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La mirada desde el abismo

Sylvia Plath, escritora y poetisa estadounidense, podía rivalizar en talento a cualquier poeta de la época

Judy Snow Denison

La fascinación que provoca Sylvia Plath se parece a la de un agujero negro, con un origen y unos límites poco definidos. Con solo treinta años y algunos de los poemas más desgarradores del siglo XX ya escritos, se suicidó en su propia cocina: no era la primera vez que lo intentaba, en su lucha con un carácter y con una infelicidad a los que algunos colocan la etiqueta de trastorno bipolar. Sylvia podía rivalizar en talento con cualquier poeta de la época, incluido su esposo, Ted Hughes, pero sus torturas privadas resultaban absolutamente personales: sufría por ser mujer y por la presión que su entorno añadía a su función y sus obligaciones como tal. Deseaba al mismo tiempo cumplir con las expectativas de una esposa de los años 50, delicada, hermosa, eficiente, y todo aquello, que solo con un gran esfuerzo llevaba a cabo, le repugnaba enormemente. Nunca supo elegir: lo quería todo, incluido lo que se contradecía, y todo le hería.

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En La campana de cristal, una profunda y conmovedora novela autobiográfica que trata la salud mental como pocas, Sylvia mira cara a cara el perfeccionismo y la insatisfacción, la necesidad de ser amada y la imposibilidad de conseguirlo. Se enamoró del poeta que mejor podía entenderla, que era, al mismo tiempo, el hombre menos indicado para ella: la ambición de Hughes, sus propias dificultades emocionales y sus infidelidades constantes han sido luego utilizadas como una muestra de la admiración por Sylvia. Cuando más se revalorizaba la figura de Sylvia, más necesario era vilipendiar a Ted Hughes. Poco tiempo después, la mujer por la que Ted había dejado a Sylvia, Assia Wevill, se suicidó con la hijita que había tenido con el poeta de idéntica manera en la que lo había hecho Sylvia.

De ese golpe y de esas acusaciones de maltrato hacia las mujeres de su vida Ted Hughes no se recuperó nunca del todo. Ni siquiera la reivindicación, años después, de los hijos de ambos, los que dormían plácidamente mientras su madre se asfixiaba con el gas del horno, eximieron de culpa a Ted Hughes. Ellos dijeron, posiblemente con toda la razón, que sus padres, muy jóvenes cuando todo ocurrió, se conocieron profundamente y se amaron, el tiempo que pudieron, tal como eran. Que nada hubiera podido evitar, antes o después, la muerte de su madre, y que la pornografía del dolor, el morbo del talento asociado a la desgracia, les había causado tanto o más daño que el propio fin de Sylvia.

Quizás porque eran rabiosamente sinceros cuando hablaban de cómo entendían los demonios de su madre, en 2009 el único hijo varón de Ted y Sylvia, que se había dedicado a estudiar ictiología, en especial, la vida de los salmones, se ahorcó. El suicidio, ya lo dijimos con los Hemingway, es una horrible herencia, amarrada a la depresión y la enfermedad.

Morir

es un arte, como todo.

Yo lo hago excepcionalmente bien.

Esos versos de Sylvia, tan conocidos, dan muchas claves. Hacía falta más que el desamor para acabar con ella, pero, al mismo tiempo, el afán de la destrucción hundía profundas raíces. Antes que cualquier otra cosa, antes de convertirse en lo que la convertimos, Sylvia era una artista, y comenzaba y acababa en ella misma: nada externo podía combatir el vacío interior, su desolación ante la certeza de que se había quedado sin palabras y sin función: para eso no necesitaba a Ted Hughes, ni la consolaban los hijos a los que amaba con enorme ternura. Quien no entienda que para quien escribe la relación con su propia obra resulta más importante que cualquier otro vínculo real fallará en comprender a la poeta. Sin embargo, aún así, podrá disfrutar de su obra.

No deseaba flores, querría únicamente

yacer con las palmas hacia arriba, totalmente vacía.