Sábado, 27 de Febrero de 2021

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Llamada de la historia

Manolo Caracol

Tenía doce años cuando ya tenía sobrenombre, cuando gané aquel Concurso de Cante Jondo, que consistía en mil pesetas y un diploma. ¡Mil pesetas! ¡Una barbaridad!

Este debut temprano me permitió situarme siempre al lado de los grandes de nuestro país, de tal manera que escuché y me empapé de cada uno de sus cantes.

Cuando llegué a Madrid me dediqué a actuar, siempre en fiestas y juergas pagadas por los que llamábamos señoritos. Siempre en privado, siempre para unos pocos. Fue la Guerra Civil la que terminó, al menos durante unos años, con estas fiestas. Entonces, para ganarme la vida, me fui animando con el teatro. La crisis agudiza el ingenio, dicen, de tal manera que nos inventamos un espectáculo, a medio camino entre el baile, el cante y el teatro, a veces con orquesta y otras veces, solo con piano, dependía siempre de nuestro presupuesto.

Ya en 1944 apareció ella: más joven que yo aunque no tanto como decían. En realidad, yo le llevaba catorce años, pero parecían muchos más, ella por joven y yo por mayor.

Manolo caracol

-¿Qué escribirías como epitafio para tu tumba?

-"Sigo cantando en la gloria".

Llevé a cabo con ella muchas de estas estampas escenificadas. Planeamos recorrer España, y lo mejor es que lo conseguimos. Nos movíamos de punta a punta, con gran éxito. Como éramos pareja artística no había problema de ningún tipo, ya saben que hablamos de un momento en que a uno le pedían el libro de familia para hospedarse en un hotel. Y para hablar de familia no estaba yo, porque la tenía, y en realidad no era ella. Pero ella era mi amor. Qué importa decirlo ahora, si todos lo han contado ya. Las estampas y el éxito que tuvieron derivaron entonces en un par de películas.

Fue una relación profesional y absolutamente pasional. Ella dijo que se había enamorado como una niña y que conmigo conoció los mejores hoteles, las mejores corridas de toros y a los mejores artistas. Claro, vivimos una buena época.

Me dejó por América, por hacer las Américas…pero no pude decirle nada. No estaba yo en situación de decir nada…

Volvamos a lo profesional…dijeron de mí que era un buen cantante pero irregular. Lo que se me dio genial siempre fue el tema de las grabaciones. Qué manera de cantar a la guitarra de Melchor de Marchena. Qué manera de sonar. Qué bonito disco. Me tacharon de divo, de divino, como quieran…porque me puse en mi lugar para el tema de los pagos y de las promociones pero no hablaron de los veinticuatro temas de estos dos discos, que iban en un estuche, que eran vinilos y que costaban un buen pico para la época: 710 pesetas.

Nunca fui un hombre de grandes fans. Me querían mucho unos pero me odiaban mucho otros. Nunca fui capaz de causar indiferencia. Y nunca supe tampoco si esto era una virtud o un defecto.

Lo que tengo más presente es que entre mis detractores estaban lo puristas, los que no acaban de asumir que se me ocurriese acompañar de un piano, de una orquesta…y en aquellos años de flamenco puro, esto no estaba bien visto.

La inauguración del tablao Los Canasteros fue uno de mis grandes proyectos. La Venta de Vargas fue otro de mis lugares fetiche. Esta morada de artistas gaditanos fue mi casa, porque era la casa de mi hermano Juan Vargas, al que canté desde el corazón a la muerte de su madre.

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