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Espido Freire

Fénix

Lope de Vega fue uno de los hombres más famosos de su siglo. Su producción literaria y fama superaba a la de sus coetáneos "como si el tiempo transcurriera para él de una manera diferente a la del resto de los humanos"

Pintura 'Retrato de Lope de Vega'. / EUGENIO CAJÉS

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Corre el año 1634, y Lope de Vega, sacerdote y pecador, uno de los hombres más famosos de su siglo, ha cumplido ya los setenta años. El que durante décadas ha sido el asombro del siglo por su increíble talento y su capacidad para darle al público que abarrota los teatros exactamente lo que quiere antes de que ni siquiera sospeche que lo desea escribe pausadamente su último poemario, Rimas humanas y divinas. Cada vez más a menudo busca divertirse con ellas, una sonrisa o un juego, lejos de la violencia de las pasiones que ha explorado y descrito en sus obras.

Entonces llegan noticias de Venezuela; su hijo Lope Félix, con el que mantenía constantes desencuentros, ha muerto. Se ahogó mientras pescaba perlas en Isla Margarita, dicen unos. Otros explican que su barco se hundió antes de que la expedición llegara a su destino. El viejo poeta se siente desfallecer: Lope Félix, hijo de su amada Micaela de Luján, era una versión opaca de Lope cuando joven, poeta, mujeriego, aventurero y encantador. El Fénix de los Ingenios, rejuvenecido a cada comedia y a cada romance, ha sobrevivido a casi todos sus hijos, y a muchas de sus amantes, y unos y otras han sido muchos.

Poco le resta de vida al que parecía incansable: y muchas parecen haber sido sus vidas. En un tiempo de excesos y de talento, en el que se cruzan por Madrid Cervantes, Quevedo, Góngora, y Alarcón, Lope los supera a todos en producción y en fama. Como Cervantes, es soldado, como Quevedo, cortesano, como Góngora, sacerdote, como Alarcón, moralista. Pero lo es a la vez y sin pausa, como si el tiempo transcurriera para él de una manera diferente a la del resto de los humanos.

Imposible seguir el rastro de su obra, de sus amantes, o de sus disputas. Ni la más frenética de sus comedias de enredos se aproxima a uno solo de sus años jóvenes. Raptos, huidas, duelos, amores y arrepentimientos se suceden en la literatura y en su vida sin interrupción. Sobrevive a intentos de asesinato, a las consecuencias de sus celos. No se guarda nada para sí y, en realidad, no sabríamos gran cosa de él, ni nos parecería tan interesante si no se empeñara en contárnoslo. En un extraño remedo de la sociedad del espectáculo contemporánea, narra sus amoríos en coplas y en libelos que le cuestan a veces muy caros. El despecho que sintió cuando Elena Osorio se casó con un noble, descrito con todo detalle en Belardo furioso y después en La Dorotea, fue castigado con el destierro de Madrid. Filis es sustituida por Belisa, Belisa por Celia, y Celia por Amarilis. Mientras ama, arde, y cuando deja de amar, abandona.

El viejo Lope ha buscado alivio a esa constante inquietud en la acción y en el amor, y, por último, en la religión, y nada de ello se lo ha dado. El incesante torrente de palabras y de aventuras que bulle en su cabeza no le da tregua. La fama, el dinero, la satisfacción de ser el primer autor que logra reivindicar sus derechos y frenar las ediciones piratas le duran tan poco como las más nobles emociones. No parece dormir, no se le ve nunca ni descansar ni cansado. Borda la comedia de capa y espada, que bajo su pluma se revela ligera e ingeniosa. Entiende como pocos los conflictos de honor frente a los abusos de los poderosos, describe con inesperada profundidad psicológica tanto al chulesco Comendador de Fuenteovejuna como al melancólico caballero de Olmedo, asediado por los presagios. Carecerá de la profundidad de Calderón, porque su percepción de la vida no le permite ese reposo, o de la visión de una sociedad en quiebra que ofrece Cervantes, porque su referente vital será siempre él mismo o su ingenio. Se gusta como personaje. Se postula como héroe. Inventa, sin cesar, otra aventura, otra aventura, otra aventura...