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Lunes, 14 de Octubre de 2019

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El último mohicano

Treinta títulos y tres hijos después, Iniesta se va preparando. Con naturalidad, seguro de sí mismo, reflexivo y sereno va deslizando su adiós

Iniesta controla un balón en el año 2016, cuando adoptó el peinado del mohicano /

Lo hace mientras libra, quizá, su última gran batalla: demostrar al mundo que el “ADN Barça” todavía existe, que jugar bien y ganar debería tratarse, en definitiva, de lo mismo.

Iniesta es el último mohicano, el capitán de un estilo en peligro de extinción, el guardián de las esencias. Se ha ganado el cariño de la gente, la complicidad de sus compañeros y el respeto de los rivales. Pero su mente y su cuerpo empiezan a decir basta. Ya notó los síntomas la temporada pasada y este año va madurando su adiós. El mohicano quiere morir en el campo, su batalla son los títulos y le queda, quizá, otro triplete y otro Mundial por ganar.

Iniesta lleva 22 años en el club. Debutó hace 16 en el primer equipo y se ha convertido en uno de los líderes del mejor Barça y de la mejor selección de la historia. El fútbol le ha regalado momentos mágicos. El capitán lo sabe. Pero Iniesta también sabe que el Barça es igual de maravilloso que cruel. Lleva el tiempo suficiente como para haber vivido el final del Dream Team, los años oscuros de Gaspart, la autocomplacencia de Rijkaard o el annus horribilis del Tata.

Por eso, Iniesta medita irse ahora, que es titular indiscutible y va camino de ganar más títulos. Quizá piense que una retirada a tiempo es una victoria. Se ha ganado el derecho a decidir, por mucho que duela porque sigue siendo un jugador muy importante para el Barça. Iniesta ha sabido brillar en la sombra. Genial y discreto. Quizá eso nos deba hacer reflexionar porque todo el mundo ha pensado que estaría aqui para siempre. Han pasado muchos pero él ha seguido ahí. Jugando y ganando. “Iniesta será eterno”, repiten en el Barça. Y es tan buen futbolista como honesto.

Parafraseando a su querido Russell Crowe en Gladiator, “Lo que hacemos en el fútbol, tiene su eco en la eternidad”. Pero, como añadiría el propio Andrés, “el fútbol pasa, las personas perduran”.

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