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Un regalo demasiado macabro para Julio César

Pompeyo llegó a Egipto un 28 de septiembre del año 48 a.C. huyendo de Julio César. Esperaba encontrar refugio, pero el rey Ptolomeo ordenó que lo asesinaran y decapitaran. Julio César hizo matar a los asesinos de su enemigo

Bildagentur-online (Getty Images)

Una de las cosas que nos quedan claras al analizar el paso de los humanos sobre la Tierra a lo largo de los siglos es que una vida gloriosa a menudo acababa en una muerte violenta. Eso era antes, claro, porque hoy en día tanto las vidas como las muertes acostumbran a ser bastante más aburridas. Y lo digo como algo bueno.

Un regalo demasiado macabro para Julio César

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Tomemos el ejemplo de Pompeyo el Grande. Como su sobrenombre indica, fue uno de los generales más celebrados de toda la historia romana, habiendo luchado en Hispania, en África, aplastando la revuelta de Espartaco, limpiando el Mediterráneo de piratas o conquistando Siria, Palestina y Armenia.

Pero las cosas se le empezaron a torcer cuando se enfrentó a otro gran general de la época: Julio César. Se enfrentaron en una guerra civil que acabó llevando a Pompeyo a huir a Egipto, esperando que el rey Egipcio, Ptolomeo, lo ayudara en su lucha contra César.

Y así llegó Pompeyo en barco a la costa egipcia, un 28 de septiembre del año 48 antes de Cristo. Era el día después de su cumpleaños, pero no le esperaba una fiesta precisamente. Al poco de desembarcar, Pompeyo el Grande murió apuñalado por orden del rey Ptolomeo. Le cortaron la cabeza y se la mandaron a César de regalo. Pero César, a pesar de ser su enemigo, respetaba a Pompeyo, así que aquel detalle macabro del rey de Egipto no le sentó nada bien. ¿Y qué hizo para quitarse el disgusto? Pues lo que haría un general romano: hacer matar a los asesinos de Pompeyo.

No sé vosotros, pero yo me iré ahora tranquilamente a la máquina de café, sabiendo que es improbable que me acuchillen, me decapiten y manden mi cabeza como regalo a mis enemigos.

 

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