba en que canalizaba buena parte de las actividades y comunicaciones de otras legaciones europeas con origen o destino en Madrid

Iniciada la guerra, esta estructura del servicio diplomático adquirió una relevancia vital considerando que en París se instaló la Comisión Gubernamental de Compra de Armas, encargada de centralizar la mayor parte de los intentos de adquisición de material bélico por parte del bando republicano.

Los sucesos que siguieron al inicio de la sublevación en la embajada parisina fueron un buen ejemplo de lo sucedido en otras representaciones diplomáticas españolas. La capital francesa acogía a buena parte de los monárquicos y antirrepublicanos españoles que residían fuera del país. El comienzo de la insurrección puso en movimiento a estos círculos, que, sin duda, habían participado, de una u otra manera, en la organización de la conspiración. Esta tarea recayó en la figura de José María Quiñones de León, antiguo embajador de Alfonso XIII en la capital gala, que en los meses posteriores al levantamiento militar, junto al conde de los Andes, fue el principal organizador del Servicio de Información de la Frontera del Nordeste de España (SIFNE) con sede en el Gran Hotel de Biarritz. Los años de servicio pasados en la ciudad parisina habían proporcionado al antiguo embajador una amplia red de contactos con políticos, diplomáticos, periodistas y militares, que le permitían estar al día de los acontecimientos que se desarrollaban en la convulsa Europa de los años treinta. Instalado en el lujoso hotel Meurice, en la rue Rivoli, frente al museo del Louvre, su renuncia al cargo en 1931 no había supuesto una merma en estas relaciones.

La primera tarea que se impuso el grupo de Quiñones de León fue neutralizar las actividades de la embajada, especialmente aquellas encaminadas a comprar armas en el extranjero, y para ello, necesitaba reclutar al personal afín a la sublevación rebelde. Los agentes insurgentes inicialmente prefirieron que los reclutados permanecieran en sus puestos para filtrar las gestiones y órdenes procedentes de Madrid, y en su caso, sabotearlas. El edificio situado en la avenida George V, apenas a doscientos metros de los bulliciosos Campos Elíseos, se había convertido tras el alzamiento militar en una suerte de zoco en el que se mezclaban políticos republicanos que el levantamiento había sorprendido fuera del país, otros venidos de España, personal diplomático, aventureros, traficantes de armas, oportunistas, estafadores y ciudadanos de diversas nacionalidades que brindaban su auxilio generoso a la causa republicana. En esta atmósfera de febril actividad comenzó a librarse en la embajada parisina una batalla similar a la de otras agencias diplomáticas, a producirse los primeros reclutamientos y los primeros sabotajes. Con la llegada a medidos de septiembre del nuevo embajador, Luis Araquistáin, las medidas de seguridad de la embajada mejoraron sustancialmente y la eficacia de la labor conspiradora dejó de tener la importancia tan relevante que había disfrutado hasta entonces.

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