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Wilde en Reading

Oscar Wilde, el niño bonito, el impertinente más ingenioso, el artista mejor considerado de todo Reino Unido

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La cárcel de Reading, húmeda, inhóspita, albergó de 1895 a 1897 al que había sido el niño bonito, el impertinente más ingenioso, el artista mejor considerado de todo Reino Unido. Oscar Wilde había medido mal sus fuerzas y malinterpretado la deriva social, y en apenas unos meses había pasado de estrechar manos de admiradores a la salida de sus estrenos a los trabajos forzados de una condena ejemplarizante.

La versión de Wilde, la que nos ha legado en su vibrante y estremecedor De Profundis, fue la de un juguete en manos de su joven amante, un frívolo Lord Alfred Douglas que le utilizó para ajustar cuentas con su padre, y después le abandonó a su suerte, sin escribirle ni una sola línea mientras agonizaba en la prisión. Su desgracia fue incuestionable: Wilde cayó en picado, no solo ante los ojos de sus lectores, sino por su propia deriva emocional. Viviría pocos años más, arruinado y alcohólico, lejos del país que le había condenado. Por el camino murió su madre, que le adoraba, su esposa, la sufrida Constance, que cambió el apellido de sus hijos, pero que nunca dejó de pasarle dinero ni se divorció de él. El juicio de Wilde delató la podredumbre y la falsedad de una Inglaterra que alardeaba de su tradición de las relaciones a la griega pero que se negaba a darle ni visibilidad ni nombre.

Los entresijos del proceso, y las consecuencias del mismo revuelven el estómago: algunos de los acusadores se encontraban bajo sospecha de relaciones homosexuales que los convertían también en vulnerables. El padre de Douglas, el Marqués de Queensberry, chantajeó sin rubor a unos y a otros, incluido al Primer Ministro, con tal de conseguir su objetivo: alejar a su hijo, el segundo que se encontraba envuelto en un escándalo gay, del odiado escritor.

La sociedad de su época, e incluso de la nuestra, exigió a Wilde no solo una redención completa sino también un comportamiento angelical y completamente coherente que no siguió. No se arrepintió, no retomó el lugar del que le habían destronado. Wilde, tras cantar su pesar en una larga carta y una magnífica balada, regresó con Alfred Douglas cuando salió de la cárcel. Su relación fue breve, y tan inexplicable como previsible. Aunque sus obras se continuaron estrenando, él vivió de la caridad de sus amigos, de una casa a otra. Comprendió mejor de lo que hubiera querido, o creído, a sus compañeros convictos: en Reading se enamoró de Henry Bushnell y se obsesionó con Charles Thomas Wooldridge, ahorcado por asesinar a su esposa, cuyo espectro no le abandonó nunca. Su amigo Bram Stoker, el autor de Drácula, y su esposa, la exquisita Florence Balcombe, de la que Wilde una día estuvo enamorado, le visitaron en Francia, y regresaron horrorizados por su decadencia.

Solo algo empaña la lectura del De Profundis, ese rasgón del alma dolorida de Wilde: su negativa a asumir su imprudencia, su responsabilidad en todo el desgraciado asunto que le llevó a la cárcel, a la celda C-3.3. Aquello de lo que culpa a Douglas fue tan obra suya como del jovencito. Todo el mundo es libre de perder la cabeza por un amor, por arrogancia, o por ceguera, pero Wilde, tan sensible en todo lo que sonaba a pecado y redención, volcó su rabia, que debió ser mucha, en ese espejo que no envejecía, en ese Dorian que se encontraba a salvo, en su antiguo amante. Devorado por el dolor de la otitis, en esa carta solo fue capaz de mirar hacia el exterior, quizás porque el interior se encontrara hueco y sordo.

Alfred Douglas, por otra parte, hizo poco por mejorar su imagen pública: su vida de aristócrata ocioso, profundamente racista y poeta diletante, serpenteó entre juicios y demandas con las que reivindicaba su honor o se le pedía cuentas a él. Tras una breve estancia en la cárcel, escribió una parodia del De Profundis, In excelsis. Nos hubiera gustado que el objeto de tanta preocupación fuera alguien más digno de ella: pero no escogemos a los amores de nuestros amores.