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Ese anónimo: Lazarillo

El autor de la famosa obra del siglo XVI sigue siendo un misterio a día de hoy. Sin embargo, dos nombres se repiten con fuerza

Escena del jarro de vino en 'El Lazarillo de Tormes' / Medina Vera

De los nombres que con mayor frecuencia se han barajado para que el Lazarillo deje de ser anónimo, dos se repiten insistentemente: Fray Juan de Ortega y don Diego Hurtado de Mendoza.

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Fray Juan, Obispo de los Jerónimos, fue uña y carne del Emperador Carlos V y su sacerdote de confianza cuando se retiró a Yuste. El rumor de que escribiera el Lazarillo se extendió cuando le encontraron en su celda un borrador manuscrito del libro; no se conoce que escribiera nada más, y, desde luego, conocía bien el mundo del clero, aunque quizás no al bajo nivel del que trata esa terrible historia de pobreza, corrupción e hipocresía.

El otro candidato, don Diego, ha sido defendido por voces autorizadas desde el siglo XVIII, y más recientemente por la ilustre investigadora Mercedes Agulló, que encontró en un inventario de la biblioteca del censor del Lazarillo dos obras de Hurtado de Mendoza: la Guerra de las Alpujarras, que se sabe que escribió, y un legajo de correcciones del Lazarillo.

Diego Hurtado de Mendoza fue un noble granadino, políglota, embajador de Carlos V, de gusto exquisito como intelectual y de valor más que probado como militar. Hermano de María Pacheco, y nieto del Marqués de Santillana, se escribía con Teresa de Jesús y fue admirado por Lope de Vega. Como buen caballero español, se le acusó de meter la mano en la caja mientras era gobernador de Siena, y con Felipe II perdió toda la influencia de la que había gozado con su padre.

Y, sin embargo, algo no acaba de encajar. Desde luego, la ficción es poderosa, y no necesita de una vivencia personal para evocar imágenes, incluso algunas tan intensas como las que despierta ese niño nacido sobre el Tormes. Es posible que un estudiante de Teología de Salamanca, o un jovencito aristócrata, pudieran observar desde las grietas de la sociedad, como un Siddharta fuera de palacio, la pobreza, la mendicidad, las mentiras de las que se valían para sobrevivir los que se encontraban bajo ellos.

Sin duda a cualquiera de ellos dos, o a los otros cuyos nombres han entrado en la terna, les contarían anécdotas y chistes, chascarrillos y miserias sobre ciegos o sobre arciprestes amancebados. Muchas de ellas serían populares, y se contarían de calle en calle en esa España empobrecida y árida del siglo XVI.

Puedo imaginar que cualquier escritor o cronista de la época habría conocido, en alguna expedición o ayuno, el hambre, o habrían visto muchos casos de escuálido pavoneo como el del escudero. ¿No los vemos a diario, incluso ahora? Creo que cualquier de los dos habría sonreído con una historia como la del jarro de vino agujereado y tapado con una telilla de cera. Pero en la manera en la que describe la brutalidad del ciego cuando le parte los dientes al niño, el dolor de las heridas curadas con vino, la dependencia de quien no tiene nada y se ve atado a un amo impedido pero poderoso hay algo auténtico, casi íntimo. Si el jerónimo o el embajador escribieron esa escena, ¿quién se la contó? ¿A quién encontraron en sus viajes a Italia o México que les acercara a la desesperanza de una vida sin rumbo, a la socarronería frente a la omnipresente honra que regía sus vidas?

El Lazarillo gozó de tanto éxito que se escribieron varias segundas partes, algunas de ellas muy populares, y esas ya sí con nombre y apellidos bajo el título. Ninguna logró la mezcla de ternura y desencanto, de visión fresca sobre la infancia y de crecimiento apresurado del original. El Lazarillo hablaba de lo que todos veían y sabían, pero que la censura no permitía gritar, se asomaba a los callejones que olían a col hervida y a quienes eran demasiado pobres incluso como para recibir justicia. Bien está que no se conozca a su autor: su nombre es el de todos, el de ninguno.