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Gritos de protesta, ironía poco escondida y una reivindicación incesante

Espido Freire nos habla esta semana de Rosalía de Castro y de su escritura reivindicativa que rompía con los estándares de la época

Espido Freire en los estudios de la Cadena SER / LAURA CORONADO

Esta semana, la escritora Espido Freire nos cuenta la historia de Rosalía de Castro, poeta y novelista española del siglo XIX.

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Abre esa ventana, que quiero ver el mar...

Ya no veía, ya casi no podía hablar. Rosalía de Castro abandonaba una vida en la que habitó casi de paso, siempre con la amenaza de marcharse, desde que, recién nacida, estuvo a punto de morir y fue bautizada de urgencia.

La descripción de su muerte, a diferencia de la de su vida, no se la debemos a su marido, Murguía, escritor también, galleguista y convencido líder del Rexurdimento, sino al político gallego González Besada.

Según él, ella rezó sus oraciones, organizó qué parte de su obra debía destruirse y qué publicarse, eligió en qué cementerio querría ser enterrada, el de Adina, pidió que le dieran un ramito de pensamientos y dijo sus últimas palabras a su hija Alejandra.

"Abre esa ventana, que quiero ver el mar... Y se fue. Se estaba despidiendo desde hacía mucho tiempo. Adiós, ríos; adiós fontes; adiós, regatos pequenos; adiós, vista dos meus ollos, non sei cando nos veremos."

Pero ¿es creíble esa versión de una muerte de perfecta cristiana, de perfecta romántica? ¿Besó Rosalía antes de morir un ramito de pensamientos, rezó, fue capaz de pensar en su obra? Rosalía se convirtió en vida, pero sobre todo, en muerte, en una imagen tan perfecta de la madre tierra, de la sufrida y doliente mujer de su siglo, de la gallega ideal que por qué no incluir también esa imagen refinada de su fin. Rosalía, idealizada, ensalzada, convenientemente desaparecida, sirvió para muchas más causas muerta que viva.

"Miña terra, miña terra, terra donde me eu criei, hortiña que quero tanto figueiriñas que prantei."

Con ese pesado sudario de perfección se ocultaba su rabia y su frustración, que la acompañó durante toda su vida. La vergüenza de ser hija de soltera y cura, con lo que eso limitaba su horizonte. La impotencia ante la pobreza en la que vivía su pueblo, el campesino, el marinero, la viuda, la mujer, víctima de la emigración y de la ignorancia. El dolor de un matrimonio poco feliz con un hombre con el que no siempre se entendía. La incomprensión del mundo artístico y literario, y la opción más difícil, más denostada: escribir poesía en gallego, la lengua despreciada y vulgar de los desposeídos.

"Adiós, adiós, que me vou, herbiñas do camposanto, donde meu pai se enterróu, herbiñas que biquei tanto, terriña que nos crióu."

Rosalía escribió con más pasión que languidez, con más inteligencia de la permitida a una mujer de la época: pero ya molestaba bastante con esa imagen suave e inofensiva. Quien quiera leerla, encontrará en sus versos gritos de protesta, ironía poco escondida y una reivindicación incesante. El desgarro de su despedida de la tierra no es sentimental, sino una realidad palpable y dolorosa que cualquiera que haya tenido que abandonar el lugar en el que nació comprende instintivamente. Rosalía analiza la emoción como un cirujano y la devuelve en palabras sencillas como el agua, y que alimentan como el pan.

Ese es el secreto de que casi dos siglos después de su nacimiento sea una de las escritora más populares en España, pese a haber escrito en gallego, pese a ser principalmente poeta, pese a que poco se sabe de su vida. La capacidad de haber visto ya entonces las llagas del pobre, del sufriente, del marginado.

Abre la ventana, que quiero ver el mar...

Rosalía no deliraba. Desde su ventanita de la casa de La Matanza, en Padrón, no se puede ver el mar, pero sí pasaba por allí el río que los paisanos llamaban, con una mezcla de exageración y retranca, o mar. Como muchas de sus palabras, estas se magnificaron, se quiso ver un mensaje secreto donde no existía o un romanticismo extremo donde se describía la realidad. Por sensible que fuera, por fina que fuera su piel, Rosalía no caminaba sobre la nubes: nunca perdió de vista aquello que la hería, ni dejó de escribir sobre ello. Cómo hemos recibido nosotros su legado, esa es otra historia.