Martes, 28 de Septiembre de 2021

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Llamada de la historia

Florence Nightingale

Lo hice así: rechacé la vida que me esperaba. Rechacé una vida dedicada a una casa, a un marido, a unos hijos. Rechacé la vida que llevaba mi madre y también la que llevaba mi hermana mayor.

Había en mi familia mucho de tradición y de modos de comportamiento de la época pero también es cierto que mi padre, siendo él un terrateniente, un hombre bien rico, creía firmemente que también las mujeres debían recibir educación y fue precisamente él quien me enseñó italiano, latín, griego, filosofía, historia e incluso literatura y matemáticas, convirtiéndome así en una mujer inusual para la época, en la que las mujeres de nuestra clase social no iba a la universidad ni tampoco pretendían carrera profesional alguna más allá del matrimonio y la crianza.

Y en eso yo no entré…no porque me faltaran candidatos, que, obviamente, dadas las circunstancias de mi vida y de mi familia, los había. Pero es que mi decisión de dedicar la vida a otros fue casi como una llamada espiritual, de alguna manera, fue Dios quien me conectó con la vocación.

Puede tener que ver la moralidad victoriana, que era la que me rodeaba, la que me hizo mantenerme sin relación alguna hasta el final, aunque yo lo achacaba más a las pocas ganas de complicarme la vida y de tener que dejar de emplear tiempo a mis pacientes y a mi vocación de ayuda.

Cita de Nightingale / Cadena SER

Tuve muchas amistades, tanto con hombres influyentes que me ayudaron a llevar a cabo mis tareas, como con grandes mujeres que se convirtieron en apoyo fundamental. Fui yo quien se definió en ocasiones como hombre de negocios y hombre de acción.

Es al menos lo que pretendí ser cuando decidí dedicarme a la enfermería. Era entonces el año 1844 y emprendí tras los estudios una serie de viajes que me hicieron conocer realidades necesarias: Grecia, Egipto o Alemania, volviendo a Londres con un cargo de superintendente en el Instituto para el Cuidado de Señoras Enfermas. Gracias a la ayuda económica que me seguía brindando mi padre pude siempre vivir bien y continuar aprendiendo en mi carrera.

A medida que iban llegando a Gran Bretaña reportes de lo que sucedía en Crimea, sentí que algo se debía hacer allí. Gracias a mis contactos pudimos, un grupo de enfermeras entre las que me encontraba, trasladarnos a la zona de conflicto.

Y aquí es inicia uno de mis pesares, el que alguno cree que me llevó a las posteriores depresiones que padecí: y es que en estos hospitales de guerra, durante la campaña, no me di cuenta de que la falta de higiene era una de las causas principales de muerte, y me centré en la mala nutrición, la falta de suministros médicos y el agotamiento de los hombres como causas de esa alta mortalidad.

Fue al volver a Londres, reuniendo pruebas de lo vivido, cuando percibí que los soldados fallecían en realidad por las malas condiciones de vida en el hospital, y así empezó mi verdadera carrera abogando por la importancia de mejorar las condiciones sanitarias de los hospitales. Entonces sí, se redujo el número de muertes en el ejército en tiempos de paz y diseñamos de manera correcta los hospitales.

Empecé a tener cierta notoriedad por mis peticiones y la labor que íbamos ejerciendo y distintos medios se interesaron por mi figura. No me gustaba demasiado aparecer, especialmente, odiaba ser fotografiada, pero también es verdad que era un reconocimiento.

Por ejemplo, en The Times, en pleno conflicto y en 1855 escribieron sobre mí: Sin exageración alguna es un «ángel guardián» en estos hospitales, y mientras su grácil figura se desliza silenciosamente por los corredores, la cara del desdichado se suaviza con gratitud a la vista de ella. Cuando todos los oficiales médicos se han retirado ya y el silencio y la oscuridad descienden sobre tantos postrados dolientes, puede observársela sola, con una pequeña lámpara en su mano, efectuando sus solitarias rondas.

Esto responde a una actitud que a mí me parecía lógica pero que no estaba todavía extendida, que era visitar a los enfermos durante las noches. Me gustaba acercarme a ellos, y charlar un rato, porque además de darme datos que necesitaba para avanzar en mis investigaciones sobre las necesidades reales de los hospitales, creía firmemente en que aquellas conversaciones les hacían mucho bien. Para no molestar, y por la época en la que me tocó vivir, me acercaba a ellos con una pequeña lámpara, y ahí se inició aquella historia que cuenta de “la dama de la lámpara”.

A la vuelta de la guerra, se reunieron fondos para un homenaje que quisieron hacerme y la suerte y la alegría fue que se reunió un fondo con el que pude montar una Escuela de Entrenamiento, que todavía hoy existe y que enseña a Enfermería y Partería, que forma parte del King’s College de Londres.

Recolectamos también fondos para un hospital que fue pionero, porque fue el primer hospital civil en incorporar sus diseños respecto del sistema de ventilación, la amplitud de las escaleras, la disposición de los armarios, etc.

En 1859 se publicaron Notas sobre Enfermería: Qué es y qué no es, un pequeño libro que sirvió como base del programa de estudios de la Escuela y de otras escuelas de enfermería que siguieron el mismo modelo, a pesar de haber sido escrito como guía para quienes ejercían cuidados de enfermería a domicilio.

De manera insistente, en este librito afirmaba entonces que cada día tiene mayor importancia el conocimiento de la higiene, el conocimiento de la enfermería, en otras palabras, el arte de mantenerse en estado de salud, previniendo la enfermedad, o recuperándose de ella. Se le reconoce como el conocimiento que todo el mundo debe tener -distinto del conocimiento médico, propio solamente de una profesión-.

Este libro, Notas sobre Enfermería, también tuvo una buena recepción por parte del público general y aún hoy es considerado una introducción clásica a la enfermería. Prácticamente el resto de mi vida desde ese momento lo dediqué a promover la enfermería como profesión y a organizarla de manera ya moderna.

Cuarenta años después de mi muerte, nació el Servicio Nacional de Salud Británico, cuyo origen estaba en la introducción de enfermeras entrenadas para el cuidado de enfermos a domicilio. Esto significaba que los enfermos accedían a cuidados reales de personas preparadas independientemente de su situación familiar y económica.

Me he enterado de que en la actualidad se celebra, en el aniversario de mi nacimiento, el Día Internacional de Concienciación de las Enfermedades Neurológicas e Inmunológicas Crónicas, debido a que se considera que los síntomas de mi enfermedad coinciden con un trastorno neurológico. Duré noventa años a pesar de todo, no lo hice tan mal.

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