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Fractura, derrota y oportunidad

Es obvio que hay dos posiciones antagónicas, con Puigdemont cada vez más lejos de la realidad y sin más argamasa que los presos

El independentismo catalán ya venía trompicado escaleras abajo ofreciendo espectáculos parlamentarios deplorables y ayer se quebró. Perdió la mayoría y queda en situación muy precaria con la legislatura agonizante. En la fractura de ayer se reproducía el viejísimo divorcio entre los que dirigen las maniobras desde el exterior y los que lo hacen desde el interior, máxime desde el interior de una cárcel; entre los que se obstinan en una resistencia numantina y los que saben que una partida ha terminado, que la han perdido, y que hacen falta nuevas cartas y volver a barajar.

Lo de ayer no fue un accidente. Es obvio que hay dos posiciones antagónicas, con Puigdemont cada vez más lejos de la realidad y sin más argamasa que los presos. Este resquebrajamiento independentista brindaría al constitucionalismo una gran oportunidad si aún existiera aquella cosa tan bonita que en la antigüedad llamábamos políticas de Estado y si la estrategia de mano tendida no fuera la chaladura de un presidente sino el acuerdo de todos los partidos en su conjunto. Pero ya sé que es imposible, máxime con el Parlament catalán en la UVI y el Parlamento español en la ambulancia camino de ella.

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