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Yo soy una niña

A pesar de las heridas de su infancia, Ana María Matute, nos regaló una prosa realista y comprometida con sus lectores en toda su obra literaria

GREGORI CIVERA

Hay un elemento común en muchos escritores, un hecho que se repite y que presta un cierto orden al misterio que supone que alguien comience escribir: una enfermedad, grave, leve, que se dio en la infancia, y que le obligó a la cuarentena o a permanecer en la cama, a encontrarse sin amigos, con la compañía única de los libros o de un cuidador que le narrara historias. Ana María Matute enfermó con cuatro añitos, y abandonó la casa familiar barcelonesa para recuperarse en la Rioja, en Mansilla de la Sierra, con sus abuelos.

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En realidad, Ana María Matute nunca tuvo más de cuatro o cinco años. Hubiera podido continuar creciendo y quedarse en los diez o doce, en los momentos atroces de la Guerra Civil, a la que ella acusaba de haberle robado la infancia y de haberle dejado, a cambio, el miedo, la atónita sorpresa ante el horror y la crueldad. O, más adelante, haberse dormido en la precoz gloria de una escritora jovencísima, que escribió apenas adolescente Pequeño Teatro, y que recogió premios y y reconocimientos siendo veinteañera. O, y eso hubiera significado su final, en la telaraña perversa del desamor, el divorcio y con él el alejamiento forzoso de su único hijo, al que la sociedad de la época la obligaba por ley.

Ana María regresó tras muchos años de silencio, y de depresión, y de alcohol, en los años noventa, con una espléndida novela que la alejaba de su anterior realismo, Olvidado Rey Gudú, que supuso una dulce conmoción para infinidad de lectores que anhelaban una novela diferente, tierna, a caballo entre tradiciones. La niña se había disfrazado de anciana de cabello blanco, mantenía el leve tartamudeo que siempre le hizo sufrir, y una huella de tristeza muy honda, enraizada como un sarmiento, pero estaba allí, intacta; generosa con autores más jóvenes y volcada con los lectores, con una capacidad de encantar con las palabras y de evocar realidades distintas como solo tienen las hadas, las abuelas y los niños muy pequeños.

Precisamente de los denostados cuentos infantiles, los cuentos de hadas que mezclan horror y descubrimientos habló en su discurso de acceso a la Real Academia de la Lengua, donde ocupó el sillón de la letra K. Esa defensa acendrada de la ficción, de los espacios míticos del bosque y las fuentes, los castillos y los gnomos resultó emocionante en un momento en que los nuevos cuentos, más banales y menos molestos para una sociedad bienpensante, comenzaban a eclipsar a los tradicionales. Ana María olvidaba la realidad que le hería en las historias, y nos llevaba con ella, como una amiga más espabilada que encontrara la puerta de atrás del patio, el hueco en la valla, el descuido en los mayores vigilantes.

Cuando murió en 2014 los escritores españoles perdimos a una maestra y a una protectora, un ejemplo de cómo crear belleza formal en el texto y una forma única de mirar. En uno de sus cuentos ella narra, en primera persona, el miedo que le inspira una pandilla de niños asalvajados. Deben de ser negros, gitanos, diablos, son el Otro, aquellos que vienen corriendo y tirando piedras desde el lado opuesto. Un día atrapan a uno de ellos, le pegan una paliza; y lo que ve, lo que vemos, es que no solo no es un diablo, sino que tiene unos ojos ambarinos, un hilo de sangre en el labio, que no es más que eso, un niño, como ella, como fuimos nosotros. No hay otros, solo una soledad común, un miedo casi intangible, algo de lo que ni los mayores, ni las fuerzas bondadosas de la vida pueden protegernos. Tal vez, si tenemos suerte, encontremos algunas armas en nuestro interior, en la literatura y las viejas historias, en un afecto duradero o en el olvido.

La niña Ana María, la anciana, se mantuvo allí, en esa tierra de nadie, vigía en una torre, lúcida y frágil. Sus libros hablan de esa lucha por preservar lo hermoso y lo válido; hablan de la verdad.